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Memoria histórica LGTBI e imaginario social colectivo

Coinciden antropólogos e historiadores que cuando las primeras poblaciones nómadas recolectoras-cazadoras, se asentaron y desarrollaron la ganadería y la agricultura, su estructura, se re-organizó, en base a la aparición de excedente de producción, es decir, la riqueza. Ahí arranca la sumisión de la mujer a una función básicamente reproductora, es decir, entonces -con mayor o menor intensidad- nacieron machismo y patriarcado para asegurar la linea sucesoria hasta el presente: poder- mercancía, acumulados.. Según en que imperios las mujeres contaron con más o menos derechos y hasta la homo-bisexualidad (aunque en la Antigüedad esas categorías no existían y todo era más fluido) fue más o menos habitual. Las venus de piedra prehistóricas, sugieren un culto a la maternidad, como de hecho si existió en la diversas religiones politeístas de la antigüedad.

Entendemos por Imaginario Colectivo el conjunto de normas e ideales bajo los que se cobija una determinada sociedad, durante un extenso período de tiempo.

Hablamos pues de las “normas” u obligaciones positivas y las prohibidas, que se atribuyen y deben cumplir las personas de cada sociedad en su momento histórico.

Por lo que respecta a la “disidencia sexo-afectiva”, hay que decir que nuestro Imaginario Colectivo arranca de forma uniforme y cohesionada en el siglo IV de nuestra era, cuando el cristianismo deviene religión oficial del entonces ya descompuesto Imperio Romano y en poco tiempo destruye toda la cultura antigua. Me refiero pues a unos siglos, -hasta el presente- en que existió la exclusión y persecución de todo aquello que la Iglesia Católica consideraba “pecado” en materia sexual (si bien ya se instaló una doble moral ).

El elemento fundamental de esta discriminación se encuentra en la doctrina que Pablo de Tarso, quien incluyó en el primitivo cristianismo (san Pablo para los católicos): los restrictivos valores del estoicismo. Durante el siglo I, transcurrió la llamada “Pax Romana” o “Pax Augusta”, período en el que Octavio Augusto, tras la anexión de Egipto (junto con Sicilia e Hispania, grandes graneros del imperio), dictó normas y leyes para cohesionar a la sociedad y sus familias. De hecho cohesionó un modelo heredado machista y patriarcal, así como determinados derechos que evolucionaron hasta la actualidad.

En este marco greco-romano, -tan básico para la posteridad-, la prácticas homosexuales tuvieron su lugar aceptable en la antigua Grecia entre jóvenes y adultos masculinos ( no para las mujeres, encerradas en casa), y en Roma evolucionaron de forma machista, de manera que quien era penetrado ocupaba un lugar detestable y en cambio el activo podía presumir de sus hazañas. El gran general Julio César, ostentó la fama de acostarse con todas las mujeres y todos los varones de Roma (detalle que nunca ha sido mostrado por Hollywood, como tantas otras censuras). La decadencia instalada en los últimos césares, impuestos o asesinados sucesivamente por la cúpula militar, los gastos suntuosos y despilfarros inútiles, los crímenes y excentricidades de la mayoría de los últimos regidores del imperio, crearon un gran malestar en una población acostumbrada a “pan y circo”.

El pan ya no llegaba por la inmensa extensión del imperio, ya no era posible controlar ese gran territorio y poder satisfacer las necesidades básicas de la población. El dinero se invertía en unas legiones exhaustas que ya no podían contener la infinita frontera de Roma. Bajo la presión de los pueblos del este oriental, los Hunos, los pueblos galos, godos, germanos, vándalos y otros, acampados junto a la frontera romana, la cruzaron sin más. Se fueron instalando en diversas zonas del imperio oeste, ya roto en dos mitades, mientras Constantinopla-Bizancio intentó en vano recomponer la antigua grandeza romana. Esta crisis rompió con el Imaginario Colectivo de la antigüedad greco-romana, el cristianismo en sus primeros tiempos devino iconoclasta radical, muy fanático y destruyó templos (o los re-utilizó como iglesias o basílicas cristianizadas) y quemó textos antiguos, derribó estatuas “paganas” en todo el antiguo orbe romano, desde Egipto y Palestina hasta Germania y Britania.

Suprimió todo culto que no fuese a Cristo y tras duras batallas, se impuso al arrianismo con que anteriormente habían sido cristianizados los pueblos del norte de Europa. Esta “desviación” doctrinal decía que “Cristo no era Dios”. Tal fue el embate e intensidad de aquellas batallas, que todavía hoy nos ha llegado a la actualidad la expresión “se armó la de Dios es Cristo”, pues vencieron las fuerzas católicas que defendían ese postulado. En caso de derrota, quizás hoy diríamos “se armó la de Dios no es Cristo”.

Hablamos de ejércitos arrianos y católicos, formados por los nuevos reyes y príncipes que poblaron el anterior espacio imperial, bien que Constantinopla, alineada con el catolicismo, desplegó la mayor de las fuerzas combatientes. De hecho la antigua Bizancio, pasó a llamarse Constantinopla en honor a Constantino el Grande que oficializó el catolicismo, fomentó los primeros concilios y hasta su madre Helena, luego santificada, peregrinó a los santos lugares de Jerusalén, para rescatar parte de la cruz donde supuestamente dieron muerte a Jesucristo.

El Estoicismo.

La definición básica del estoicismo redunda en el rechazo del placer y el culto a la continencia y la austeridad, frente al desenfreno de los epicúreos. En el contexto histórico de la crisis del Imperio Romano, la recuperación del antiguo estoicismo griego cobra peso, vistos los excesos y abusos de poder de los césares, para luego declinar junto a todos los legados del mundo pagano greco-romano, -no sin dejar una profunda huella- en el cristianismo. De hecho mantiene parte de sus valores más restrictivos, convertidos en doctrina católica.

Basta la película “Ágora”, de Amenábar, para comprender todo el significado y trascendencia del legado de Pablo de Tarso.

En resumen, los tres elementos represivos que contiene la ideología judeo-cristiana que nos han llegado firmemente al presente del siglo XXI, desde el siglo IV de nuestra era, son:

Sexismo: separar a las personas según su sexo genital.

Machismo: considerar al hombre por encima de las mujeres, que deben de estar a su servicio.

Heterosexismo: excluir y prohibir toda forma de sexualidad que no coincida con la reproducción, de ahí la lgtbi-fobia y la presunción de que personas ancianas o criaturas no tienen sexualidad.

Se afianza el Imaginario Colectivo judeo-cristiano, a pesar de la contestación.

Del siglo IV a la llegada de la Ilustración en el siglo XVIII, el devenir de las sociedades cristianas cursó tiempos caóticos en el medievo y excepciones en las élites del Renacimiento por su “pecaminosa” mirada hacia la cultura clásica. Hablamos de poblaciones muy supersticiosas y de muy escasa alfabetización. Fueron tiempos muy arbitrarios respecto a las normas católicas y su escandalosa transgresión, empezando por los Pontífices, sus boatos, amantes e hijos... Poco se ha divulgado sobre este largo capítulo de siglos decadentes, aunque en esta publicación no han faltado excelentes aportaciones por parte de Leopold Estapé.

La Santa Inquisición sería un instrumento terrible para el poder político, siempre bendito por Roma.

A partir de la Revolución Francesa se cuestiona la autoridad política de las distintas iglesias cristianas, pero no sus normas sociales. Empezó el proceso laico de separar estado y religión. Sin embargo la moral dominante seguía siendo la misma, aunque apareció abiertamente el agnosticismo, consecuencia a la Ilustración.

Tras todo éste largo periplo llegamos al siglo XIX que todo lo quiere etiquetar científicamente y se define la homosexualidad como enfermedad, así como se apuntala la “tradicional” inferioridad de las mujeres respecto de los hombres, cosa que impulsó a las primeras sufragistas. El siglo XX será el de la lucha por cuestionar toda esa herencia moral y social judeo-cristiana. Un combate no resuelto, pero con muy notables avances.

Consumismo ideológico

De la ideología dominante, todavía hoy se desprenden una serie de valores de género, según sexo de cada cual, valores absolutamente arbitrarios y tan absurdos, como por ejemplo, el color para el vestido de los bebés. En EEUU, Europa y gran parte del primer mundo y ex-colonias, azul para los niños y rosa para las niñas. Sin embargo en Rusia es azul para las niñas y blanco para los niños. Así mismo podemos añadir una serie de contrastes ridículos, que si el olor de las colonias, para hombre o para mujer, relojes grandes para hombres (como si fuesen cortos de vista) y pequeños para las mujeres, también los paraguas, grandes y negros los “masculinos” y pequeños y de colorines los “femeninos”, etc. etc. Todas estas “normas” empapan todavía la publicidad de masas.

A lo largo de la historia y en diferentes culturas, se han mantenido los valores arbitrarios del género, pero con muy distintas variantes. En las cortes de la monarquía absoluta o parlamentaria, siglos XV al XVIII, los intensos perfumes ocultaban la falta de higiene, los hombres y mujeres se empolvaban el rostro y se ponían grandes pelucas, en la India, las viudas debían arrojarse, si o si, a la pira funeraria del difunto esposo y acompañarlo muriendo entre las mismas llamas, en países del islamismo integrista las mujeres sufren violentos ataques sea por no aceptar un matrimonio pactado o sea por parte del esposo que la considera de su propiedad... Sigue la violencia de género y la lgtbi-fobia en nuestro entorno presente.

El reto ante estas tres normas arbitrarias y opresoras, sigue pendiente.

El libro de referencia que explica de forma muy sintética esta cadena simbólica es “Lesbofobia” de Olga Viñuales, Ed. Bellaterra. Barcelona 2002 (prólogo a cargo de Lourdes Bassols). Síntesis:

La medicina decimonónica, dio origen a una cadena simbólica que vinculaba estrechamente sexo, género, prácticas sexuales y orientación sexual. Desde esta nueva perspectiva, que pronto calaría hondo en la sociedad, se excluía primero y patologizaba después a quienes quedaban fuera de este orden natural de las cosas, categorizándolos como desviados o perversos, enfermos en definitiva. En este libro, la antropóloga Olga Viñuales hace un repaso crítico de aquellas Investigaciones que durante el siglo XX mostraron la falsedad de este orden simbólico que tanto ha influido en nuestra manera de categorizar el cuerpo, construir el género y las identidades sexuales, y que conducía a considerar determinadas prácticas sexuales como más sanas y recomendables que otras. Homofobia y lesbofobia, entendidas como una serie de prejuicios que sancionan negativamente a quienes se desvían del modelo reproductor hegemónico, son las primeras consecuencias nefastas de esta cadena simbólica. Esta actitud no es exclusiva del mundo heterosexual, sino que incluye también a muchos gays y lesbianas que la interiorizan desde la infancia y les lleva a pensarse a sí mismos como radicalmente distintos, como transgresores de unas supuestas leyes naturales destinadas a la reproducción de la especie y de un determinado orden social.