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Mary Wollstonecraft (1759-1797): Una pensadora que defendió abiertamente una igualdad entre hombres y mujeres

Nada desarrolla las facultades tanto como la

obligación de enfrentarse al mundo

Mary Wollstonecraft

Hace semanas que tenía previsto dedicar un artículo a esta filosofa ilustrada, valiente que abrió caminos que luego transitarían otras y que fue tachada de temeraria e inmoral por parte de una hipócrita y pequeño- burguesa sociedad victoriana.

Hay libros que hacen historia, aunque no siempre se les reconozca su carácter inaugural. Nada menos que de 1792 data su obra A Vindication of the rights of woman poco leída y conocida entre nosotros, pese a la importancia y a la carga de futuro que posee. Existe una traducción al castellano, cuidada y manejable, de la editorial Cátedra de 1994, con el título Vindicación de los derechos de la mujer, con un estudio crítico de Isabel Burdiel.

Mary Wollstonecraft es, en muchos aspectos, muy moderna y muy actual. Actúa y escribe con un ojo puesto en el presente y otro en el futuro. Se ha relacionado a veces el protofeminismo con el pensamiento utópico, en pocas ocasiones se ha analizado su conexión con la ilustración que es el caso que nos ocupa. Flora Tristán reconoce que le influyó mucho, aunque es un detalle que habitualmente suele omitirse.

Con una actitud serena creía firmemente en el poder de la razón pero, también, en la búsqueda de la independencia femenina. Sus hallazgos van destinados a otras mujeres de su tiempo y, sobre todo… a un tiempo futuro en el que podrían realizarse las propuestas y los planteamientos, tanto sociales, como jurídicos-legislativos y, por supuesto, estrictamente políticos. Poseía una encomiable fuerza de voluntad y un carácter fuerte que le permitía enfrentarse con entereza a las adversidades.

Fue considerada “subversiva” y tachada de antisocial e inmoral. Precursora de ideas que irían abriéndose camino en la historia estaba convencida, de que la luz del conocimiento humaniza el camino que hay que recorrer.

No es difícil encontrar una frase, un gesto o una acción, concreta y puntual que puedan ser consideradas como anticipaciones del movimiento feminista. Existen muchas diseminadas aquí y allá. Sin embargo, Mary fue mucho más lejos. El suyo es un proyecto coherente y articulado por la arquitectura de la razón. Eso sí, por una nueva forma de racionalidad diferente, en la medida en que incorporaba a la mitad de la humanidad que sistemáticamente había sido marginada.

Puede decirse que ensanchó el horizonte, tanteando y ensayando, un nuevo uso inclusivo de la razón. Le importó muy poco ser estigmatizada por un conservadurismo asfixiante que no quería entender que era posible ver las cosas de otro modo, ni actuar fuera de las más rígidas convenciones de raíz patriarcal.

Ni que decir tiene que tuvo una gran lucidez con respecto a la situación histórica que se avecinaba y que era el momento de poner en marcha una rueda… que ya no se detendría hasta el presente. Puede que sea cierto que cada generación que despierta se siente protagonista de la historia… hay que tener, sin embargo, valentía y coraje para atreverse a exponer ideas tan innovadoras como las suyas en un decorado tan sórdido.

Algunos acontecimientos señeros de la Revolución Francesa los vivió “in situ”. Pudo apreciar como la guillotina “segaba” el cuello de Luis XVI y su cabeza iba a parar al cesto de la historia. Vió como se proclamaban los derechos del hombre y del ciudadano… pero contempló, con rabia, como para la mujer no cambiaban las cosas.

Hay que saber cuándo es el momento de desembarazarse de tanto lastre y de coger “aunque sea en marcha” el tranvía que pasa delante de nosotros.

Desde muy joven participó en ambientes intelectuales. Tal vez, sea arriesgado afirmarlo, pero su progresiva toma de conciencia comenzó por la asunción de algunos “valores ilustrados”. Creía en el valor de la racionalidad y en el humanismo. Sentía un profundo respeto por el ser humano y creía en una educación igual para ambos sexos y en una igualdad de derechos, sin cortapisas.

Estas ideas, que fueron afirmándose cada vez más, las sostuvo el resto de su vida. Chocó contra muros de intolerancia, convencionalismo y una visión anticuada y reaccionaria del papel de la mujer. Más que de techos de cristal, habría que hablar de cárcel de cristal, con barrotes de inmovilismo y cerrojos de misoginia.

Prueba de cuanto venimos diciendo, son las trabas de todo tipo que encontró cuando tomó la decisión de convertirse en escritora… y vivir del fruto de su trabajo. Comenzó publicando reseñas literarias y traduciendo un buen número de textos… lo que incrementó sus conocimientos en no poca medida.

Incuestionablemente fue una pensadora dúctil y una observadora perspicaz de la realidad. Tomaba buena nota de lo que veía… y modulaba sus opiniones y criterios en función de la marcha de los acontecimientos.

Es altamente significativo a este respecto, su valoración de la Revolución Francesa. Su visión fue ambivalente. Creía en los principios que la inspiraron pero rechazaba sus excesos. Algunos de sus amigos ingleses fueron perseguidos y acabaron en la guillotina.

Fue una pensadora polémica, atrevida, que defendía sus opiniones con ardor. Los cambios sociales no sólo no la inquietaban sino que los anhelaba. No tenía ningún miedo a enfrentarse a “santones reaccionarios” como Edmund Burke. Sin embargo, en no pocas ocasiones, las revoluciones frustran las expectativas que se han puesto en ellas. Sintió rabia y decepción cuando supo que la Asamblea Nacional Constituyente francesa, tenía el propósito de que la educación de las mujeres siguiera circunscrita al ámbito doméstico. Se sintió dolida e impotente al ver como las mujeres no iban a obtener, a penas, rédito de los cambios jurídicos y políticos.

Tal vez, este fuera uno de los desencadenantes para comenzar a escribir Vindicación de los derechos de la mujer, una obra formidable que defiende una igualdad de derechos y una educación libre, mostrándose una decidida feminista, mucho antes de que el término entrara en la historia.

Llama la atención su serenidad y seguridad a la hora de defender sus ideas. Demanda una igualdad real y efectiva y, por tanto, jurídica y política. Considera que la educación es una de las herramientas más poderosas para lograrla. Va incluso más allá, al considerar que varones y mujeres deben regirse por las mismas normas morales y gozar de las mismas oportunidades.

Se aprecia en su pensamiento una preparación más que notable. Pueden advertirse, sin excesiva dificultad, ideas que provienen, por ejemplo, de David Hume y de otros filósofos ilustrados.

No rehúye cuando es necesario, el cuerpo a cuerpo. Cuestiona, abiertamente, que las mujeres sean consideradas casi exclusivamente “seres sentimentales” y que se ponga en entredicho su capacidad racional. De la misma forma que el filósofo escocés, defiende que “razón y pasión” anidan en ambos sexos y querer atribuir cada una a un sexo es, amén de reaccionario, disparatado, acientífico y, por si fuera poco, sin constancia empírica alguna.

Adelanta, igualmente, una nueva forma de feminidad, la que es consciente de su capacidad racional y cuya voluntad puede controlar sus emociones. Las relaciones que Mary Wollstonecraft defiende entre los sexos son inequívocamente modernas, están presididas por el compañerismo y el respeto. Sostiene que no han de interferir en ellas ni la sumisión, ni la dependencia. Ya que no es posible dedicar más espacio a este aspecto, sugiero que se lea la traducción de Ediciones Akal (27 Enero 2014), que va acompañada por reflexiones y comentarios de Sheila Rowbotham, profesora de Género e Historia del Trabajo en la Universidad de Manchester. Es un espléndido documento para valorar en su justa medida el valor histórico de Vindicación de los derechos de la mujer. Con anterioridad, hemos mencionado la edición de Cátedra con un estudio de Isabel Burdiel. Me parece oportuno mencionar ahora, la de Akal son complementarias y cualquiera de los dos es una introducción propedéutica, más que aceptable, al pensamiento de Mary Wollstonecraft.

Este notable ensayo histórico es un espejo que proyecta el futuro y que, desde ese tiempo por venir, recuerda cual fue el inicio de la trayectoria. Hay amenazas que aún persisten y el trecho que aún falta por recorrer, largo y plagado de escollos. En los avances no debe perderse de vista que la política es, a veces, un juego con cartas marcadas, en el que quienes detentan el poder suelen defender, con uñas y dientes, la perpetuación de los privilegios.

A la hora de destacar una cualidad esencial elegiría, sin duda, su pasión por la independencia que, también, podría denominarse su anhelo de libertad. Favoreció el que tuviera fuerzas para derribar los numerosos obstáculos que le iban saliendo al paso. Comentaré, asimismo, su aspiración a un orden social justo y estable, su arrojo para mirar hacia delante… y no volver la vista atrás, aunque sienta vértigo al ver el abismo que se abre ante sus pies.

Voy a tomarme la licencia de citar textualmente uno de sus pensamientos recurrentes, a fin de que los lectores y lectoras puedan percibir directamente la hondura y la lucidez de sus palabras. “Sería una tarea sin fin, rastrear la variedad de mezquindades en que las mujeres se sumergen por la opinión predominante de que fueron creadas para sentir y no para razonar, y que todo el poder que obtienen deben alcanzarlo mediante sus encantos y debilidades”.

Como era de esperar, su vida afectiva no estuvo sujeta a las convenciones sociales y tuvo que pagar dolorosos tributos por el ejercicio de su libertad e independencia. Entre sus relaciones sentimentales cabe destacar la que mantendría con William Godwin, con el que se casó, basada en la amistad intelectual, en el respeto y en la cordialidad.

William Godwin, intelectual y anarquista, recibió críticas aceradas, ya que había defendido la abolición del matrimonio en su tratado Investigación sobre la justicia política. Después de su boda decidieron vivir en dos, viviendas adosadas. Con evidente complicidad las denominaron “El Polígono” donde cada uno tenía su espacio y, al mismo tiempo lugares comunes para relacionarse. Mary quedó embarazada, dando a luz a una niña. Muriendo a los pocos días como consecuencia del parto a los treinta y ocho años. Con el paso del tiempo, esta niña sería la autora de Frankenstein o El Moderno Prometeo. Evidentemente se trata de Mary Shelley. El genio familiar no se agotó en Mary Wollstonecraft sino que continuó en su descendencia.

Fue una autora polifacética, más no podemos ni siquiera aproximarnos al conjunto de su obra. No obstante, quisiera que el lector pudiera disfrutar de Cartas escritas durante una breve estancia en Suecia, Noruega y Dinamarca. Tuvo su origen en un viaje por Escandinavia con el fin de reconciliarse con Gilbert Imlay, del que estuvo profundamente enamorada. Las cartas apasionadas pero que contienen otras reflexiones, dignas de mención, de índole social y cultural son, las que algún tiempo después dieron origen al libro.

Va llegando la hora de hacer balance de este breve ensayo, destinado a glosar la singular transcendencia de esta pensadora ilustrada y abanderada del feminismo, aunque no se le denominara así hasta mucho más tarde. Creo que con toda justicia se la puede considerar la primera filósofa feminista de la historia. Como se aprecia sin dificultad, la Historia rara vez es generosa, aunque el tiempo acaba por poner a cada uno en su lugar.

La figura de Mary Wollstonecraft es mucho menos conocida de lo que se merece. Pasaría más de un siglo hasta que no empezara a dejar de surtir su efecto tóxico, la losa de prejuicios y descalificaciones que sufrió por parte de las iglesias y de un hipócrita puritanismo.

No le perdonaron, tampoco, sus alegatos en defensa de la mujer, ni aquellos aspectos de sus relaciones afectivas que no entraban en los cánones de una estrecha moral anclada en una concepción del mundo casi medievalizante.

Por todo ello fue repudiada y sometida a constantes descalificaciones, censuras de sus obras y especialmente un injusto olvido. Basta para comprobar cuanto estamos diciendo, las numerosas maquinaciones y prohibiciones que orquestaron al servicio de prejuicios, de un mal disimulado patriarcalismo.

¿Quién la reivindicó? Varias corrientes feministas fueron las primeras en estudiar y poner en valor su figura y hacerse eco de su indiscutible papel histórico como pionera de la igualdad de derechos.

Muchos de estos prejuicios y tópicos reaccionarios y trasnochados, junto con los rescoldos de un patriarcalismo añejo… que se niega a abandonar sus privilegios, así como una ignorancia supina del valor emancipatorio del movimiento feminista, sigue lamentablemente vivo en los partidos y asociaciones pertenecientes a la ultraderecha nacional católica o a una misoginia, casi caricaturesca, que caracteriza a ciertos populismos atrabiliarios.

Precisamente por eso, tener acceso a los libros e ideas de Mary Wollstonecraft es un placer y, al mismo tiempo, una “sana vacuna” contra tanta toxicidad y tanto obscurantismo.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.