Constituciones. Reflexiones de un borrico

La noria nacional sigue girando, porque, cuando se vuelve a plantear la reforma de la Constitución, torna el Gobierno de Rajoy a poner pegas, entre ellas, que hace falta un consenso como el del proceso constituyente, que, si no recuerdo mal, sólo se consiguió al final. Y no del todo, pues cuando la Constitución se votó en el pleno del Congreso, el 31 de octubre de 1978, ocho de los dieciséis diputados del Partido Popular no dieron su aprobación, lo mismo que los diputados vascos.

El inmovilismo del Partido Popular también en este asunto le hace merecedor de figurar en las filas de los conservadores pertinaces y le aleja de la infundada pretensión de ser una derecha reformista. Derecha sin complejos, como dijo Aznar, pero inamovible.

No se puede decir que en España hayan faltado personas que se plantearon bien pronto la necesidad de dotar al país de un texto, que, a la luz de los principios de la Ilustración y del primer liberalismo, plasmara en un solemne documento lo que se llamaba la constitución social, la anatomía del país o la organización no escrita del cuerpo de la nación, como uno de los elementos fundamentales para salir políticamente del Antiguo Régimen y entrar en la Modernidad.

Tampoco se puede afirmar que haya faltado celo reformador, tanto en un sentido como en otro -para renovar y para conservar-, sino que lo destacable ha sido la inestabilidad política provocada por estos intentos, que han dado paso a lo que podría calificarse como desazón constituyente.

La Carta de Bayona de 1808, la Constitución de Cádiz de 1812, el Estatuto Real de 1834, la Constitución de 1837, la de 1845, la nonnata Constitución de 1856, los cambios constitucionales entre 1856 y 1868, la Constitución de 1869, el proyecto de Constitución federal de 1873, la Constitución de 1876, los proyectos de Primo de Rivera, la Constitución de 1931, las Leyes Fundamentales de Franco y, luego, la Constitución de 1978 son los hitos de una España necesitada de vertebración política -la orteguiana España invertebrada-, pero en la cual la organización del Estado y la articulación de las diversas corrientes ideológicas no ha podido durar mucho tiempo.

En la historia constitucional española, los sucesivos procesos constituyentes pueden ser contemplados como si fueran las crestas de las olas que indican el movimiento profundo de las aguas sociales y los cambios de gobierno y hasta de régimen político. Desde la limitada perspectiva que ofrecía el año 1836, la observación de esta azarosa existencia ya inspiró a Larra uno de sus ácidos epigramas: Aquí yace el Estatuto. Vivió y murió en un minuto.

Ahora, ante el desafío a la integridad territorial planteado por los nacionalistas catalanes, entre otras cuestiones que requieren atención, voces no precisamente extremistas solicitan de nuevo hacer cambios en la Constitución, pero el Gobierno demora la reforma cumpliendo una vez más el que parece designio inexorable de nuestra historia constitucional: que nuestras constituciones no se pueden reformar, sino que están condenadas a pudrirse y a ser reemplazadas por otras de signo político distinto.

En Estados Unidos, que para tantas cosas es el modelo predilecto de la derecha española, la Constitución de 1787 sigue vigente, pero reformada, claro está, por sucesivas enmiendas, doce de ellas en el siglo XX y la última aprobada en 1992. En España, en los 64 años que transcurren 1812 a 1876, sin contar el Estatuto de Bayona, el Estatuto Real de 1834, la non nata Constitución de 1856 y la abortada Constitución federal, tuvimos cinco constituciones con plena vigencia (1812, 1837, 1845, 1869 y 1876). Y en el siglo XX, hemos aprobado dos constituciones, la de 1931 y la de 1978, sin contar las leyes del Directorio militar de Primo de Rivera, que fueron breves, ni las Leyes Fundamentales de la dictadura franquista, de larga vigencia.

Observando cómo se suceden los auges y las crisis, las luces, más bien cortas, y las sombras, más bien largas, en la historia del constitucionalismo español y, por ende, los altibajos en la modernización del Estado y de la sociedad civil, se extrae la idea de un permanente retorno o la impresión de hallarnos, como si se tratase del inalterable volteo de una incansable y consecuente noria, en un país donde no acaban de encajar la democracia política y el desarrollo económico, ni la tradición con la modernización, por mucho que se intente.

Y ahí seguimos, como borricos, dando vueltas a la noria.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).