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Falta un gato (en el cielo)

El firmamento nocturno, con su multitud de estrellas, está dividido en constelaciones. Las constelaciones no son nada físico, no son algo “real”, en el sentido de que formen vínculos entre las estrellas que las forman. Al contrario, las constelaciones no son más que subjetivos, arbitrarios y (con los milenios) perecederas agrupaciones estelares, que hemos conformado nosotros (los seres humanos) por conveniencia. Sirven para poner un poco de orden, reconocer figuras y ubicarnos. Pero las estrellas constituyentes se suelen hallar lejísimos unas de otras, sin la menor ligazón gravitatoria. Cada una de ellas recorre su camino y, a su tiempo, deformarán la efigie que hoy forman hasta desaparecer y ser reemplazadas por otras.

En 1928, la Unión Astronómica Internacional, el organismo oficial que se encarga de ordenar, clarificar y dar sensatez (casi siempre) a las cosillas celestes que vemos, decretó definitivamente que eran 88 las constelaciones. Les puso límites, acotó las líneas (ficticias) que unen las estrellas y se pudo, por fin, tener un panorama claro tras mucho tiempo de confusiones y torpezas (hasta entonces no se sabía bien cuántas había, sus confines y dimensiones, etc.).

Ahora tenemos unas 50 que son de la época clásica (catalogadas por el egregio Claudio Tolomeo hace casi 2.000 años), más otras conocidas en la antigüedad o procedentes de otras culturas (como la Ave del Paraíso, que se basa en una de origen chino). Las otras, más de una treintena y casi todas visibles en el hemisferio sur, fueron inventadas por científicos europeos de los siglos XVII y XVIII. Comparadas con los nombres hermosos y evocadores de la mitología griega (Andrómeda, Casiopea, Perseo, Pegaso u Orión, por ejemplo), las nuevas constelaciones recibieron denominaciones que, en el mejor de los casos, son horteras y sosas (como Escuadra o Compás) y, en el peor, dan auténtica vergüenza ajena (como Microscopio, Buril o Máquina Neumática). Es comprensible que los científicos ilustrados prefirieran sus herramientas y artilugios para nombrar a las nuevas constelaciones (no iban a emplear a las náyades o a las vírgenes), pero se echó en falta algo más de creatividad… Por no decir otra cosa.

Muchas de las constelaciones antiguas nombran animales. Hay algunos que salen “repe”: dos osas (la Osa Mayor, que contiene el famoso “Carro”, y la Osa Menor, que contiene la famosa estrella Polar), leones (León y León Menor), caballos (Pegaso y Caballo Menor, o Caballito) y perros (Canis Mayor, que guarda en sus dominios a Sirio, la estrella más brillante del cielo, y Canis Menor). En conjunto, hay 22 mamíferos (dejando aparte seres humanos o dioses), 9 aves, 6 reptiles 4 peces y 3 artrópodos. En cambio, no hay árboles ni plantas. Se ve que los antiguos no prestaron mucha atención al mundo vegetal, algo que extraña dado que se trataban casi todas ellos de gentes pertenecientes a civilizaciones agrícolas.

Hubo intentos de modificar, o de aportar, nuevas ideas a las constelaciones existentes en cada época. Algunas de estas intentonas tuvieron éxito (a Dios gracias, en algunos casos); otras, por desgracia, no. Una de éstas últimas, de las más tristes porque estaba llena de sensatez (dada el Arca de Noé celeste y la repetición ocasional de animalillos) fue la que propuso el astrónomo francés Joseph Jérome de Lalande (1732-1804), que tuvo una vida de lo más singular, además de ser director del observatorio de París.

Lalande, viendo que había tal profusión de mamíferos, y siendo como era un gran admirador de los gatos, se extrañó de que el pequeño felino no tuviera su hueco en el cielo. Seguramente ello obedecía a que los gatos fueron vistos, en tiempos, como criaturas diabólicas, para desgracia suya (y nuestra). Entonces, ¡pongamos un gato en el cielo!, se dijo.

Cogió pues Lalande un mapa celeste y dibujó la forma de un gato, anclada entre las constelaciones de Hidra y Máquina Neumática (en el hemisferio sur). Era la época de finales del siglo XVIII, y aunque el talento de Lalande con el lápiz era pésimo (más que un gato dibujó un conejo), parecía que por fin nuestro gatito subía a los cielos eternos. Pero nada más lejos de la realidad. Sólo un contemporáneo suyo, Johann Bode, lo incluyó en su atlas de 1801. Para encontrar al siguiente astrónomo dispuesto a tal inserción hay que avanzar hasta 1878, cuando el italiano Angelo Secchi se encargó de que el felino doméstico no bajara a la tierra. Pero su bienintencionada tentativa cayó en saco roto; Secchi fue el último que siguió la idea de Lalande, aunque hubo quien quiso quitar una de las constelaciones perrunas (el Can Menor), y cederle ese espacio al amigo bigotudo, pero… no hubo manera. Definitivamente, el cielo se quedó sin gato. Y puede que sea para siempre.

Sin embargo, quien no se consuela es porque no quiere. Y los españoles estamos de enhorabuena (por así decir). Dado que, aunque no hay gatito, sí hay un lince. En efecto, en el hemisferio norte, serpenteando entre las constelaciones de la Osa Mayor y Auriga y Géminis, discurre una línea de estrellas (débiles, todas ellas) que dan vida (en nuestra imaginación) a la constelación de Lince, cuya figura aparece con las patas delanteras levantadas. El autor de esta feliz idea fue el astrónomo polaco Johannes Hevelius, hacia 1660. Nuestro lince (en la especie Lynx pardinus, o lince ibérico) tiene pues, su correspondiente alter ego en el firmamento. Si alguien echa de menos a un gato celeste, que se quede con el lince. No está mal el premio de consolación, ¿no?

Puede sorprender (y, de hecho, sorprende) que haya un lince y no un gato; pero quizá sorprenda aún más que haya un lince y no un tigre, por ejemplo. Pero así son las cosas del cielo. Y quizá nos debamos alegrar. Porque ha habido muchos intentos, por parte de las autoridades cristianas, en bautizar (o rebautizar) nombres clásicos o árabes por los de su calaña. Arrimar el ascua a su sardina, vamos. Propuesta que, de haber cristalizado, nos hubiera llenado la bella esfera nocturna con nomenclatura cristiana por todas partes.

Mejor, aunque nos privemos de un gatito ronroneante, dejar las cosas así, ¿verdad?