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De la disco al condón

Entre 1978 y 1980 la homosexualidad salió de la Ley de Peligrosidad Social y empezaron a legalizarse los frentes de liberación gay. Los últimos presos del franquismo, -los homosexuales- salieron de las cárceles en 1979, dos años después de los indultos políticos de 1977. En este intervalo, conseguidas las primeras libertades básicas, se llenaron las pistas de baile de las discotecas y se vaciaron las organizaciones gays.

Una característica que siempre ha acompañado a los retos y objetivos de la comunidad lgtbi en este país han sido las urgencias. De salto en salto. A diferencia de otros países de larga tradición ilustrada y democracias consolidadas, en nuestro erial no existió un tiempo de reflexión y debate pausado y suficiente sobre ideología. Todo fue improvisar y dotarse de plataformas reivindicativas que entonces iban mucho más allá de lo que los gays en general deseaban entonces. Con parar la represión policial, fue suficiente para la mayoría. La comunidad gay quería divertirse y punto.

Las manifestaciones del 28 de junio declinaron o puntualmente recobraron asistencia ante la ofensiva de Gobernación en 1980, para intimidar y detener el aumento de locales de ambiente homo.

Es curioso el caso de Barcelona, donde el Gobernador Civil (UCD) empezó a cerrar discos y pubs a finales de 1980. La excusa era siempre técnica, que si la medida de las puertas, la altura de los techos, decibelios, etc. Además volvieron a producirse redadas policiales con el pretexto de verificar la identidad de los clientes de una u otra discoteca. Así lo viví personalmente en el local La Luna. De pronto cesó la música, se encendieron las luces y entró la policía. Nos hicieron salir y poner a todos con las manos en la pared, fuimos cacheados. Quien llevaba el DNI no fue detenido, pero se llevaron “retenidos” como a una docena o más en una furgoneta.

En febrero de 1981 hubo en Barcelona un cierre de los locales de ambiente como protesta, que tuvo gran eco de prensa. Finalmente, los editoriales de los periódicos, partidos políticos, sindicatos y personalidades se posicionaron en contra de estos cierres y redadas. Ganamos la batalla. El Orgullo de 1981 volvió a ser muy concurrido.



En el resto del estado los grupos aparecidos a finales de los 70 fueron desapareciendo en casi todas partes. Se abrió una brecha entre una mayoría que con divertirse ya tenía suficiente y el abstracto discurso reivindicativo de los frentes. De manera coloquial nos llamaban a los militantes, “las aburridas”, “las políticas”. No supimos situarnos en sintonía con la mayoría, que además no entendía el empecinado discurso contra el “guetto”. Ciertamente era una contradicción -incluso personal- mantener posiciones contra las discos y meternos en los cuartos oscuros o en las saunas. Esa contradicción generó una gran crisis, un interminable debate interno en los frentes sobrevivientes. Con ocasión de la II Conferencia de la ILGA en Catalunya, (1980), ya nos dijeron las organizaciones de otros países que el ambiente no era un problema a resolver, ni mucho menos. Por ejemplo el COC de Holanda abrió una de las primeras discotecas de Ámsterdam para financiarse. Lo fundamental era ganar la visibilidad pública. Solamente la propuesta de una Ley Antidiscriminatoria unificaba criterios.

Entraban pues los 80, con un movimiento asociativo mermado de militantes y enfrentado internamente por otras cuestiones, como la adhesión o no a determinadas opciones políticas nacionalistas o revolucionarias. Un movimiento militante cada vez más alejado e incomprendido por la mayoría de gays. Party fue la revista que fue reflejando esa crisis.

Los tres temas de debate en los primeros 80's, fueron tres: ¿qué imagen presentar ante la sociedad? Serios con corbata o locas. Nació entonces la plumofobia, todavía vigente, y entonces, el rechazo a los travestís. ¿Pareja abierta o cerrada? Una cuestión que en otros países estaba más estabilizada. La entrevista a Michael Foucault, “La amistad como modo de vida” -a mi parecer- había resuelto esa diatriba en el extranjero. Finalmente y en digamos -niveles más ideológicos-, discutíamos si existía o no una “identidad homosexual”. El libro de Mario Mieli “Elementos de crítica homosexual”, pensamiento queer “avant la page”, dio mucho de sí. En síntesis de finales de los 70 a inicios de los 80's, aparte de abrir espacios de libertad, -nadie nos regaló nada, hubo que manifestarse y mucho- combatimos esa horrenda lacra de ser considerados “enfermos”. Eso contribuyó a la auto-aceptación de much@s homosexuales. Sin embargo todo se interrumpió de forma abrupta.

La muerte de Rock Hudson

Llegaron noticias de una extraña enfermedad que en los EEUU, afectaba a gays, hemofílicos y haitianos. La prensa hablaba del “cáncer rosa”, pero los primeros repartos de preservativos en locales de ambiente eran rechazados; nos llamaron “fascistas y ursulinas”. Si algo golpeó a toda la sociedad y especialmente a la comunidad gay fue la defunción de Rock Hudson. La incredulidad ante una enfermedad que todavía aquí no se había manifestado, se rompió. Cundió el pánico y poco después, -empezando por puntos de turismo gay como Sitges-, de forma progresiva, unos y otros, enfermaban. Luego ya en 1985-86, se dieron las primeras defunciones.

Esta enorme crisis y la incertidumbre de como curar esa epidemia creó un estado de sitio. Muchos gays que habían salido del armario eran rechazados por su entorno y los que podían volvían a disimular. Se cerraron los cuartos oscuros, las saunas perdieron mucha clientela y apareció una reacción moralista dentro de la propia comunidad gay. Ante un enfermo o difunto se oían comentarios culpabilizadores de las víctimas, “que si es un promiscuo”, “que si no salía del cuarto oscuro”, etc.

Ahí se vio como nuestra comunidad no había tenido el recorrido, ni el tiempo suficiente como para ser más madura y defensora de su propia dignidad. Demasiados siglos de culpa y de auto-homofobia.

Opciones y utopías

Los escasos frentes gays de la época afrontaron ante el vih/sida un debate, como mínimo clarificador. Sin ánimo de protagonismo ni de petulancia diría que fue en Catalunya donde ante el vih/sida, el FAGC se dividió en dos posiciones enfrentadas: quienes dijeron que el sida era cuestión de médicos y hospitales, y quienes argumentamos que el movimiento debía involucrase a fondo ante aquella catástrofe, que debíamos exigir apoyo de las instituciones y de los locales de ambiente. La respuesta “revolucionaria” fue que las instituciones debían ser “derribadas”. Es un recuerdo que todavía me lastima. El FAGC se rompió.

De militantes, -quienes abandonamos el FAGC (en una extraña asamblea-asamblearia donde acudieron personas desconocidas) y quedamos en minoría-, pasamos a ser voluntari@s.

Era imposible ya acordar nada pues nos dedicamos a repensar el movimiento lgtb, a copiar de otros países y a crear nuevas entidades. De aquella ruptura se acabó la unidad para el 28 de junio.



Dejamos de intentar dirigir a la indiferente comunidad gay hacia su “liberación”, para atender los más urgentes problemas. Sin embargo, quienes creían estar en posesión de la “verdad absoluta” se dedicaron a erosionar y criticar hasta la saciedad a las nuevas entidades que se fundaron en 1986: Gays por la Salud (luego, Stop Sida) y la Coordinadora Gay-Lesbiana (1986-2014). Lastimoso e irresponsable. Servidor fue la diana preferida de tales ataques.

Servicios y voluntariado

El vih/sida demandó por sí mismo la reformulación del activismo gay. Todavía recuerdo cuando en la primera y pequeña sede de la CGL, alguien llamó a la puerta. Abrimos, era un chico que llegó aterrado y deshecho, el test había dado positivo. No sabíamos cómo encarar esa trágica circunstancia. En los 80's el resultado positivo era sinónimo de muerte. De ahí nació Gays Positivos.

Las entidades lgtb desarrollamos otra estrategia: atender las necesidades que pide la comunidad homosexual y transexual. Simplemente.


Así que empezamos a crear servicios según las necesidades, por ejemplo recibíamos muchas llamadas preguntando por los síntomas o prevención del sida y, en consecuencia, se creó un teléfono rosa. Lo suyo costó que llegara a ser un 900. Las instituciones decían que eso era crear un apartheid, la respuesta que dábamos era que la complicidad era básica: comunicarse de gay a gay. Aprendimos a sintonizar con la realidad, fuera de ambiciones revolucionarias. Aprendimos a formar voluntariado ante cada problema.

El vih/sida trajo consigo la visibilidad de las injustas situaciones de las parejas del mismo sexo, sin derecho alguno en caso de defunción de una de las dos personas. Ahí nació la reivindicación de la ley de parejas y el primer éxito fue la reforma de la LAU en 1994, donde el derecho de subrogación del contrato de alquiler podía pasar a la pareja sobreviviente.

Quizá una notable diferencia fuese que en Catalunya mantuvimos abiertamente la bandera homo de la lucha contra el sida y la solidaridad con los gays seropositivos, mientras que en otros lugares se prefirió actuar desde plataformas genéricas, por aquella “moralina” de no identificar al colectivo con esa enfermedad. Sin embargo la realidad era vehemente, la mayoría de casos eran gays afectados, pues así lo abordamos en Barcelona. Los bailes anuales de solidaridad con los gays seropositivos fueron los actos más concurridos durante los 90 en Catalunya.