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EL PERIÓDICO
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La exigua representación de la mujer sobre las tablas decimonónicas


Electra es una obra de teatro de Benito Pérez Galdós, en cinco actos, estrenada el 30 de enero de 1901.Acto cuarto (fotografía de Franzen en Blanco y Negro) / Wikipedia. Electra es una obra de teatro de Benito Pérez Galdós, en cinco actos, estrenada el 30 de enero de 1901.Acto cuarto (fotografía de Franzen en Blanco y Negro) / Wikipedia.

Algunos historiadores de la Restauración contraponen la década fértil de los años ochenta, época de la configuración política y jurídica del régimen, con la sombría década siguiente, que cierra el XIX español con el desastre de 1898. En los ocho años previos al desastre se suceden cuatro turnos para conservadores y liberales. Hay un ligero predominio conservador, si atendemos a la duración de los gobiernos, pero ambos partidos coinciden en los síntomas de agotamiento y se sienten desbordados por agudos problemas como son el social, el regional y sobre todo el colonial. El problema colonial se hace obsesivo, como se ha podido comprobar en los autores y en los movimientos sociopolíticos y literarios de la época, en especial desde el estallido de la insurrección cubana en febrero de 1895. La vida política se hace fatigosa y las diferencias entre los partidos turnantes apenas si existen en los problemas fundamentales. Los republicanos por su parte, consiguen buenas representaciones en el Congreso y en los ayuntamientos de grandes ciudades, pero no mitigará el malestar social existente, que será el caldo de cultivo de las extralimitaciones que a la sazón tendrán los grupos sociales, como en el estreno de Electra de Galdós o Juan José de Dicenta, que buscaban demostrar la culpabilidad del mal social ante tanta inseguridad e incertidumbre.

Dos notas caracterizan todas las manifestaciones culturales del siglo XIX: el clima democrático y la progresiva secularización. Ambas tienen su repercusión en los problemas docentes y, en cierto modo, condicionan lo que fue la instrucción española en el ochocientos. Porque la Iglesia, que había sido ya desplazada de sus responsabilidades temporales de tipo militar, jurídico y administrativo, va a ser también suplantada por el Estado en las funciones docentes en todos sus grados; y por su parte, el Estado, cuando planifique sobre esta materia y organice la instrucción pública, tendrá que hacerlo de acuerdo con las exigencias democráticas de la época. Asistimos, pues, durante la segunda mitad del XIX, a un proceso de centralización estatal acuñado por la ley. El Estado elabora planes y reglamentos, reservándose siempre el derecho de la dirección y el control de todos los centros docentes. A la vez, estos proyectos orgánicos tienden a asegurar la democratización de la enseñanza, haciéndola gratuita y obligatoria. Es más, la especial valoración de los derechos del hombre llega a derivar en atención a la mujer y al niño. Es la época en que se inicia oficialmente la promoción femenina y en la que los métodos pedagógicos tratan de fundamentarse en los descubrimientos de la psicología infantil1.

Las dos figuras que abordaron el problema de la educación femenina como uno de los quehaceres más interesantes y urgentes del Estado, fueron sin duda Fernando de Castro y Concepción Arenal. Castro por fundamentos religiosos; Arenal basó su actitud en la defensa del derecho de la mujer a existir, el cual se halla disminuido y humanamente arrinconado. De interés destacaré el libro de Fernando de Castro, Discurso que en la inauguración de las conferencias dominicales para la educación de la mujer pronunció... si bien sus teorías hoy son reaccionarias y algo obsoletas, al considerar a la mujer, no como un todo social, sino como parte de un entramado eclesiástico.

El desarrollo fue positivo; pero ante esta política centralista se enfrentó toda España -la católica y la anticatólica- pidiendo libertad de enseñanza, aunque con fines opuestos en cada uno de los sectores. El laicismo, apoyándose en principios de importación francesa, reclamaba la libertad de enseñanza como medio para lograr la igualdad entre los hombres. Más tarde, siguieron la inspiración del krausismo alemán, del que por ejemplo Galdós era gran conocedor, y como una exigencia de la verdad misma, escribieron como liberación del dogmatismo confesional. También el sector cristiano, representado por Balmes y Quadrado, se opuso a la absorción estatal reclamando para la Iglesia la libertad de montar sus centros, y eso a pesar de saberse en un estado, que se proclamaba católico y que concedía a la Iglesia auténtico privilegios.

No obstante, el Gobierno español, aun haciendo alarde de liberalismo, siguió siempre la misma orientación legislativa centralizadora, copia de los moldes napoleónicos. Tan sólo durante cinco años -1868 a 1873- la libertad de enseñanza proclamada por la constitución de octubre de 1868 fue en España un hecho, pero que fracasó en el momento de la Restauración. Antonio Mª Claret2 y el padre Bernardo Salas, fueron precursores en ver la orientación hacia la docencia que debían tomar las instituciones religiosas. La Iglesia, en oposición al liberalismo, decidió tomar las mismas armas para defenderse, esto es la promoción cultural a la que se dedicarían todas las congregaciones, en forma de enseñanza.

Durante el mandato de Cánovas hubo una concesión a los jesuitas muy positiva para su expansión y poder, y es la Real Orden de 11 de julio de 1897 donde reconoce la Orden como "corporación religiosa habilitada para la enseñanza". Esta concesión se debió a las instancias del P. Vicent, a la recomendación de los grandes amigos de la Compañía de Jesús en las altas esferas políticas y al apoyo decidido de la Reina. Por lo que queda así sellado un éxito conseguido a manos jesuitas, éxito que después les costaría ser el blanco de las iras sociales, como refleja el impacto social que obtuvo Electra, obra que si bien llevaba más bien implícito el contenido anticlerical.

Los problemas e injusticias sociales que sufre la mujer, siempre están relacionadas con el problema de la ignorancia. Arenal propugnaba en sus escritos que esta falta de conocimiento -a veces de lo más básico- que embargaba a la mujer era la causa de que no tuviera derechos ni civiles ni políticos, siendo de esta forma siempre discriminada, con respecto a los derechos adquiridos por el hombre. Esta inferioridad de derechos provoca que el trabajo de la mujer sea siempre peor pagado, por lo que surgen el exceso de trabajo y explotación que está presente en obras como Celia en los infiernos, y en diversos textos barojianos, la prostitución y los malos casamientos, de aquí la debilidad física y las enfermedades. El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín estrenada en 1806 fue un claro antecedente muy importante para la posterior defensa sobre la escena de los derechos de las mujeres. A pesar de desarrollarse en el contexto de un teatro didáctico y moralizador, Moratín, amonestó sobre el escenario a la sociedad con una defensa a ultranza del derecho de la mujer a casarse con quien quiera y no con hombres mayores.

Sólo la educación, la instrucción y la toma de conciencia de la dignidad femenina, serán las armas con las que la mujer pueda salir de la situación en la que se encuentra y, por consiguiente, estar en condiciones de igualdad con respecto al hombre para ejercer cualquier profesión. Esto está expresado de una forma muy clara en los diálogos entre Máximo y Electra, donde buscan la realización personal, la dignidad y la libertad en una sociedad dirigida casi en su totalidad por la Iglesia. "Corran libres tus impulsos, para que cuanto hay en ti se manifieste, y sepamos lo que eres" -dice Máximo en el acto I, escena XIII- donde se manifiesta la presión moral y ética a la que está sometida su amiga, Electra. Al igual que propugnaran las corrientes más feministas de la época, en el drama Electra, se pone de manifiesto la no inferioridad intelectual de la mujer con respecto al hombre.

La independencia, la emancipación...la insubordinación...que expresó Máximo con respecto a lo que tiene que hacer Electra, fue un alegato. Pero, emanciparse y rebelarse contra qué o contra quién. En este momento entra en escena el personaje símbolo que es Pantoja. Hay que independizarse no de él, sino lo peor: de todo lo que significa Pantoja, la institución eclesiástica. A la mujer no le queda otra posibilidad en la mayoría de los casos, subyugarse a la voluntad ética y económica del hombre.

En la comedia Mariucha, Galdós cambia por completo la idea que hasta ahora había presentado de sus personajes religiosos masculinos. Por primera vez en la dramática quiere hablar del otro lado, con gran curiosidad por otra parte pues, presenta a Don Rafael en 1903, solamente dos años después de haber presentado en 1901 a Pantoja. Ambos son los dos polos del catolicismo. La función de la religión en la sociedad también es presentada de distinta forma en una y otra obra. Y hay que remitir a Electra, porque una y otra son latidos consecuentes de una misma España, con diferentes lecturas. Si bien Mariucha, no obtuvo la misma resonancia que tuviera Electra (al modo de Ibsen). El teatro de Unamuno, Benavente y antes de ellos Echegaray tuvieron que pelear con la convivencia del mal gusto y de la baja cultura que comenzó a imponerse.

El teatro en general, culto, e incluso escrito por burgueses como los Álvarez Quintero y esto será materia de un próximo artículo entraba en competencia y abría puertas a la nueva cosificación femenina. La burguesía que fue liberal al principio de la Restauración paulatinamente se volvió conservadora, y el teatro comercial evolucionó en el mismo sentido. Después, todo comenzó a cambiar, alejados los grandes autores noventayochistas de los problemas teatrales, así como la nueva generación de la República (o del 27) cuyos interesen también fueron otros.

Llegaron autores y compositores, que por su origen social, por su cultura y por su relación con el mercado del teatro (la ley de la taquilla y la del “trimestre” son convincentes factores ideológicos), fueron los batallones militantes de la Restauración. Javier de Burgos, Ramos Carrión, López Silva, Vital Aza, Arniches, los Álvarez Quintero, Jackson Veyán, etc., representan, en cierta manera, los intelectuales “orgánicos” de la burguesía dominante, con sensibilidades más o menos conservadoras o liberales, pero su producción produjo dentro de los mecanismos ideológicos de las clases a la cual pertenecen o desean pertenecer una caída en descenso sumarial.

En este panorama convendría añadir el peso de los numerosísimos periódicos y revistas especializados de todo el país, de los críticos “profesionales”, que clamaban por una renovación o dignificación del teatro español, pero siempre dentro de unas pautas conservadoras: El Teatro Moderno, Papitu, Comiquitos, etc., fueron revistas que, a pesar de sus chascarrillos o sus –aparentes– irreverencias, mantuvieron una línea muy poco progresista y no ayudaron en nada a la renovación teatral por la que tanto lucharon nuestros autores canónicos.

1Desde 1807 se conocía en España a Pestalozzi, y en 1873 fue publicado un manual de educación de párvulos según el método de Fröebel. Ver a este respecto la obra de Rufino Blanco, Bibliografía pedagógica de las obras escritas en castellano o traducidas a este idioma, Madrid, 1910, tomo III, pp 202 y siguientes.

2Este libro por ejemplo, se encuentra en la Biblioteca de Galdós de Antonio Mª Claret Camino recto y seguro para llegar al cielo, por lo que sin duda, conocía la labor de este arzobispo que vio en un momento feminista de la época la cristiana, la educación de la mujer como salvaguardia de la fe. Una orientación cuyo substrato no dejaba de ser mediatizado y dirigido, pero al menos se preocupaba de la formación de la mujer. Se preocuparon, además, de instruir a las monjas que después serían maestras, reorganizando el noviciado como un auténtico centro de graduación docente, motivando así, una gran demanda de fundaciones escolares. Las órdenes femeninas, por tanto, sin perder su carácter benéfico, se polarizan fundamentalmente hacia la enseñanza. Sor Simona, obra dramática galdosiana fue un estreno que quiso mostrar ese pequeño progreso iniciado por Arenal o incluso por Claret.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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