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EL PERIÓDICO
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El progreso moral y los avances tecnológicos


Al Siglo XVIII se le suele llamar el Siglo de las Luces, porque la Ilustración quiso iluminar las tinieblas que habían dejado los dogmatismos religiosos tras ese nuevo amanecer que supuso el Renacimiento. La felicidad es uno de los temas que modulan las preocupaciones del momento, pero el progreso es una cuestión medular para los ilustrados. Leibniz se había referido al mejor de los mundos posibles, tras poner a Dios en el banquillo de su Teodicea, pues había que absolverlo de la existencia del mal en el mundo. Pero los pensadores del movimiento ilustrado entienden que siempre cabe mejorar el orden social, poniendo el acento en que tal empeño depende únicamente de nosotros y no de ninguna instancia transcendente.

La historia tiene un movimiento pendular, pero su oscilación hace avanzar las ruedecillas de la historia como si fuera un reloj cuya marcha nunca se detiene. Como dijo el propio Leibniz, se retrocede para tomar impulso y saltar con más fuerza hacia delante. También Kant entiende que los retrocesos pueden dar pie a unos avances más abruptos. Allí donde no se vayan introduciendo paulatinamente reformas políticas, estas acabaran imponiéndose mediante traumáticos procesos revolucionarios, como fuera el caso de la Revolución francesa, cuyo advenimiento significa el triunfo del republicanismo que debería cincelar todas las constituciones políticas incluso bajo la forma de una monarquía.

Inspirado por Diderot, Rousseau se hizo celebra por manifestar lo que suponía toda una paradoja. Los progresos científicos no tenían por qué ser sinónimos de una mayor moralización. Kant hizo suya esta idea. Por muy civilizados que nos considerásemos, esto no representaba en absoluto que fuéramos más morales. En el Suplemento al viaje de Bougainville, Diderot estudia las costumbres europeas comparándolas con la de sociedades presuntamente menos civilizadas, acuñando su teoría de los tres códigos, para enfatizar que lo natural siempre termina predominando sobre las constricciones religiosas o civiles.

El antagonismo de nuestra insociable sociabilidad que describe Kant nos hace progresar, al desplegar nuestras disposiciones naturales en la búsqueda de cuanto requerimos, tal como los árboles crecen erguidos en un bosque, al buscar el aire y el sol, mientras que tiene un crecimiento achaparrado en solitario. Sin embargo, la convivencia requiere unas reglas de juego que generen un espacio donde la propia libertad no dañe las libertades ajenas.

Este régimen de colibertad lo diseñan el derecho y la política, pero su eficacia dependerá de que las pautas queden asociadas a nuestra costumbres. Las leyes grabadas en placas de mármol no pueden compararse a lo que se inscribe dentro del corazón. Por eso la ley moral kantiana obvia cualquier materia y atiende únicamente a la forma, proponiéndonos el experimento mental de comprobar si nuestra maxima particular podría servir como ley universal, sin utilizar a nadie sólo como un mero medio instrumental, puesto que nunca debe perderse de vista que las personas no son meras cosas y por lo tanto su dignidad excede cualquier tasación a la que se le pueda poner un precio.

El siglo XIX desatendió estas advertencias y decidió confiar en que las máquinas podrían emancipar al género humano de los trabajos más pesados. Dickens describe unas fábricas donde incluso los niños trabajaban en cuanto tenían el tamaño apropiado para manejar la maquinaria. Indudablemente nuestra vida cotidiana se fue haciendo más cómoda con los artilugios inventados, allí donde una mayoría podía tener acceso a los mismos. Pero el progreso moral se vio relegado y el acento se puso en la revolución industrial.

En el siglo XX las utopías que prometieron los procesos revolucionarios quedaban eternamente preteridos a un futuro indeterminado, a costa de sacrificios colectivos que no compartía la clase dirigente. Con todo, en medio de la Guerra fría y el telón de acero, las expectativas juveniles de los norteamericanos y los europeos occidentales eran positivas. Incluso en la España del tardofranquismo el ascensor social abría sus puertas a las clases menos favorecidas y parecía que cualquier podía conquistar su luna particular, sí su empeño explotaba sus capacidades y tentaba la suerte.

Pese a ello, no dejaban de proliferar las distopias plasmadas en la literatura o el cine, admitiéndonos de que no debíamos bajar la guardia, si no queríamos repetir tragedias historias aparentemente superadas o instaurarlas de un modo irreversible. Ahora hablar de progreso casi parece una broma. Las nuevas generaciones de los pides más desarrollados asumen una precariedad y un mercado laboral que rebaja sus condiciones vitales, haciéndoles vivir con unas circunstancias peores a las conocidas por sus progenitores.

La contrarrevolución ultraneoliberal supo aprovechar el derrumbamiento del socialismo real para imponer una mentalidad hegemónica y unas recetas económicas que han devenido un fin en sí mismo. Hay que salvar al sistema bancario y preservar las especulaciones financieras en aras de unos datos macroeconómicos que desatienden al ciudadano común. En lugar de fomentarse la solidaridad y el altruismo que nos hace ganar a todos, aceptamos la división entre ganadores y perdedores, despreciando a estos últimos aunque los primeros utilicen las perores artimañas para triunfar.

El pensamiento progresista es ridiculizado como algo propio de otra época e indigno de pervivir en estos tiempos, donde prima el importe ese a toda costa y a cualquier precio, caiga quien caiga. Esta cosmovisión cuenta con antecedentes históricos que resulta ingrato recodar, pero que suelen generar conflictos de gran calado. Los fenómenos populistas y las psicopatologías políticas bien represéntelas por el trumpismo apuntan en Eda dirección.

Pero hay otro factor que no debemos desatender. No hay que padecer tecnofobia, para recelar del exacerbado culto que se rinde a las nuevas tecnologías. Estas nos hacen muy dependientes de sus innumerables prestaciones y logran modificar sustancialmente nuestros hábitos, haciéndonos vivir de muy otro modo al que algunos conocimos. Las relaciones personales van desdibujándose merced a los artilugios que presuntamente deberían favorecerlas. Tampoco parece preocuparnos la incidencia que puedan estar teniendo en términos éticos, al condicionar severamente nuestro comportamiento moral. Una vez más, los avances tecnológicos no parecen favorecer aquello que más nos identifica como seres humanos: el comportamiento ético que intenta minimizar los daños al buscar la propia felicidad y una reflexión crítica que sirva para enriquecer nuestro universo simbólico. A buen seguro Cassirer, que nos definió al ser humano como un animal simbólico, estaría inquieto ante la depauperizacion que un abuso incontrolado de las nuevas tecnologías están causando en el ámbito cultural. Habría que preservar este hábitat, al tiempo que restauramos el predominio de la naturaleza para preservar nuestro planeta.

No hay mejor laboratorio para preservar la biodiversidad que bosques y océanos. Bastaría con dejar de dañarlos y no seguir atentado contra un ecosistema que ha durado milenios, aprovechando la energía del sol y las aguas para diseñar un desarrollo sostenible. Paralelamente deberíamos comprender que la cultura no puede verse suplantada por sucédannos tecnológicos y que, así las cosas, necesitamos recuperar la divisa ilustrada del pensar por ciento propia, sin delegar tan fastidiosa tarea en unos tutores encantados de mantener “una culpable minoría de edad”.

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