Transformar las preferencias

“El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba un pan.” Pablo Neruda

Es necesario determinar cuál es el significado de las preferencias en la gestión de los recursos públicos. Ello, porque según sea, así estaremos en presencia de un modelo neoliberal, o de uno progresista. Esta cuestión es tan determinante que puede, por sí misma, establecer si un niño sale de la zona de pobreza o, si una corporación elude sus obligaciones con la sociedad, que no mercado, que la contiene. La mentira como norma es el primer síntoma de la corrupción de un sistema.

Para cualquier economista, sea del signo que sea, existe coincidencia en que la ciencia de los bienes escasos se basa en modelos de preferencias. Por tanto, como cualquiera puede advertir, asignar recursos en un sentido o en otro no es indiferente en la vida de las personas que configuran esa sociedad. Afecta su alimentación, su salud, su trabajo, su educación, su justicia.

De aquí, “preferencia” es un término que procede del latín “praeferens”. Su significado permite señalar la ventaja o primacía que algo o alguien tiene sobre otra cosa o persona. Entonces, dicha preferencia puede surgir por distintos motivos, como el valor asignado por quién decide, el merecimiento o los intereses, sean estos personales o de grupo. En Ciencias Sociales, la Economía lo es, la preferencia es una elección entre diversas alternativas. Mucho más, cuando los recursos disponibles son escasos, suele resultar que unas preferencias benefician a unos mientras perjudican a otros. En España sabemos de ello. Los privilegios no son gratuitos. Afectan a la mayoría.

Lo sabemos cuando el Gobernador del Banco de España se permite ser inoportuno, o escasamente competente, cuando opina de pensiones, mientras deja dudas acerca de su idoneidad para supervisar la nueva burbuja financiera en la que nos encontramos. También, cuando los dirigentes de asociaciones empresariales tienen la insolencia de formular declaraciones públicas indicando el tipo de gobierno que se merece este país. Inclusive lo apreciamos en las palabras de conspicuos dignatarios religiosos cuando califican opciones políticas con palabras amenazantes. Eso sí, manteniendo una presión altísima para opacar la gestión inmobiliaria de la que se han beneficiado en las últimas décadas. Sin contar, en su caso, la financiación del adoctrinamiento religioso que llevan a cabo desde sus redes formativas, subvencionadas por todos gracias a los fondos de los Presupuestos Generales del Estado.

Si no se transforman las preferencias, el modelo del franquismo seguirá impidiendo que España se consolide como un Estado justo y equitativo para los que lo habitan. Esas preferencias también deben verificarse en las lealtades a los valores constitucionales que deben regir también la administración de la Justicia. El caso de un programa televisivo de máxima audiencia y escasa moral, deja a las claras que hay una gran tarea por delante. Todo, porque en definitiva, se ha votado por un modelo basado en las preferencias que permitan a los españoles vivir dignamente, lejos de la pobreza y el desamparo en el que los ubicaron los que defienden el otro modelo de preferencias, que nos ha traído hasta esta lamentable situación política, económica y social, de injusticia, latrocinio y corrupción impune.

Las preferencias fueron votadas varias veces. En cada ocasión se confirmaron las ilusiones y deseos de cada persona de este país llamado España. A partir de allí hay que respetar y hacer respetar esa voluntad democrática. No hacerlo es subversión y si las instituciones son incapaces de hacer respetar ese resultado, entonces sí que este Estado resultaría una farsa. Tú, ¿qué sociedad prefieres…?

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.