Las izquierdas y la autodeterminación (5). Las revoluciones exóticas

El proceso de emancipación de países del Tercer Mundo bajo administración colonial iniciado después de la IIª Guerra Mundial, la ampliación territorial del campo socialista, los movimientos guerrilleros anticoloniales y antiimperialistas en Asia, África y América Latina y el grupo de países no alineados surgido en 1955, en la conferencia de Bandung, indirectamente reforzaron en las izquierdas españolas la aplicación dogmática del derecho de autodeterminación nacional.

El mundo parecía estar cambiando, pero los intentos radicales (los rebeldes años sesenta) fracasaban en los países desarrollados mientras triunfaban lejos de estos; el impulso revolucionario se había desplazado desde Europa y Occidente hacia el Tercer Mundo, desde el centro del sistema capitalista a su periferia, según el esquema de Wallerstein, bajo la forma de luchas de liberación nacional.

Para las izquierdas, el problema no sólo teórico sino práctico residía en situar correctamente España en ese contexto y dilucidar a qué mundo pertenecía, porque de ello dependía el acierto de la estrategia. ¿Debía sumarse España al desmembramiento de imperios sobrevivientes, como el británico, el francés, el portugués o el holandés? ¿O era sólo la nación metropolitana del viejo imperio español? ¿Se hallaba España en la periferia del sistema, entre los países colonizados, o entre los países colonizadores del centro, aunque en una posición subordinada? ¿Era España un país desarrollado, como los del entorno europeo, o estaba en vías de desarrollo, como los de la frontera sur o algunos de los que fueron sus colonias en América?

Según las izquierdas, España podía ser vista como un país colonizado por los Estados Unidos -“España, colonia yanqui”, era una consigna del momento-, o también como un país colonizador de las (imprecisas) naciones de su periferia, en cuyo caso, si la izquierda se dejaba seducir por el éxito de las revoluciones exóticas y percibía que la situación de España era “como” la de Argelia, “como” la de China, “como” la de Angola o “como” la de Cuba, la táctica debía ser por fuerza antiimperialista y, en consecuencia, debía empezar por aplicar el derecho de autodeterminación a su propio país para descolonizar a los pueblos oprimidos por España o por Castilla, porque en esto tampoco había acuerdo.

Esa fue la dogmática solución, que, a rajatabla, pero con éxito variable, aplicaron los grupos nacionalistas como ETA, Terra Lliure, el MPAIAC o Union do Povo Galego, que postularon guerras populares de liberación nacional en los territorios donde respectivamente actuaban (País Vasco, Cataluña, Canarias y Galicia).

En cualquier caso, aquel proceso, de inspiración izquierdista, nacionalista, laica y socializante, para descolonizar países del Tercer Mundo a través de guerras de liberación, concluyó (sin que la violencia y los conflictos armados realmente concluyeran), pero los resultados, percibidos con la debida distancia temporal, se alejan bastante de los objetivos teóricamente progresistas que se marcaron los iniciadores de aquel vasto proceso, y ahora asistimos al impulso contrario.

José Manuel Roca

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).