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No se enteran de nada

El proceso vivido en Cataluña desde hace unos años, si se estudia con rigor, puede ser una gran enseñanza para entender mucho de lo que sucede en política. Así, durante un tiempo, el gobierno central hizo oídos sordos a unas peticiones que, mejor o peor fundamentadas, recibían el apoyo de prácticamente la mitad de la ciudadanía de Cataluña. La respuesta que obtuvieron fue un “rajoinazo”: la espera indefinida.

Recientemente, a partir del mes de septiembre, el independentismo se ha puesto a Cataluña por montera y ha empezado a actuar como si el Parlamento Catalán tuviera todas las competencias del mundo mundial. De ese barro han llegado los lodos que nos han manchado a todos. Lo que es innegable es que la respuesta del gobierno de la nación ha despertado a más de uno de sus sueños de grandeza: una Cataluña independiente y rica, tanto como para ser una nueva Dinamarca.

¿Cómo es posible que la clase política no se ha dado cuenta de que, de momento, existe un problema insalvable, como es el que exista una división casi simétrica entre los que quieren la independencia y los que desean una Cataluña mejor encajada en España? ¿No saben que cuando empiecen a negociar de verdad se encontrarán con el hecho de que hablan dos idiomas distintos? Unos querrán discutir cómo se quedan en España, mientras que la otra parte desearán hablar cómo se van de España.

Después de la experiencia reciente, en la que se ha intentado que, por la fuerza, incluso superando el “referéndum sí o sí”, a través de una Declaración Unilateral de Independencia (DUI), la mitad más pequeña ha querido arrastrar al resto hacia su opción, ha quedado claro, e incluso reconocido por los promotores del proyecto, que este camino no existe y que hay que recurrir a otro procedimiento que no es otro que el “referéndum pactado”.

¿Será posible que se plantee una consulta con la actual correlación de fuerzas?, ¿se puede romper el actual status quo en un referéndum con participación baja y por un voto? Es más que probable que este proceso, que tendría la negativa de la UE porque se abriría la caja de los truenos en Bélgica, Francia, Italia, e incluso Alemania, sólo se podría llevar a cabo exigiendo una alta participación y mayoría cualificada para su aprobación, como se hizo en Quebec (Canadá).

En este contexto, ya estamos en precampaña, y dentro de poco se iniciará la campaña electoral, pero lo triste es llegar a la conclusión de que la clase política catalana, y también la española, con escasas excepciones, no se ha enterado de nada, ni de lo mínimo: en Cataluña existe una clara división entre las dos partes en litigio que sólo se puede conciliar por mucho diálogo y no con vetos que no se correspondan con lógica división izquierda-derecha. Para ello, conviene recordar que en el proceso anterior, la ceremonia de la confusión ha sido de tal calibre que se ha identificado al independentismo con la izquierda lo cual no es verdad, aunque se hayan unido partidos tan dispares como el PDECAT y la CUP.

Es una lástima que el actual conjunto de políticos que tienen en sus manos la solución de un problema de estado, sea de una mediocridad tan apabullante siendo capaces de seguir con sus cuitas sin aportar soluciones de verdad, y que lleven a la ciudadanía catalana a un enfrentamiento frontal que nadie desea.

Porque unos, los independentistas, con sus mentiras que sólo se creen ellos; y los otros, los españolistas, mirando hacia el otro lado silbando el “puente sobre el río Kway”, llevan camino de meterse/meternos en un lío morrocotudo.

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