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La reflexión de Pascuala Cueto sobre el servicio doméstico femenino en 1911


  • Escrito por Pascuala Cueto
  • Publicado en La Zurda

Pascuala Cueto (1877-1933) fue una feminista y pedagoga argentina. En Morón creó en 1897, El Adelanto, un periódico dedicado a la educación y al compromiso social, además de la defensa de los derechos de la mujer y de los maestros. En 1904 fundaría la Escuela Popular Laica, que, al parecer, funcionaria hasta 1910, en la misma localidad argentina.

Nosotros, en El Obrero, rescatamos un texto suyo, titulado “La sirvienta”, que la revista española Vida Socialista publicó en su sección “Páginas feministas”, en el verano de 1911:

La sirvienta

“¡Ah! la sirvienta, este ser nacido para satisfacer los gustos de los demás y que no se pertenece, debe preocuparnos seriamente. En general, tanto el sexo masculino como el femenino, discuten y defienden sus derechos de personas conscientes y pueden hacer uso de ellos; pero este ser desheredado, condenado á amoldarse á los demás, no puede expresar sus ideas con libertad, por temor de contrariar á sus patronos; si tiene sueño, debe esperar que sus amos le ordenen que duerma; si tiene hambre comerá cuando sus amos lo dispongan. Se ocupan de los servicios más bajos, siempre en movimiento, siempre estará dispuesta para el trabajo; los patronos no admiten que se canse; y, según ellos, no hacen nada, generalmente.

Hay varias clases de sirvientas: con cama ó internas, á sueldo; sin cama á ídem, puestas por el juez de menores; criadas en la casa, etc.

Las sirvientas á sueldo con cama son muy codiciadas por los patronos, porque así pueden explotarlas hasta altas horas de la noche, por ejemplo: las familias que tienen noches de recibo ó van al teatro, las hacen permanecer en pie, y generalmente con el cuerpo oprimido por el corsé, niñas ó adultas, que han trabajado todo el día, que han comido, respirado y hablado por voluntad ajena, que han contemplado cuadros diferentes, que no han sido dueñas de expresar libremente sus pensamientos, que han tenido que ocultar sus propias impresiones, que han mentido constantemente y adulan para agradar, que están quizá fomentando la envidia por el deseo de imitar á sus patronos, estas criaturas humanas van á dormir ó descansar quizá cuatro ó cinco horas, para estar de pie antes que sus amas, mientras éstas descansan de las tertulias ó teatros.

Las sirvientas, muchachas puestas por el juez de menores, víctimas del amor explotado más de una vez por los pilluelos de levita, son colocadas entre la gente decente, que no trepida en absorber la savia de esos cuerpos juveniles, que no cometieron ningún delito sino el de dar crédito á la voz de su corazón ó abrumadas por el trabajo creyeron encontrar alivio y sólo encontraron egoísmo y miseria humana; á tales criaturas les queda sólo el recurso del sacrificio, trabajar y siempre trabajar, sin otro porvenir que el hospital ó alguna cárcel, si llegan á romper la consigna de algún amo despótico y estirado.

Si tienen hijos, no podrán cometer el crimen de criarlos; habrá que ocultarlos en la Casa de Expósitos, porque el criarlos sería considerado por la sociedad como un crimen, para ellas, para las desventuradas mujeres ignorantes; pero tal. juicio no se hace cuando las señoras del gran mundo, rodeadas de todas las comodidades, cometen todas las faltas que su posición social les permite.

Las pobres criaturas, criadas en la casa que han. llegado á caer en garras de amas egoístas, mezquinas y perversas, no sólo son sometidas á un trabajo bárbaro, sino que sus cuerpos son magullados sin compasión y sólo comparable á lo que podían hacer los tigres ú otras fieras hambrientas.

Muchas están mal alimentadas porque sólo comen los sobrantes, sin que se tenga la decencia de repartirles como á los demás miembros de la familia; para estas desheredadas no hay postres, y cuando por casualidad se les da, siempre será, una ínfima parte (conozco varios casos); ellas no tienen la dicha de oir palabras cariñosas, de ser disculpadas en sus faltas infantiles ó juveniles, ¡á cuántas se les condena á una ignorancia perpetua! y cuando se les da algunas nociones ó se les permite ir á alguna escuela, ¡cómo se escatima el tiempo que los niños de la casa derrochan en la. calle ó en las diversiones!

He tenido oportunidad de que algunas matronas me hayan pedido el permiso de admitir á clase á alguna de estas niñas, á cualquiera de la& escuelas que he dirigido, á la una, por ejemplo, para que salieran á las tres, y algunas veces ala s dos porque tenían mucho que hacer; ¡pobres niñas!, de nueve ó diez años, y sólo podían disponer de una ó dos horas diarias para instruirse, faltando muchísimos días á clase, siempre por el mucho trabajo; ¿qué podrían hacer en tan ínfimo tiempo? Algún miembro de la familia ¿no podría reemplazar á esta criatura, por algunas horas, mientras preparaba su inteligencia para defenderse de la corrupción social? Pero no, el egoísmo y la división de clases no permiten que las criaturas que se encuentran en tal nivel social, enriquezcan su inteligencia; ellas son las víctimas del orgullo y de la vanidad de los seres afortunados.”

(Vida Socialista, número 85, de 13 de agosto de 1911).