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Cataluña y la doctrina del shock

No nos han dado la Agencia Europea del Medicamento. Y comienzan los reproches, claro. Últimamente todo son reproches. Que si no nos lo han dado por la violencia ejercida contra la población el 1 de octubre; que si no nos lo han dado por la falta de seriedad del Govern y la desconfianza que eso genera a terceros países e instituciones europeas; que si la aplicación del 155 ha tirado para atrás a los miembros del jurado; que si ni una cosa ni la otra; que si todas a la vez. El caso es reprocharse el por qué no nos dan la dichosa Agencia Europea del Medicamento.

Pocos reproches de este estilo he visto yo cuando no nos han dado tantas y tantas cosas (cada vez más últimamente). Que si los problemas con el tren de la Meca, que si los Juegos Olímpicos, que si los jaleos del Canal de Panamá. Y desde luego que la cosa no se iba de madre como se está yendo ahora.

Tengo la sensación de que no estamos aprendiendo nada. Y lejos de avistar algo de luz al final del túnel, esto ya supone plantarnos frente a un espejo cóncavo que solamente puede deformar y engordar nuestra imagen. España se está convirtiendo en un lugar en el que todo el mundo se vomita. Los unos a los otros. Encender la televisión y ver que todo el mundo se arroja lo más hediondo de su interior. Contemplar la actualidad política y no hallar otra cosa que una continua batalla de mentiras, irresponsabilidades, escándalos. Policías fascistas con ansias de matar y hacer “limpiezas étnicas mientras sueñan en poner bombas en algún lugar que se supone deberían cuidar”; hombres violentos que drogan y violan a mujeres en manada) Y por si todo esto fuera poco, la vuelta de tuerca que ha supuesto para nosotros “Cataluña”. Porque desde el mes de agosto, con el atentado de Las Ramblas, no hemos parado de vivir con intensidad lo que allí acontece.

Cataluña y los catalanes han pasado de importar prácticamente poco, de ser ese colectivo imaginario de gente que va a lo suyo, que solamente habla en catalán (por fastidiar, además), que está gobernada por corruptos y, que encima, se quiere independizar. Eso era Cataluña. Hoy se ha convertido en otra cosa todavía peor, y además, la tenemos en vena. (Huelga aclarar que este último párrafo corresponde a la idea que “algunos” quieren que tengamos de la realidad y se valen para ello de todos los medios –sobre todo los medios- que tengan a su alcance. Éste era el objetivo: crear un único enemigo común, y para ello, siempre es más sencillo partir de algo que resulte familiar).

La realidad es muy otra. Porque nada de lo que tenemos en la cabeza puede acercarse a lo que está ocurriendo. Es imposible que lo sepamos, y por ello, es imposible que podamos llegar a entender la verdad de todo lo que puede que esté pasando.

Que esté saliendo mierda a borbotones del Partido Popular; que esté empezando a desmoronarse su castillo omnipotente que contra viento y marea conseguía mantenerse en pie durante más de veinte años; que comencemos a entender que aquello de la crisis ha sido una estafa y que, en realidad, nos han pegado un palo que estamos empezando a asumir ahora; que en el mundo se están dando conflictos de enorme envergadura, con consecuencias catastróficas para miles de seres humanos que se han visto, de la noche a la mañana, sumidos en una situación de desesperación. No prestamos la suficiente atención a lo que sí está pasando. Se ha dado un palo global, y cada quien, cada cual, se ha visto más o menos dolorido.

Porque es importante tenernos adormecidos, anestesiados mientras el fascismo resurge con virulencia; mientras nos están aplicando una vuelta de tuerca bestial, es necesario que estemos despistados para que todo entre mejor. Se llama “doctrina del Shock” y Naomi Klein ya advirtió de todo ello.

La derecha (entiéndase por quienes normalmente se consideran de derechas, pero también por quienes, diciendo no serlo, han hecho todo lo posible para que los planes de aquélla hayan sido cumplidos) ha desmantelado el Estado de Bienestar, el Estado Social, la Democracia y la Justicia mientras nos tenían buscando techo, salud, educación y empleo. Demostrándose ahora que dinero ha habido, pero decidieron meterlo en sobres y derrocharlo a nuestra costa. La corrupción de la derecha que jamás creyó en un nuevo sistema más justo y equitativo. Porque todo ha sido un espejismo. Dependerá de la izquierda (no los que se dicen serlo, sino la que es, la que ya no está y casi ni se la espera).

Quizás ahora seamos conscientes de que ni somos una democracia en condiciones, ni tenemos una justicia realmente independiente, ni vivimos en un Estado de Bienestar. Y cuando nos demos cuenta de ello, quizás entonces, comprendamos por qué no nos dan nada: ni Juegos Olímpicos, ni Agencia Europea del Medicamento.

Beatriz Talegón

Abogada.

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