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Lo que de verdad importa

El socialismo madrileño vive unos momentos de transición, uno de esos instantes en la vida en el que las organizaciones demandan de cada uno de nosotros la responsabilidad de estar a la altura de las circunstancias más allá de la estatura de nosotros mismos.

Lo que de verdad importa (The Healer) es una película norteamericana dirigida por Paco Arango, en la que resalta los valores de una niña que despierta los mejores principios en el protagonista de la historia.

Lo que de verdad importa es que seamos capaces de reconstruir una organización que presente un programa de izquierdas en una región como la madrileña, hastiada de privatizaciones y corrupción. Protagonista de gobiernos regionales que hicieron de las mentiras, la propaganda y el interés su bandera tricolor.

Por eso lo que de verdad importa es lograr en una legislatura abolir la pobreza en Madrid, dotar de vivienda a todo aquel que lo necesita, modernizar la educación pública, universal y gratuita, impulsar la innovación para alcanzar la singularidad y la eficiencia, cambiar el rumbo de la historia hacia una sociedad de progreso. Tenemos recursos para ello. Faltan políticos con ambición colectiva.

Pero ante tales retos nos hemos encontrado a menudo una organización, el PSOE de Madrid, en el que todos han participado en conspiraciones internas, más preocupados de su propio lugar en el mundo ante el agotamiento cada vez mayor de una militancia generosa y altruista.

Deben acabarse las trincheras en las que la mitad de los dirigentes excluyen a la otra mitad de los dirigentes. La organización partida, el conflicto interno permanente, la militancia arrinconada.

¿Cuándo empezó la intransigencia a apoderarse de nuestra organización? Un lado dice que en 2008, otros que en 2015, depende de la posición que uno ocupe en el universo o el capítulo que más daño le hizo en esta historia.

En febrero de 2015 la Ejecutiva de Madrid -a la que pertenecía-, fue disuelta (y lo que es peor, el Comité Regional). Opté por defender mis posiciones y mi opinión en los órganos regionales, sin dar un paso atrás, sin descanso. Otros optaron por la retirada y el aislamiento, actitud que entiendo perfectamente y de la que yo también estoy tentado. Sin embargo, en todo caso, hay que evitar que la víctima pueda arrastrar a todos al abismo. Así que yo seguí y, por cierto, nunca me encontré más solo políticamente en mi vida.

Ha valido la pena porque he redescubierto durante estos dos años a magníficos compañeros y compañeras. Militantes de base con los que, como uno más, he compartido manifestaciones y concentraciones. Hemos estado juntos cada tercer domingo de cada mes en la Marea Blanca defendiendo la sanidad pública cuando ya no iba cargo público alguno. No hemos faltado a ninguna concentración. Incluso me han avisado y acompañado a las dos de la madrugada al último incendio del asentamiento de Arganzuela. Un grupo de compañeros que me han hecho recobrar los valores de los que no debemos desprendernos nunca.

He visitado (casi) todas las agrupaciones de Madrid y he descubierto la generosidad de aquellos que llevan el socialismo en el corazón a cambio de nada. Gracias a ellos y a su aliento, no he desfallecido ni un instante a la hora de defender en los medios de comunicación a mi partido, actividad que no pienso dejar de hacer por mucho que se empeñen los de un lado y alguno del otro.

Y, sobre todo, he defendido a mis compañeros y a mis amigos cuando eran maltratados en los medios de comunicación, cuando se les acusaba falsamente de corrupción, hasta sin duda abrasarnos, en contra las más veces de mi propio interés, poniendo la amistad por delante de la política. Como dice un compañero de estos: “si no hubieses hecho eso serías ahora alcalde de Madrid, pero no te reconocerías a ti mismo”.

Por eso nunca he fallado a un amigo (mentiras al margen) y si lo he hecho por torpeza he pedido y pido mil disculpas. Y por eso también, cuando un amigo te falla, trato de pensar que ha sido guiado por la misma torpeza que me puede deslumbrar a mí.

La amígdala forma parte del lóbulo temporal, una especie de almendra que dirige nuestras emociones primarias tales como el odio, la ira, el rencor o el miedo. Es un mecanismo de defensa que nos servía a los seres humanos para evitar ser devorados por las fieras. Pero entonces vivíamos en cuevas. En pleno siglo XXI, quien actúa en política dirigido por el odio o el rencor, no sólo se equivoca, sino que puede llevar a muchos al abismo.

Por eso, debemos recuperar los valores de Lo que de verdad importa, aquellos principios que conservan los militantes y afiliados. El sectarismo, las falsas acusaciones de filtraciones por el simple hecho de difamar, tirar la piedra y esconder la mano o la intolerancia, no nos llevan a ningún puerto.

Otras veces se utilizan falacias para aniquilar al adversario: “los mayores deben dejar paso a la juventud”, “no deben estar aquellos que hayan estado antes”, etcétera. Todos son instrumentos para querer llevar razón o imponer una posición por encima de otras. El problema es que, en mi opinión, caben absolutamente todos y todas, sea cual sea su edad, pasado o experiencia. Con una sola condición: ser socialista.

¿Por qué nos llevamos tan mal?

Daniel Kahneman es un profesor de la Universidad de Berkeley, Premio Nobel de Economía. Judío, nacido en Tel Aviv en 1934, vivió durante su infancia en el París ocupado por los nazis. Cuenta Peter Diamandis que el joven Daniel perdió la noción del tiempo mientras jugaba con un amigo cristiano un atardecer de 1942. Le dio la vuelta al jersey para ocultar la Estrella de David y caminó por aquellas frías calles prohibidas durante el toque de queda. Le detuvo un soldado alemán que le abrazó y le dejó marchar.

Kahneman, profesor de Psicología, aprendió, dice, que ante posiciones tan antagónicas los valores y los principios pueden unir a las personas. Tras leer al Premio Nobel yo me pregunto: ¿entonces cómo no nos unen los principios y los valores entre colectivos mucho más cercanos, compañeros de trabajo, amigos víctimas de malos entendidos o compañeros de partido?

Mi primera tarea durante este último mes, silenciosa, ha sido tratar de lograr que el PSOE de Madrid logre en el próximo Congreso una Ejecutiva Regional en la que estén representados al menos el 90% de los militantes de esta organización.

De no ser así, cuando al otro lado (y alguno de éste) trata de que el enfrentamiento sea un fin en sí mismo, me tendrá en contra intentando sumar. Sumar… magnífica palabra, verbo que he tratado de practicar, con cierto éxito por cierto, durante los últimos años, acompañado por los compañeros y amigos de mareas, concentraciones y casas del pueblo.

Y, si no logramos que todos los socialistas remen en el mismo sentido, en el caso de que una mitad quiera imponerse a la otra, entonces presentaremos candidatura para desde la generosidad conseguir con los votos lo que no se ha querido con la palabra.

Hacen mucho daño aquellos que sin avisar, seguramente sin mala intención, atomizan a los militantes y dividen a los propios. Una vez más la almendra, la amígdala, funciona como mecanismo de defensa.

Por eso, lo que de verdad importa, es lograr un proyecto ganador para Madrid, la unidad de los socialistas y mantener nuestros valores y principios intactos o al menos recuperarlos para hacer a nuestra organización, el PSOE, mejor. Lo que me han enseñado los militantes de las mareas. Sinceramente es lo que de verdad importa.

Antonio Miguel Carmona es profesor de Macroeconomía y concejal del Ayuntamiento de Madrid.