Las izquierdas y la autodeterminación (y 6). Las tendencias actuales

Hoy, en el marco de la globalización, la coyuntura internacional es muy diferente a la de los años sesenta y setenta, pues el mundo se halla bajo la influencia de una versión conservadora e intransigente del liberalismo, que sirve de soporte político, de justificación económica y de aliento moral a un capitalismo que ha recuperado su aspecto más salvaje, y que suscita, como respuesta defensiva, reaccionarias doctrinas civiles y religiosas que impulsan tendencias retrógradas en casi todo el planeta.

Lo dominante es el cambio de los principios rectores: la negación de la libertad, la restricción de los derechos civiles y laborales, el retroceso en condiciones de vida y, en extensas regiones del planeta incluyendo los países desarrollados, la limitación de la vida a la simple supervivencia; lo dominante no es la liberación de las capacidades humanas, sino la sumisión de las personas a poderes reales o imaginarios situados por encima de ellas; lo dominante es la restauración de rancias tradiciones (o la invención de otras nuevas con la falsa pátina de lo viejo), que intentan organizar la sociedad con criterios que se estiman superiores a los democráticos; lo dominante es la reacción conservadora, antiilustrada, que niega la razón, la libertad, la igualdad y la representación democrática, como principios fundamentales para organizar la sociedad y los reemplaza por opacos poderes económicos y financieros o por oscuros y misteriosos poderes superterrenales.

Y entre estas respuestas, emerge el nacionalismo como religión civil, donde el pasado idealizado se impone sobre el presente con un relato lleno de agravios, que apela a aceptar el designio de una historia falseada y el inexorable mandato de la tierra natal para cumplir un destino señalado desde hace siglos por una supremacía incuestionable, porque el nacionalismo exacerbado opera sobre la existencia de un pueblo elegido -elegido por quienes lo postulan-, que se adora a sí mismo, y que se considera eternamente amenazado por los que le rodean y le envidian.

En la Unión Europea, que ha perdido poder aglutinante a causa de las medidas de austeridad adoptadas contra la crisis financiera y donde la izquierda se ha debilitado hasta convertirse en una fuerza social poco relevante, los movimientos políticos emergentes son conservadores, nacionalistas, y están dirigidos por partidos de derechas populistas o derechas extremas, autoritarias, clericales o filofascistas, que, ante un mundo en rápida mutación, oponen la cerrada defensa de lo propio, de lo local e inmediato y de lo arcaico, como los bastiones más firmes ante el creciente desorden.

En España, cuarenta años después, se vuelven a plantear las mismas preguntas y desde la izquierda se dan similares respuestas, aunque con distinto envoltorio, pues nadie alude a la interpretación del derecho de autodeterminación según Lenin, sino al novísimo “derecho a decidir”, verdadera innovación semántica de matriz vasca para aludirlo (o eludirlo) con un eufemismo. Pero la respuesta desde la izquierda sigue siendo la misma que hace años, como si este país, Europa y el mundo no hubieran cambiado.

España es un Estado plurinacional, afirma Pedro Sánchez, ante el desafío del nacionalismo catalán, con una definición que no comparte todo su partido; España es una nación de naciones, riza el rizo Pablo Iglesias sin convencer a todos los suyos, para apoyar en Cataluña el referéndum de autodeterminación que exige la minoría nacionalista, pero con el acuerdo del gobierno central.

Da la impresión de que uno y otro, unos y otros, han llegado a tales conclusiones sin entretenerse mucho en analizar, por un lado, la correlación de fuerzas dentro de cada una de esas hipotéticas naciones y sin determinar cuál es la fuerza principal, cuál es la fuerza dirigente y cuál es el objetivo estratégico del grupo hegemónico, en un movimiento que es interclasista y, que en el caso catalán, está impelido por partidos con objetivos y comportamientos en apariencia tan opuestos como JxCat y la CUP, que representan el capitalismo parasitario y el anticapitalismo socializante o la derecha corrupta y la izquierda justiciera, pero ambos unidos por el mito de la independencia.

Y por otro lado, sin medir los efectos negativos que tendría (algunos ya están a la vista) la secesión no sólo para Cataluña sino para España y para Europa, sin contar el parco beneficio que obtendrían los trabajadores y las clases subalternas catalanas de seguir en su incierta aventura a quienes les ha maltratado durante años desde el gobierno de la Generalitat, empeorando sus condiciones de vida y de trabajo, derrochando dinero público, privatizando y externalizando, en provecho propio (3%) y de sus amigos, bienes y servicios públicos, que son patrimonio común de todos los catalanes (y de todos los españoles).

Así, pues, ni el “Estado multinacional” del PSOE ni la “nación de naciones” de Podemos aportan algo sustancial al problema, sino que son nuevas concesiones a los nacionalistas y vuelven a colocar el debate donde estaba hace décadas, con el peligro de alentar -ahí están los nacionalistas vascos, pensando incluir el derecho de autodeterminación en su estatuto (mientras ETA sigue sin disolverse) o los partidarios de hacer del bable lengua cooficial- la fragmentación de España con la generación de reductos lingüísticos o la fundación de nuevos estados, sobre la base de un derecho tan misterioso como el de “decidir” y de un concepto tan impreciso como el de “nación”, mal definido por su defensores, cuando lo que hace falta es justamente lo contrario: corregir y completar, en este aspecto, la estructura de un Estado, que, instituido bajo múltiples presiones en una situación de emergencia nacional, muestra una onerosa y disfuncional organización territorial, conserva elementos del dictatorial régimen anterior, asume privilegios medievales sin justificación en este siglo y favorece tendencias centrífugas de la periferia, que parecen inspiradas en el modelo estatal de los Austrias.

Ante este problema, poco se puede esperar de las izquierdas nacionalistas, pues, contaminadas por el macizo de la raza, cada una de la suya, por el macizo de la lengua o por el macizo de la identidad, no les interesa un proyecto para todo el país, para toda España o, como dicen, para todo el Estado, como no sea el de trocearlo cuanto antes para conseguir la máxima autonomía y la posibilidad de medrar con ella. Y, frente a la firmeza que muestran las derechas en sus propósitos, tanto la centralista como las periféricas, lo más suave que se puede decir de las nuevas y viejas izquierdas nacionales, es que, desconcertadas, confundidas y anticuadas, están poco preparadas para hacer frente a este desafío.

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).