Constantin Meunier o el arte al servicio del obrero
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Constantin Meunier (1831-1905) fue un pintor y escultor belga que pintó diversos géneros, pero su visita, con el escritor Camille Lemonnier, a Borinage, el conocido como “país negro”, fundamental región minera belga, le marcó para siempre, porque cambió sus anteriores temas para dedicarse a un arte donde el trabajo y el obrero fueran el eje de sus obras escultóricas y pictóricas. Se hizo militante del Partido Obrero Belga. Su estilo vendría a ser una especie de primer realismo social. Una de sus capitales obras fue el Monumento al Trabajo en Bruselas, aunque no lo pudo terminar. Emiliano M. Aguilera le dedicó un artículo en el Almanaque de El Socialista de 1930, que nos ofrece algunas claves sobre este artista dedicado a plasmar la realidad del obrero y del trabajo.
Aguilera consideraba que el trabajo era un tema artístico con mucha historia, siendo tan viejo como el arte mismo. Para el intelectual socialista español Meunier era un investigador que daba la supremacía al alto valor estético del trabajo.
Explicaba que el Meunier adolescente había sido grabador, discípulo de su propio hermano, para luego dedicarse a la pintura, trabajando al lado de Navez y de Faikin. Pintó paisajes, retratos, cuadros de Historia, escenas de amor filial, escenas familiares, interiores amables, etc. Pero casi al llegar a los cincuenta años empezó a tratar temas de la vida obrera, convirtiéndolos en objeto de su preferencia. Llegaría un momento que dejó de pintar sus temas anteriores para solamente tratar de forma exclusiva los distintos aspectos de la vida obrera. Visitaba minas, fábricas, talleres, centros agrícolas, astilleros, etc. Después se hizo escultor, considerando que era la expresión plástica más adecuada para recoger el tema del trabajo. Y el resultado de una febril actividad en su taller sería una gran colección de estatuas y relieves. Dejó esculpidos mineros, herreros, metalúrgicos, canteros, albañiles y obreros agrícolas. Meunier dejó al morir en 1905 una legión de trabajadores en sus distintos quehaceres, ensimismados en sus trabajos.
Aguilera consideraba que Meunier había reparado una grave injusticia cometida con los obreros porque con sus obras había rendido homenaje a tantos héroes anónimos, desconocidos, oscuros que hacían que el mundo siguiera funcionando desde el fondo del pozo de las minas, en talleres y fábricas, y diseminados en los campos.
Cada estatua o relieve de Meunier era un canto al músculo que rendía riquezas, al músculo esforzado y en tensión. Su obra, en suma, constituía “uno de los más hermosos poemas entonados en loor del trabajo”.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.