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De París a Nueva York, pasando por Berlín. Cuando empezamos a salir a la calle: breves apuntes de nuestro pasado

La historia homosexual tiene una memoria terrible en Occidente a partir
del siglo IV, cuando el catolicismo deviene en religión oficial. Salvo 
excepciones -que revela el historiador de la Universidad de Yale, John Boswel- se trata de una cadena de persecuciones sin tregua. Basta con 
repasar el libro tan documentado de Rocío Rodríguez, “Sodomía e 
Inquisición, el miedo al castigo” (Ed.Ushuaia, 2014) para hacernos cargo
 de tan continuada carnicería. A veces, bajo el peso de la tortura y para 
quitarse de encima a un rival político o para apoderarse de las riquezas
 de alguien, éste terminaba confesando el “pecado nefando” de sodomía. 



Sobre toda esta larga historia de persecución encontraremos en internet
 los blogs de Leopold Estapé, una fuente interminable de conocimientos y
anécdotas.



El primer germen de movilización apareció durante la Revolución
 Francesa, en 1789. Cientos de varones “sodomitas” (la palabra homosexual
 no aparece hasta finales del siglo XIX, de mano de ciencia), se
 reunieron en una asamblea sin precedentes en los reales jardines de las
 Tullerías de París. Acordaron tres propuestas que finalmente no llegaron
 a ningún sitio, pero fundamentaron derechos evidentes. En primer lugar,
exigieron el fin de la represión policial, disponer de voz y voto en la
 Asamblea Nacional y trato correcto por parte de la medicina. De aquella
 reunión bautizada como de las “gritonas”, quedó “el baile de los 
infames” que de forma intermitente -según el régimen político de turno-
, tenía lugar la víspera del 14 de julio, en los muelles del Sena en
 París, tal como reveló la revista francesa Gai Pied.

La primera generación del movimiento homosexual aparece en Alemania, muy
a finales del siglo XIX y tuvo un gran desarrollo e influencia en los 
países vecinos, hasta los terribles años treinta, en que el nazismo y el
estalinismo inician la persecución de la homosexualidad.



Magnus Hirschfeld fundó el Comité Científico y Humanitario, que pronto 
agrupó a miles de personas en todo el país. En 1919 fue creado el
Instituto para el Estudio de la Sexualidad en Berlín. Este Comité se 
constituyó básicamente para luchar contra el artículo 175 del Código
 Penal que castigaba la homosexualidad entre varones. Aquellos años de la 
liberal República de Weimar fueron de gran tolerancia, como podemos 
apreciar en películas como “Cabaret” y ”Víctor o Victoria”. Así que las
 actividades de esta organización fueron consentidas. Consiguieron evitar 
la extensión del artículo 175 a las mujeres, y como personas se
 consideraban un “tercer sexo”. Hubo numerosas publicaciones y locales de 
fiesta y espectáculos en toda Alemania, como “El Dorado” de Berlín,
 símbolo de aquellos años.

Tras la toma del poder por parte de Hitler y antes de iniciar la
 deportación de la etnia judía (1938), los homosexuales a partir de 1933
 fueron los primeros en ir a las cárceles, campos de concentración y
 campos de exterminio. El Instituto para el Estudio de la Sexualidad fue
 asaltado e incendiado con toda su documentación. “El Dorado” fue
 clausurado. En la mayoría de casos se inducía a los homosexuales a 
“rehabilitarse” para dar hijos al Führer, objetivo básico para
 multiplicar la “raza aria”, pero no funcionó.

Los homosexuales varones iban marcados en sus uniformes carcelarios con
 un triángulo rosa, eran detestados por el resto de presos, un infierno
 dentro del infierno. Las lesbianas, asimiladas a las mujeres liberales y
contrarias al nazismo, llevaron un triángulo negro.

Nunca sabremos cuantos miles y miles de homosexuales de ambos sexos y 
transexuales perecieron en los campos de exterminio, la historia no se 
interesó. Cuando se produjo la victoria aliada, salieron del cautiverio,
 pero seguían siendo delincuentes así que tuvieron que camuflarse, llevar
 una doble vida... El libro “Deportado homosexual” narra la muy dura
 biografía del alsaciano Pierre Seel, escrito por el mismo y Jean Le
Bitoux, Ed.Bellaterra ( Barcelona, 2001).

En el este de Europa las cosas fueron igual de amargas. Tras la
 revolución bolchevique de 1917, hubo un breve período de tolerancia con 
Lenin, pero luego con Stalin en el poder, se decretó la penalización de 
la homosexualidad en 1934, para todos los territorios de la URSS y 
países afines. Quienes habían salido a la luz fueron deportados a
 Siberia, tampoco nunca sabremos cuantas víctimas perecieron.





SAN FRANCISCO

La segunda generación del movimiento se gestó desde los EEUU a partir de
 1945. Los marines expulsados de la armada estadounidense por
 homosexualidad, llegaban a San Francisco y allí se quedaban. Regresar a
 sus ciudades o pueblos de origen hubiera sido desastroso.

Así nació una gran comunidad que se concentró en el barrio del Castro y
 desde allí comenzaron a ganar pequeñas, pero significativas batallas que
 se extendieron a Los Ángeles. Por ejemplo, se abrieron locales de 
encuentro, se ganaron juicios por motivo de “cruising”, consiguió salir 
la primera revista legal “One”, se fundó el primer grupo de lesbianas,
 “Las hijas de Bilitis”, y apostaban en su mayoría por el Partido
 Demócrata.

Esta dinámica creó barrios rosas en Manhattan (NY), Vancouver y Montréal
en Canadá.

En Europa -1960- la homosexualidad solamente era legal en Suiza, Bélgica
 y Suecia. Pero en toda Escandinavia y Holanda fue en aumento la 
tolerancia. En Francia, hacia los 60's se editaba la revista
 semi-clandestina Arcadie.

Mención aparte merece México, donde desde 1901 existió siempre un
 creciente movimiento, con referentes culturales como fue el caso de
 Frida Kalho.

En el estado español, al margen de un reconocido local bohemio en
 Barcelona, La Criolla, no hubo ninguna organización y tras la victoria 
franquista la dictadura persiguió a los homosexuales, especialmente a 
los varones. El estudio de las condenas judiciales por homosexualidad
 demuestran que las denuncias provenían básicamente del vecindario y 
hasta de la propia familia. Las transexuales fueron las peor tratadas.

Esta segunda generación se caracterizó por su carácter prudente y 
respetuoso de la legalidad vigente. Se trataba de ser vecin@ ejemplar, 
pasar desapercibid@ y llevar una forzosa doble vida. Se adecuaron como 
pudieron a la conservadora sociedad de los años 40s-60s. Se rumoreaba
 que en Hollywood había artistas lesbianas, bisexuales y homosexuales,
 pero luego hemos sabido que hubo más de l@s que se pensó. En la meca del
 cine funcionó en los años 40 el llamado club de las “costureras”,
 encuentros solamente de actrices donde pasó de todo, según explica 
Leopold Estapé.

En 1947, Alfred Kinsey presenta su estudio-encuesta a 17.000 personas que 
demuestra la diversidad sexo-afectiva de la especie humana, con un 
continuum de conductas que iban desde la heterosexualidad (60%),
 bisexualidad (aprox. 30%) y homosexualidad (10%). Hubo una gran reacción
en contra, pero los siguientes estudios de unos u otros científicos, 
daban siempre con porcentajes parecidos. Desde la Universidad de Yale
 surgieron informes sobre la homosexualidad-bisexualidad entre animales y
 sobre la existencia de prácticas homosexuales en la inmensa mayoría de 
culturas del planeta. Empezaron a cuestionarse normas consideradas 
universales e indelebles.

1969 STONEWALL Inn / NY

El final de los años 60's alumbraron el nacimiento de una serie de
 nuevos movimientos sociales sin precedentes. Feministas y la revolución
 sexual, ecologistas, pacifistas, hippies, anti-racistas...tanto en los
 EEUU, como el mayo del 68 francés que desbordó a la izquierda clásica. 
Se cuestionaba el orden establecido. La guerra del Vietnam y las 
paradojas que la ciencia puso de manifiesto fueron el detonante.

La noche del 28 de junio de 1969 la policía realizó una redada en el 
local de ambiente gay, Stonewall Inn del Village en NY. La reacción de 
la clientela fue de una inusual resistencia, desembocó en una revuelta
 cuyos ecos todavía resuenan. Nació la tercera generación del movimiento
 homosexual.

El Gay Liberation Front estableció las pautas de una apuesta para
 transformar la sociedad y no tener que someterse o adecuarse a la norma 
imperante. Aquella primera hornada de activistas se auto-denominó “gay”,
(en los EEUU tanto para hombres como mujeres) y denunciaron los tres 
ejes ideológicos que nos oprimen, todos de origen judeo-cristiano:
 sexismo, machismo y heterosexismo. Apostaron por superar la doble moral,
promover la visibilidad y el orgullo público de mostrarnos tal como 
somos, ni pecador@s ni delincuentes, sino acreedor@s de todos los
 derechos de ciudadanía. Aquella batalla en NY prendió en todo Occidente,
y enseguida cada 28 de junio nos manifestamos dando la cara y sin
 complejos. Mucho que celebrar, mucho que reclamar.

En 1972, las asociaciones de sexología, psiquiatría y psicología dejaron 
de considerar enfermedad la homosexualidad y la transexualidad asentó su
 discurso en los 90's.

En 1978 se fundó la actual International Lesbian & Gay Association 
(ILGA), que hoy federa a más de 1.300 entidades de todo el planeta.

Luego la comunidad lgtbi tuvo que afrontar la pandemia del vih/sida que
 conllevó una renovación de las asociaciones, la militancia devino en
 voluntariado y se crearon servicios de apoyo.

En 1991, Amnistía Internacional consideró a las personas perseguidas por 
orientación sexual, como pres@s de conciencia y en 1993 la OMS borró la 
homosexualidad de su lista de enfermedades.

Hemos conseguido la legalidad y despenalización en 130 países, por 
contra 75 que aún la condenan (11, con pena de muerte). ILGA está ya presente en la ONU y el matrimonio igualitario se va extendiendo, así como las leyes anti-discriminación.

En la actualidad afrontamos una deriva autoritaria, un pulso por 
mantener nuestros derechos, reto que las mujeres han respondido
 masivamente para afirmarse en su dignidad. La historia precisa de una perspectiva de varias décadas para asentar 
sus conclusiones y en eso estamos: luchando para ser tan visibles, como 
para llegar a ser indiferentes. Estamos a 50 años de la revuelta de Stonewall Inn, un gran aniversario.