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Alejandra Pizarnik (1936/1972): angustia metafísica y desolación


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

- La imposibilidad de descifrar el laberinto de la vida -

Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura.

Porque todos estamos heridos.

Alejandra Pizarnik

Esta argentina, nacida en Avellaneda, descendiente de judíos ucranianos, es una de las voces más profundas, desgarradas y auténticas de la poesía argentina del siglo XX. Estuvo dotada de una gran fuerza expresiva. Sus poemas se caracterizan por una tensión íntima, un lirismo desbordante, una intensidad sombría y un cierto carácter visionario. Sus palabras atormentadas resultan alternativamente tiernas, rebeldes, inestables, perturbadoras, inquietantes, desesperanzadas, subversivas…

Esta colaboración para el Obrero voy a dedicarla a Alejandra Pizarnik. No es una semblanza, ni un ejercicio de crítica literaria, sino un deseo de exploración y de comprensión de un mundo interior convulso. De alguna manera una aproximación a su realidad íntima. Una etopeya… que irremediablemente, ha de quedarse corta.

Sus poemarios son una constante búsqueda de su identidad. Una tensión dialéctica perdurable entre lo que quisiera ser y lo que es, lo que deja atrás y lo que le aterra, caracteriza su trayectoria poética y la recorre como si de una espina dorsal se tratara.

En otro orden de cosas, su interés por el psicoanálisis es obvio. En sus poemas deja patente un sentimiento de orfandad y un interés hacia lo onírico. Es ostensible su hondo malestar, su rebeldía y su inconformismo. Podrían sintetizarse sus poemarios como un reflejo de una personalidad desajustada y una manifestación explosiva de sus ardientes tinieblas interiores.

Cuando de unos años a esta parte, se están recuperando a las poetas más descollantes de Latinoamérica, es incomprensible por qué no goza de un mayor reconocimiento.

Alejandra Pizarnik fue cosmopolita, poeta difícil de descifrar, ensayista y traductora, mas siempre atormentada, lúgubre y en desacuerdo constante consigo misma.

Como tantos otros creadores latinoamericanos, dio el salto a Europa y durante cuatro años residió en París. Esta estancia la marcó decisivamente. Nos referiremos, más adelante, a estos años claves para su maduración. Las vanguardias ejercieron una influencia sobre ella. A veces, su escritura es automática y tiene innegables elementos surrealistas.

Quien desee acercarse a su mundo creativo puede hacerlo leyendo las siguientes obras que escuecen, estremecen y provocan un ligero temblor procedente de su inestabilidad emocional, de su escisión y de los problemas mentales que la acechaban. En más de una ocasión se reflejan incluso en los títulos de sus obras. Me refiero, sobre todo, a “La tierra más ajena” (1955), “Los trabajos y las noches” (1965) y “Extracción de la piedra de la locura” (1968). Cualquiera de estos poemarios proyecta un mundo interior tenebroso, contradicciones y una lucha agónica… contra lo irremediable. Mención aparte merece “El árbol de Diana” (1962), prologado por Octavio Paz.

Es una poeta exigente. Sus palabras son hirientes y exactas; las elige cuidadosamente para ‘dar forma’ al desequilibrio que daña, muerde… y hace sangrar.

Expresa sentimientos lacerantes hacia un pasado obscuro que origina incontables sufrimientos. Sus poemas son de una belleza desgarradora. A veces, pugnan por actuar como un antídoto contra la locura. No hay demiurgos que le ayuden a orientarse en la obscuridad. Los desequilibrios amenazan, mas también, hechizan y causan depresiones intensas y cíclicas.

He apuntado con anterioridad, lo importante e incluso lo iniciático –que tuvo su estancia en París-. Tradujo, además, entre otros autores y no es casual, a Antonin Artaud. Alejandra encontró tiempo para realizar estudios de literatura francesa en la Sorbona, así cómo publicar algunos poemas, artículos y críticas en distintos medios.

No es una autodidacta. Disfrutó de una beca Guggenheim en artes para América Latina y Caribe y otra Fulbright. Completó su formación universitaria con abundantes lecturas, mas cíclicamente sus crisis y desequilibrios la convirtieron en alguien ‘sin sitio’ en la sociedad.

Estuvo internada en diversas clínicas psiquiátricas. El paraíso perdido de la infancia y la tentación de la muerte… acabaron conduciéndola a un suicidio por sobredosis. No es extraño que para ella la palabra poética sea capaz de curar, reparar y desintoxicar. Fue una batalla de muchos años… mas acabó venciendo la pulsión tanática.

La poesía de Alejandra Pizarnik pone de manifiesto lo atenazante y obsesivo de las pasiones desencajadas. Sus palabras a veces son rotundas y fuertes, otras caen en el desfallecimiento. Algunos de sus poemas más intensos son gritos silenciosos que no deben pasar desapercibidos. Una hoguera interior atormenta su existencia y hace que sus palabras surjan de ese fuego.

Estoy convencido de que la lucidez es una forma de embriaguez, expresada de forma visionaria. Hay en sus versos, asimismo, un espacio para los denominados ‘cadáveres exquisitos’.

Paulatinamente se encerró en sí misma, considerando la vida social como ‘una carcasa vacía’. Quizás, por cuanto venimos diciendo, sugiero al lector o lectora interesados, que consulte sus Diarios donde se reflejan sus angustias, vacilaciones, miedos… y cobardías.

Para un carácter retraído, en cierto modo sombrío, como el suyo, la literatura estuvo siempre marcada por ser un lugar privilegiado en el que guarecerse del mundo exterior.

Su periodo de formación fue un tanto disperso. La filosofía y el feminismo estuvieron presentes. El existencialismo, sobre todo Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, fueron para ella auténticos descubrimientos.

Los autores franceses ejercieron una fuerte atracción, especialmente los llamados ‘malditos’ como Charles Baudelaire. También le impactaron Rimbaud, Mallarmé y el decadentismo de Rainer Maria Rilke.

Siempre, me ha parecido un hecho decisivo los escritores y creadores que han ido ‘moldeando’ y configurando el universo poético de todos cuantos aspiran a alcanzar “una voz auténtica”.

En sus lecturas Alejandra Pizarnik también fue desordenada. Junto a Marcel Proust, Sören Kierkegaard; frente a Joyce, Leopardi… Lentamente fue calando en ella la relación entre literatura e inconsciente. De ahí, a interesarse por el psicoanálisis, solo hay un paso. Siempre estuvo predispuesta a indagar en su subjetividad y el psicoanálisis era una buena herramienta para intentarlo.

París era un lugar privilegiado para perderse por las galerías del Louvre o para encontrarse, pasear y divagar con exiliados, tal es el caso de Julio Cortázar, nuestra compatriota Rosa Chacel o el diplomático que la ayudó a dar sus primeros pasos literarios en la ciudad del Sena, Octavio Paz, que no se limitó a eso con su generosidad habitual, sino que fue el prologuista de su poemario “El árbol de Diana”. Asimismo, como queda constancia en sus diarios y escritos, conoció y trabó amistad con Italo Calvino.

También aparecen en su obra alusiones –casi siempre veladas- a sus tendencias lesbianas y bisexuales, que por imperativo de una sociedad patriarcal, rígida y conservadora, se guardaba de expresar de forma abierta.

Sus últimos años fueron depresivos, melancólicos y sombríos. Sus impulsos tanáticos se ponen especialmente de manifiesto en “La extracción de la piedra de la locura”.

En el universo pizarnikiano pugnan por aflorar diversas voces interiores. Quizás sea esa una explicación de su poesía dialéctica, atormentada y agresiva.

El reciente triunfo en las elecciones presidenciales de Javier Milei, me mueve a pensar que en Argentina hay siempre –o casi siempre- una pulsión que lleva a la tragedia y a la destrucción de una forma brutal. Las palabras rotundas y doloridas de Alejandra Pizarnik, me hacen reflexionar sobre el destino sufriente del pueblo argentino, que sus creadores han acertado y aciertan a expresar con tristeza y rabia en páginas desgarradoras y proféticas.

Regresemos a Alejandra Pizarnik a fin de realizar unas reflexiones finales. Para muchos españoles y no pocos argentinos es una sombra olvidada. En cierta forma sus palabras agonizantes muestran un itinerario de naufragio personal. La esperanza parece que se ha quedado ciega. Las parcas hilan las nieblas de ultratumba. El pozo de los deseos perdidos, no se llena nunca. Su aliento poético es un águila herida de nostalgia…

Alejandra Pizarnik es a un tiempo sensibilidad, fuerza, derrumbamiento y lucidez.

La poeta desvela su interior en uno de sus pensamientos más veraces y auténticos, en el que expresa, vehementemente, la honda escisión que sufría. Estas son sus palabras “Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento”.

 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.