Las izquierdas y la autodeterminación (4). Wilson y Lenin

Poco tenía que ver la España de los años setenta, un país desarrollado, industrial y europeo, de 505.000 km2 y 35 millones de habitantes, que intentaba dejar atrás una dictadura, con el imperio zarista de los Romanov, una monarquía absolutista de origen divino, asentada sobre un territorio de casi 23 millones de kilómetros cuadrados, que por su diversidad climática, orográfica y productiva era por sí mismo un continente, poblado por 126 millones de personas que componían un abigarrado mosaico de razas, lenguas, religiones, tradiciones y culturas.

Aún menos tenía que ver España en 1975 con la situación de Europa al concluir la Iª Guerra Mundial, que es cuando dicho principio se aplicó por iniciativa del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, tratando de buscar una salida a la descomposición de los imperios alemán, austro-húngaro, zarista y otomano, que albergaban en su interior tensiones étnicas y culturales agudizadas con la aparición de tendencias nacionalistas, a las cuales, los autocráticos gobiernos imperiales no habían sabido dar respuesta. Pero la propuesta del presidente norteamericano recogía también el temor de los países capitalistas a que desde la joven república soviética el virus revolucionario se extendiera por Europa.

Como señala Hobsbawm, en su historia del siglo corto (“Historia del siglo XX.1914-1991”): Salvar al mundo del bolchevismo y reestructurar el mapa de Europa eran dos proyectos que se superponían, pues la maniobra inmediata para enfrentarse a la Rusia revolucionaria en caso de que sobreviviera -lo cual no podía darse por sentado en 1919- era aislarla tras un cordón sanitario, como se decía en el lenguaje diplomático de la época, de estados anticomunistas. Dado que éstos habían sido constituidos totalmente, o en gran parte, con territorios de la antigua Rusia, su hostilidad hacia Moscú estaba garantizada.

Sobre la paz de Versalles, Hobsbawm añade: Los principales aspirantes a esa herencia, al menos en Europa, eran una serie de movimientos nacionalistas que los vencedores apoyaron siempre que fueran antibolcheviques. De hecho, el principio fundamental que guiaba en Europa la reestructuración del mapa era la creación de estados nacionales étnico-lingüísticos, según el principio de que las naciones tenían derecho a la autodeterminación.

No obstante, Wilson aplicaba el derecho de autodeterminación en sentido opuesto al previsto por Lenin, cuando, en 1903, publicaba en Iskra “La cuestión nacional en nuestro programa”, donde escribía: En el proyecto de programa del Partido reivindicamos la República con una Constitución democrática, que asegure, entre otras cosas, el reconocimiento del derecho de autodeterminación para todas las naciones que integran el Estado (…) Ahora bien, el reconocer sin condiciones la lucha por la libre determinación no nos obliga en modo alguno a apoyar cualquier demanda de autodeterminación nacional. La socialdemocracia, como partido del proletariado, se plantea como tarea positiva y fundamental, cooperar en la autodeterminación del proletariado de cada nacionalidad, no en la de pueblos y naciones. Nosotros debemos tender, siempre y de modo incondicional, a establecer la unión más estrecha entre los proletarios de todas las nacionalidades, y tan sólo en casos aislados y a título de excepción podemos presentar y apoyar activamente reivindicaciones que tiendan a la creación de un nuevo Estado de clase o a la sustitución de la plena unidad política del Estado por una unidad más débil, por una unidad federativa, etc.

Advertencias que repetiría, en 1913, en las famosas “Tesis sobre la cuestión nacional”: El reconocimiento por la socialdemocracia del derecho de todas las nacionalidades a la autodeterminación no significa en modo alguno que los socialdemócratas renuncien a apreciar de modo autónomo la conveniencia de la separación estatal de una u otra nación en cada caso concreto. Por el contrario, los socialdemócratas deben hacer precisamente una apreciación independiente, tomando en consideración tanto las condiciones del desarrollo del capitalismo y de la opresión de los proletarios de las distintas naciones por la burguesía unida de todas las nacionalidades como las tareas de la socialdemocracia, en primer lugar, y ante todo, los intereses de la lucha de clase del proletariado por el socialismo (…) La socialdemocracia debe poner en guardia con toda energía al proletariado y a las clases trabajadoras de todas las nacionalidades para que no se dejen engañar por las consignas nacionalistas de “su” burguesía, la cual, con discursos melifluos o fogosos acerca de la “patria”, intenta dividir al proletariado y desviar su atención de los fraudes de la burguesía, que concluye una alianza económica y política con la burguesía de las demás naciones y con la monarquía zarista.

Lenin procuraba ajustar la táctica del Partido a las circunstancias del momento, sin desviarse del objetivo principal de fortalecer la causa del proletariado, en la perspectiva de la revolución mundial y de avanzar hacia el socialismo, y advertía a los revolucionarios sobre el peligro de considerar el nacionalismo como un movimiento siempre progresista o de “teñirlo de rojo”, como escribe Hobsbawm en otra obra.

Concluyamos este epígrafe con su opinión sobre el efecto de aplicar el derecho de autodeterminación en Europa al concluir la Gran Guerra: El resultado de ese intento (de Wilson) fue realmente desastroso, como lo atestigua todavía la Europa del decenio de 1990. Los conflictos nacionales que desgarran el continente en los años noventa estaban larvados ya en la obra de Versalles.

José Manuel Roca

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).