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La Navidad, una historia repleta de fiesta e irreverencia


Los banquetes, los cotillones, las bromas del Día los Inocentes, las cabalgatas y todo lo festivo e incluso irreverente que conservan las celebraciones navideñas forman parte del "espíritu" que desde tiempos inmemoriales integra estas fiestas, según el antropólogo Alberto del Campo Tejedor.

"Historia de la Navidad. El nacimiento del goce festivo en el cristianismo" es el estudio de medio millar de páginas que Del Campo Tejedor, profesor de la sevillana Universidad Pablo de Olavide y autor de casi una veintena de obras históricas y antropológicas, ha publicado en la editorial El Paseo y que abarca desde la antigüedad a las zambombas de Jerez.

La primera fiesta que Fray Hernando de Talavera instituyó en la Granada recién conquistada en 1492 fue la del "Obispillo" que, en periodo navideño, consistía en una subversión de valores o trastorno social, ya que el propio obispo designaba a un 'obispillo' que debía ser un niño de familia humilde que mandaba a su antojo y se permitía dar órdenes al propio mitrado, el cual obedecía con humildad.

Además de con la del "Obispillo", Del Campo Tejedor, que ha dedicado quince años a la investigación de los orígenes de la Navidad, ha puesto a Efe otros ejemplos como la Fiesta del Asno y las Fiestas de Locos, como "periodos de licencia" que eran necesarios "para romper con lo cotidiano".

Los banquetes excesivos para recibir el nuevo año como expresión de un deseo de abundancia ya los practicaban los romanos con sus saturnales y las calendas de enero, según el antropólogo, quien ha asegurado que esa idea "es antiquísima".

En la Edad Media, en conventos y monasterios, la Navidad funcionaba como una especie de "carnaval eclesiástico", como si fuese "una inversión del orden, un mundo al revés; una idea que ha existido en todas las culturas, la de invertir el orden para volver al orden".

El profesor ha revisado expedientes de la Inquisición debidos a denuncias contra monjas que se disfrazaban en Navidad, o contra conventos que abrían sus puertas a cantantes y actores ambulantes de los que aprendían villancicos profanos.

Según el profesor, la Inquisición constataba los hechos "pero hacía la vista gorda", con ese convencimiento de que "una cierta relajación era necesaria para volver al trabajo, la oración y la penitencia".

En algunos casos se efectuaban "mascaradas grotescas" e incluso "misas paródicas" guiadas de una "licencia absoluta", algo que, según el profesor, aun pervive en "el espíritu navideño" ya que, se ha preguntado, "¿qué sería de la Navidad sin escarceos, sin excesos y sin esa ruptura de lo cotidiano".

Lo que se denomina "espíritu navideño" obedece, según Del Campo Tejedor, "a tradiciones de muchos siglos que tienen una componente de transgresión que el poder, aunque ha ido limando, no ha logrado extirpar del todo", y a un gusto por "volver a la infancia".

Con ese mismo "espíritu" ha relacionado "la tradición del aguinaldo, mediante el cual los ricos donan a los pobres y estos lo celebran con villancicos si encontraban generosidad y con coplillas satíricas si se les contestaba con cicatería.

El autor, que ha extendido su investigación navideña a Latinoamerica, Portugal y distintas regiones españolas, así como a conventos y monasterios, ha confiado en que libros de historia y antropología como el suyo sirvan "para abrir los ojos ante una navidad que está edulcorada, y que es consumista y muy tradicionalista".