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Astros, logias y farsas

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos dirigido la vista hacia el firmamento nocturno. No debe extrañar, pues si somos seres humanos es en parte gracias a ello. La contemplación del cielo y su enigmática y oscura presencia forma parte de nuestra naturaleza. Somos seres conscientes (al menos, muchos de nosotros…), de modo que no solo miramos, sino que también percibimos y tratamos de entender lo que vemos.

El cielo, además, nos era útil y esta utilidad fue lo que propició que lo estudiáramos. Sucede con todos los conocimientos científicos: nacieron por un interés práctico. Como los primeros geómetras, que se interesaron por la trigonometría para medir las parcelas de tierra y calcular las superficies, los primeros astrónomos no eran ociosos jefes de sus tribus; perseguían un fin práctico. Se aprovecharon de las regularidades de los astros (las fases lunares, la distinta posición del Sol a lo largo del año, etc.) para elaborar calendarios, marcar fechas festivas y determinar los solsticios y los momentos de culto. La medida del tiempo fue fundamental para la siembra y poder prever los fenómenos naturales (épocas de lluvias o sequía, etc.).

Cuando comprendimos que mirando el cielo se distinguían unas regularidades, las cuales ayudaban y mejoran nuestra vida diaria, la oscura faz del cielo se hizo más amable, más cercana. Ya no era todo desconocimiento y temor: podíamos predecir lo que estaba por llegar. Ello nos dio sensación de seguridad… y de poder.

Nació así la Astronomía, una ciencia milenaria (de hecho, la primera de todas) cuyo objeto de estudio es el Universo en su totalidad. Paralelamente a ella surgió una creencia (sensata, pero falsa) que poseía la misma raíz que esos saberes prácticos. Muchas culturas ancestrales pensaban que todo en el mundo estaba unido y relacionado. Si la astros marcaban los fenómenos terrestres y climáticos (un Sol alto en el cielo era sinónimo de mucho calor; bajo, de frío y malos tiempos para las cosechas, etc.), entonces al hombre también podían afectarle. Acabamos por aceptar que los astros celestes debían influir en nuestras vidas.

Con el transcurrir de los siglos, ambas disciplinas siguieron entremezcladas en las sociedades humanas. En época griega se usaban indistintamente, ya que se empleaba eltérmino “Astronomía” (que viene de las palabras griegas aster, astro y nomos, orden; por tanto, el “orden de las estrellas”) casi con el mismo sentido que “Astrología” (que, a su vez, viene también de aster y de logia, disciplina; por tanto, “la disciplina que estudia los astros). Los astrónomos eran, pues, astrólogos, y viceversa. La astronomía siempre fue vista, por lo que hemos comentado, como una ciencia especial y de gran importancia. Se la estudiaba en las sociedades clásicas, pero su vertiente “astrológica” no era menos relevante. Durante muchos siglos, las creencias en la influencia de los astros sobre nosotros cristalizó en la elaboración de unos pronósticos acerca de lo que iba a sucederle a ciertas personas o a una región. Se trataba, claro, de los horóscopos. Los astrónomos no sólo miraban el cielo y trataban de componer teorías o hipótesis acerca de su comportamiento; muchos de ellos también dedicaban su tiempo a los pronósticos astrológicos de gente pudiente. Era usual en la Edad Media, e incluso bastante después, que los reyes encargaran a notables astrónomos sus propios horóscopos. Así, por ejemplo, el egregio Johannes Kepler, uno de los astrónomos más importantes de todos los tiempos, fue durante muchos años consejero astrológico de Rodolfo II, emperador del Imperio Romano Germánico entre 1576-1612. Y se cuenta que sus predicciones eran realmente buenas… aunque él mismo no creía en la realidad de la astrología. Era un medio para obtener pingues beneficios económicos, porque con el trabajo de mero astrónomo a la mayoría no les llegaba lo suficiente para vivir bien.

Pero la astrología, al contrario que la astronomía, no es una ciencia. No se basa en observaciones, en mediciones, en datos ni está respaldada por ningún cuerpo teórico consistente (aunque emplee artificios matemáticos). Cuando las ideas astrológicas empezaron a perder credibilidad y los científicos pudieron dejar de elaborar los horóscopos, los caminos de la astronomía y su despreciada hermana se separaron para siempre. Y entonces la astronomía se convirtió en la distinguida y la astrología en la mancillada. Pero ello no evitó que esta última siguiera practicándose (y cobrándose bien, por ello) hasta nuestros días. Es más, aún conserva cierta aura de “respetabilidad”, y no es extraño que haya políticos que consulten sus horóscopos e incluso pidan consejo a los astrólogos que, actualmente y al contrario que sus homólogos de antaño, no tienen la menor formación científica y no son en su mayor parte más que timadores o charlatanes. La era de la información en la que estamos debería bastar para que fuéramos capaces de diferenciar entre ciencia y pseudociencia, pero es precisamente al revés: parece que estamos en un tiempo en el que cualquier opinión, por disparatada que sea (mentemos el caso sensacional de los terraplanistas, por ejemplo) tenga su cupo de seguidores y admiradores, aun con las ingentes evidencias científicas en su contra.

En todo caso, esta serie que iniciamos hoy irá dedicada a la Astronomía (no a la Astrología, ¿eh?). Comentaremos noticias, curiosidades, hechos singulares o dejaremos vagar un poco la mente con todo lo relacionado con el Universo. No vamos a elaborar horóscopos ni trataremos de predecir cuándo y en qué medida nos afectará la próxima crisis económica (una pena, ¿verdad?). No podemos, ni serviría de mucho, quizá porque buena parte del futuro está en nuestras propias manos, en la de los trabajadores y trabajadoras y lo que ellos decidan.

¡Hasta pronto!

Nacido en Gandía (Valencia) en 1980, Jesús S. Giner es educador ambiental y en la actualidad cursa el Grado en Filosofía por la UNED de Valencia.

Su afecto por la astronomía, tema del que ha publicado más de cincuenta artículos de divulgación y sobre el que imparte talleres en la Universidad Popular de Gandía, junto con su pasión por la literatura ha dado como fruto su primer libro VIVIR EL CIELO (Ediciones Ondina).