TV

Carta abierta al diputado Pablo Iglesias

Señoría: Perplejo me hallo ante el grito “Viva Cataluña libre y soberana” lanzado al aire barcelonés en la última Diada, efecto, sin duda, del clima político imperante, de la emoción del evento y de la devota lectura de “Victus”, novelesca versión de la ficción nacionalista de los hechos de 1714.

En su lugar, para mejorar su información sobre el tema, humildemente le sugiero la lectura sosegada de los capítulos “5. El engaño del pacto de Génova” y “6. El mito de 1714”, de la obra de Henry Kamen “España y Cataluña. Historia de una pasión”, el capítulo “3. Cataluña en la monarquía hispánica”, de la “Historia mínima de Cataluña” de Jordi Canal, el capítulo “4º. La ocasión del tricentenario”, de “Cataluña. El mito de la secesión”, de Juan Arza y Joaquim Coll, así como la entretenida cronología del procés, que Francesc de Carreras hace en “Paciencia e independencia. La agenda oculta del nacionalismo”, entre otros libros de reciente publicación sobre este tema. De lectura más indigesta -en castellano antiguo- pero también recomendable para próceres y líderes políticos son “Los cinco libros postreros de la segunda parte de los Anales de la Corona de Aragón”, especialmente desde el cuarto volumen, relativo el reinado de D. Hernando II, llamado el Católico, escritos por Gerónimo Zurita y editados en Zaragoza, con real licencia y coste, en 1668. Que, como su señoría sabe, alude a hechos que para algunos son el origen de este embrollo.

El grito de su señoría en la Diada no puede sólo ser debido a un impulso irrefrenable en un momento de exaltación, pues abunda en las declaraciones ambiguas sobre este problema que percibo en su Partido, como la que hizo Irene Montero, el pasado día 9, afirmando que los “mossos” deben cumplir la Constitución y también la legislación catalana, lo que ratifica la posición de Podemos a favor de celebrar un referéndum, aunque sea para estar en contra de la secesión.

La frase de la diputada me parece, sencillamente, una incoherencia y el intento (vano) de contentar a todos poniendo una vela a dios y otra al diablo, pues es difícil cumplir órdenes que son contradictorias, a no ser que los “mossos” retiren, el cercano día de autos, las urnas por la mañana, acatando el mandato judicial, y las repongan por la tarde, obedeciendo órdenes de la Generalitat.

Siguiendo este escueto razonamiento, poco creativo, lo admito, se me antoja que el grito de su señoría -¡Viva Cataluña libre y soberana!- es chocante en boca de quien aspira a ser presidente o vicepresidente del Gobierno de España, a no ser que aspire a gobernar un país demediado o fragmentado. Y como sé de buena tinta que su señoría es republicano, descarto que desee legar a sus sucesores un país en porciones, como ocurría antaño cuando los reyes repartían los reinos entre sus vástagos, encajo, por tanto, ese grito en el marco general de su noción de España como “una realidad multinacional” o “un Estado con varias naciones que tienen derecho a decidir”, y sobre el papel, supuestamente aglutinador, que pueden cumplir los sucesivos refrendos de autodeterminación en un Estado español teóricamente federal.

He de señalar, señoría, que la noción de la España plurinacional, tan grata a las izquierdas, es ambigua y aporta más confusión que claridad, porque multiplica el problema al ofrecer de forma general un derecho misterioso -el derecho a decidir- a unas naciones cuyo número no señala.

Si tal derecho se concediera a Cataluña, o al País Vasco, que iría detrás, o a Galicia, ¿qué razón habría para negárselo a Andalucía y a Castilla? ¿O a Murcia, que buenas pruebas de federalismo dio en la rebelión cantonal? ¿O a cualquier otra de las posibles naciones que podrían surgir al amparo de tal caramelo? ¿Y quién garantizaría, que, con olvido de los resultados, aun positivos para la permanencia de España tal cual es, el país no se paralizaría políticamente en lo que se refiere a los asuntos generales y comunes de todas las “naciones”, casi como ocurre ahora, al tener que abordar un inacabable rosario de refrendos en las múltiples naciones que sin duda habrían de surgir? Eso pasando por alto el estado de división interna en que quedarían tales naciones tras someterse a esa prueba, como sucede ahora en Cataluña.

No, señoría, no me parece sensato tal propósito, que entiendo obedece a la asentada y nefasta propensión de las izquierdas de conceder, por principio, un plus de legitimidad a los nacionalistas y admitir sus razones y sus mitos con escasa resistencia cuando no con aquiescencia, lo que equivale a regalar a la derecha la representación del país en su conjunto. Decisión más incomprensible aún, teniendo en cuenta el calificativo de franquista que su Partido adjudica al Partido Popular. Admita su señoría como poco congruente, que partidos que se consideran de izquierdas (y antifranquistas tardíos), regalen, por táctica o por estrategia, el país a su peor adversario y se conformen con intentar gobernar alguna de sus regiones (o naciones) aceptando dócilmente el discurso de las derechas locales.

Pues de eso va lo que ocurre en Cataluña, donde la derecha local, contando con la general indiferencia y el apoyo suicida de las izquierdas, ha logrado convencer a una parte considerable de la población de que sus particulares intereses son los intereses de todos los catalanes. La maniobra, acelerada en los últimos años pero debida a un persistente trabajo de propaganda realizado durante décadas, ha creado la impresión de que existen unos objetivos comunes entre la minoría que desde hace al menos un siglo ha detentado no sólo el poder económico y político, sino el cultural, artístico e incluso el deportivo en Cataluña, y la inmensa mayoría de la población, especialmente la asalariada, que ha llegado de otros lugares de España para contribuir con su esfuerzo al buen resultado económico, que el discurso nacionalista atribuye a la superioridad del pueblo catalán sobre el resto de habitantes de España. Lo cual desprende penetrantes efluvios de una supremacía racial (franca, germánica o presuntamente danesa) y de clase.

Circunstancias que su señoría sabrá desvelar como falacias del discurso de los nacionalistas, pues, como marxista o exmarxista, es conocedor de que, sin negar la habilidad de los catalanes para los negocios, la prosperidad de la región se debe a las favorables condiciones de su ubicación geográfica, al clima y a la orografía, así como a la acción del capitalismo, que genera un desarrollo desigual concentrando la riqueza donde es más fácil producirla, lo que explica el auge económico de unas regiones y la despoblación y el empobrecimiento de otras, que contribuyen a costa de su desarrollo a la prosperidad de las primeras. Diferencias que un Estado democrático y mínimamente igualitario debe tratar de paliar transfiriendo fondos públicos y esfuerzo inversor desde las zonas ricas hacia las que lo son menos. Y decisiones a las que los partidos nacionalistas de las regiones ricas se oponen como gato panza arriba, alegando ser víctimas de expolio, maltrato, opresión colonial u odio ancestral, para librarse de semejante carga.

Seguramente, su señoría, que según propia confesión “lleva la izquierda tatuada en las entrañas”, habrá advertido que, tras la bandera de la independencia y las grandes palabras, se esconde el deseo egoísta de no repartir la riqueza.

Pero si no merece apoyo el objetivo de Puigdemont y compañía, tampoco lo merece el procedimiento, pues se lleva a cabo con trucos y de forma atropellada. Las leyes del referéndum y de Transitoriedad se han elaborado en secreto y aprobado con prisa, marginando las garantías de cualquier ley que se tenga por democrática y del propio Estatut, cuya defensa esgrimían hace años los que han preparado el dislate de un refrendo que hasta para el PNV carece de validez.

Debo advertir a su señoría que, desde el punto de vista de un peatón de la política, la actitud de Podemos ante el “procés” ha sido la de nadar y guardar la ropa, pero ha acabado llegando a la playa del independentismo. Pues, si Podemos defiende la celebración de un referéndum acordado y con garantías (para mostrarse contrario a la secesión), no se entiende que apoye el simulacro del 1 de octubre, al que ha llamado “movilización” (también Colau). Movilización es cualquier cosa, pero en este caso, es apoyar el desafío de Puigdemont, lo que lleva a preguntar qué haría su señoría si fuera presidente o vicepresidente del Gobierno español, ¿dejaría tranquilamente que Cataluña se desgajara de España, aunque fuera a instancias de sus amigos Doménech, Fachin y Colau? ¿Dejaría hacer a quienes representan el 48% de los votos de unas elecciones consideradas plebiscitarias y despreciaría la opinión de quienes representan el 52% o aplicaría los recursos que concede la ley al Gobierno para impedirlo?

Sinceramente, señoría, no me parece buena idea apoyar a los adversarios de Rajoy para desgastar a Rajoy, en primer lugar, porque son muy semejantes a éste, y en segundo porque objetivamente también son adversarios de Podemos.

Entiendo que su señoría tenga prisa por sacar al Partido Popular de la Moncloa y corregir la decisión que un día tuvo en su mano, y que, por un exceso de confianza o un error de principiante, no supo aprovechar para hacerlo posible, pero ahora no valen las prisas por sacar a Rajoy del Gobierno y reformar la Constitución, a lo que el Partido Popular se ha negado reiteradamente, aunque ahora, bastante tarde, empieza a admitir esa posibilidad.

Señoría, admito que, tras una vigencia de 39 años, revisar la Constitución es una tarea necesaria, pero no sólo para que los nacionalistas catalanes u otros “se sientan cómodos”, o aún más cómodos.

Y si, para terminar, me permite utilizar la fórmula que su señoría empleó en Zaragoza para dirigirse a Pedro Sánchez, le digo: compañero Iglesias, para deponer a Rajoy, no caigas en la trampa de hacer causa común con la derecha de Cataluña, que ha recortado salarios y derechos, ha privatizado bienes públicos y está corrompida hasta el tuétano. No caigas en la trampa de apoyar el insolidario proyecto de los privilegiados de una región privilegiada.

José Manuel Roca

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).