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Spitzer. Adiós a un venerable

El telescopio espacial Hubble (HST) es, sin duda, el más famoso de la historia de la astronomía. Actualmente sigue en activo, tras casi 30 años, con una hoja de servicios impecable (exceptuando la metedura de pata inicial, de responsabilidad humana, al enviarlo al espacio dotado de unas gafas millonarias… y terriblemente defectuosas). El HST ha ido viendo cómo, a su lado, iban desfilando otros telescopios espaciales, cuya popularidad jamás le han hecho sombra. Puede que ello estuviera justificado en casi todos los casos (no en vano el Hubble es, por longevidad y productividad, un hito espacial sin precedentes), pero hay uno que sí podría rivalizar con el abuelo de los telescopios espaciales.

En efecto, con mucho menos nombre y un presupuesto en el momento del lanzamiento un 50 por ciento menor (aun así fue de 670 millones de dólares), hablamos del telescopio espacial Spitzer. Debe su nombre al astrónomo Lyman Spitzer, que tuvo la feliz intuición, mucho antes de que incluso esa primitiva bola con patas que fue el Sputnik llegara al espacio, de que sería estupendo instalar telescopios en las cercanías de la Tierra para poder operar con ellos sin el fastidio de la atmósfera terrestre, la cual es responsable de muchas distorsiones y de absorber también ciertas frecuencias luminosas que no alcanzan la superficie.

La idea era fabulosa, pero hubieron de pasar varias décadas hasta hacerla viable tecnológicamente. Spitzer, el hombre, no pudo ver finalmente cómo el Spitzer, el telescopio, “su” telescopio, iba por fin a subir al cielo y, desde allí, aportar una sorprendente y valiosísima cantidad de información. El hombre murió en 1997, y el instrumento fue alzado al espacio en 2003. Pero la idea genial de aquel estadounidense ha estado ligada a los casi 10.000 estudios científicos que han empleado el Spitzer para realizar toda clase de investigaciones de firmamento.

Este fantástico telescopio, en efecto, operaba en la franja de luz infrarroja (es decir, no tomaba imágenes en el visible “ordinario”, como sí lo hace su hermano mayor, el HST), y su ámbito de acción era el Universo entero. Así, sin más. Lo mismo se disponía a observar asteroides o cometas que circulaban por las proximidades de la Tierra (para poder estudiar y calcular bien sus órbitas y saber si constituyen objetos potencialmente peligrosos en el futuro) como dirigía sus ojos a los más profundos abismos del espacio, las galaxias jovencísimas de los primeros tiempos del Universo, cuando esté no tenía ni 1.000 millones de años de edad. Además, analizó el polvo interestelar que pulula libre por entre las estrellas, así como la propia formación de estrellas y los planetas embrionarios que, con el tiempo, se convertirán en mundos nuevos (con, quizá, vida extraterrestre). Esta última fue una de sus grandes contribuciones: en 2008 sus instrumentos pudieron captar la señal de que había una gigantesca cantidad de vapor de agua en el interior de una nube protoestelar (es decir, una región nebulosa que contiene todos los materiales para que nazcan la estrella regente y luego su cohorte de planetas). El Spitzer “vio” que el vapor de agua estaba “cayendo”, literalmente, hacia el corazón del disco de polvo, un hecho sin precedentes y que permitió estimar cómo y en qué cantidad el vapor de agua se incorpora a los planetas en formación. Fue algo parecido a contemplar cómo hubiera sido nuestro Sistema Solar en sus inicios, y es sobrecogedor pensar que de ese modo el vapor de agua, un elemento tan vital en nuestro mundo para las formas biológicas, puede estar presente en multitud de otros planetas. Y, si ello es así, la vida quizá haya arraigado en mundos incontables…

El Spitzer, como todos los telescopios espaciales, sean o no infrarrojos, tienen una vida útil limitada. En este caso depende de en qué proporción el helio líquido, que es el elemento empleado para refrigerar los instrumentos, va evaporándose, de modo que se hacen estimaciones del tiempo de vida aproximado; aunque suelen subestimarse siempre. Así sucedió también en este caso: con una vida útil teórica de dos años y medio, en realidad este telescopio siguió perfectamente operativo tres años más. E incluso entonces los científicos fueron capaces de que uno de sus instrumentos, la maravillosa cámara infrarroja, pudiera seguir funcionando por un periodo de ¡diez años más!

Uno de los campos en que el Spitzer fue especialmente prolífico en descubrimientos fue el de los exoplanetas, los mundos que giran en torno a otras estrellas fuera de nuestro Sistema Solar. Primero porque localizó a un pequeño planeta que, hasta entonces, fue el más caliente de que se tenía noticia, con una temperatura superficial de 3.700º C; también descubrió el mundo más lejano detectado, a una distancia de 13.000 años luz de la Tierra; comprobó, igualmente, la existencia directa de las atmósferas de dos exoplanetas en 2005; y, además, trazó un mapa meteorológico de la tenue atmósfera de otro exoplaneta gigante. Pero por si esto fuera poco, extraordinaria fue de nuevo su aportación para poder llevar a cabo uno de los descubrimientos más sensacionales de los últimos años: la localización de siete planetas en torno a la fría estrella TRAPPIST-1, un sistema extrasolar único hasta la fecha, ya que algunos de estos mundos tienen similitudes con nuestra Tierra.

En 2013, el Spitzer había realizado infinidad de imágenes de todo el Cosmos de una belleza extraordinaria (un buen ejemplo puede hallarse en la siguiente dirección: http://www.spitzer.caltech.edu/search/image_set/100?page=1&tabs=hidden), así que los científicos decidieron que ya era hora de brindar al público algo especial. Elaboraron un mapa excepcional, formado por dos millones de fotografías, de la Vía Láctea y su entorno. La plasticidad, el detalle y el nivel de hermosura de estas imágenes no tiene precedentes en la gama visual del infrarrojo.

Spitzer llegó a término, estos días. La NASA decidió, con buen criterio, que ya había dado casi todo lo que podía ofrecer y ha apagado su luz para siempre. Hay que destinar presupuesto a otros nuevos (y costosos) proyectos, que sin duda se beneficiarán del trabajo, valioso y asombroso, que este ojo espacial de 85 centímetros ha regalado a toda la Humanidad.

Descansa entre las estrellas, amigo.