A por la República

Nos es bien conocido aquello de que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. Y puede que sea la frase más acertada para describir lo que, en mi opinión, sucede en nuestra actualidad. La de una España que tiene un problema serio: porque el continente no tiene ya lugar para su contenido. Porque sus costuras está comenzando a estallar y deja así entrever sus carnes, sus débiles costuras.

Entre otras muchas cuestiones que inciden para explotar en un mismo instante, la generacional me parece una de las que menos se perciben y, en realidad, puede ser la más importante.

Viendo las imágenes del uno de octubre donde se podía ver claramente una gran masa de gente joven, muy joven, movilizados, posiblemente por primera vez en su vida; y una gran cantidad de personas mayores, muy mayores, que acudían con alegría militante y manos arrugadas, de esas que en cada surco te cuentan una batalla ganada a base de cicatrices. Vi a dos generaciones conectadas; una emoción vibrante en los jóvenes que más allá de su idea motor para acudir allí, la sensación de estar viviendo algo histórico les embargaba; y vi a sus abuelos, quizá a alguno de sus padres, mirándoles orgullosorprendidos (mitad y mitad) al ver que ésos de los que ya no esperaba nada, estaban ahí vibrando de emoción. Vi a dos generaciones a las que, últimamente, solamente las consecuencias de la crisis las ha unido con más fuerza que el cemento.

Y veo un salto generacional cuando escucho a mi pareja discutir con su padre. Cuando amigos tienen discusiones con sus hijos. Cuando en el grupo de amigos me cuentan la sorpresa al discutir estos días con sus padres. Y me doy cuenta de que hay algo generacional en todo este tinglado. Escucho a Paco Frutos y alucino. Esa manera de decirme que nuestra lucha va para largo, que aquello que están haciendo en Cataluña es un golpe de estado, que hay que ir paso a paso y que primero habrá que cambiarlo todo para que nadie cambie mientras estemos vivos; que la República era algo que podría esperar. Y que, por dios, no comparásemos esto que estamos viviendo con el fascismo. Esto último me lo dijo también hace poco uno de los pocos que me quedaban como referentes en el PSOE (hasta que me lo dijo, claro; y hasta que decidió darse un baño de multitudes recientemente, multitudes mayoritariamente fascistas). Me dio la risa. Sin ánimo de faltar. Porque hay una generación que cambió muchas cosas. Claro. La que nos dio la Democracia, la Libertad, la Justicia y nos parió a las puertas de Europa. Esa generación que corrió delante de los grises, y que cada vez que se siente reprochada nos recuerda lo mal que se estaba antes. Hasta ahora, estos eran los progres, los héroes, los sabios, los generosos, los dialogantes, los intelectuales y los avanzados. Triunfadores. Nos aseguraron, a sus hijos, una vida mejor que la que tuvieron. Efectivamente, triunfaron.

Y hay otra generación. La mía. La que fue educada por los triunfadores. Y la que aprendió que lo de nuestros abuelos quedaba muyyyyyy lejos. Tan lejos como que de aquéllos tiempos lo que sabemos es porque lo hemos visto en películas ya que, por no saber, no sabemos aún ni dónde están nuestros muertos. Pero nuestros padres eran triunfadores. Que nos trajeron democracia, modernidad, derechos y alegría, una monarquía parlamentaria con un rey campechano. “¿Un rey?” “Si, porque se ganó el respeto de todos los españoles en el 23F. Y además, representa muy a España. La monarquía no se puede tocar.”

Bueno, el caso es que de algún modo mi generación hoy ya tiene edad preocuparse y ocuparse en cosas de mayores. Ya tenemos opinión propia en esto de la política; ya tenemos nuestros agobios diarios, nuestros trabajos, nuestros desempleos, nuestras hipotecas y nuestros cabreos; incluso ya tenemos hijos. Tomamos ya, de alguna manera, el relevo a los triunfadores. Al menos, pasamos a formar parte de un ámbito en el que somos ya actores y ocupamos nuestro espacio.

Pero resulta que somos conscientes de que estamos peor de lo que teníamos asumido que estaríamos. Que nos hemos comido una vuelta de tuerca brutal durante los años probablemente de más incertidumbre de nuestras vidas. En una fase crucial para nuestras vidas hemos descubierto que quizás no todo lo que hicieron los triunfadores estaba tan perfecta y triunfadoramente hecho. Y que aquí hay cosas que ya no encajan. Tenemos voz para decirlo.

Y es cuando la generación triunfadora se molesta y se ofende. ¡Qué sabremos nosotros de lo que había aquí antes y de todo lo que hicieron! ¡Cualquier cosa nos parece represión y nos parece fascismo! Ay, si supiéramos nosotros lo que es correr delante de los grises…

Y mientras tanto, los abuelos nos miran con complicidad. Porque ven que para que haya triunfadores que necesario que, en un momento de nuestras vidas, tengamos este brillo en los ojos y luchemos por lo que creemos que es justo. La generación de los triunfadores lo hizo. Ahora le ha llegado el momento a la nuestra.

A por la República.

Abogada.