Damnatio Memoriae

En Roma se desarrolló una práctica que tenía importantes antecedentes en las civilizaciones mesopotámicas y egipcia, pero que fue perfeccionada, algo muy propio de la civilización que levantaron. Nos referimos a la damnatio memoriae. Consistía en condenar el recuerdo de un personaje considerado enemigo del Estado después de su muerte. Esta condena era competencia del Senado. Cuando se dictaba se procedía automáticamente a eliminar y destruir toda mención o imágenes del condenado en los espacios públicos, y hasta se prohibía usar su nombre. Hubo emperadores que sufrieron la damnatio memoriae. Esta práctica de borrar de la historia y la memoria a personajes y/o etapas fue seguida posteriormente, y hay muchos casos que se pueden citar. En la Roma papal hubo pontífices que desterraron la memoria de algún antecesor, y hay situaciones parecidas en la Venecia medieval. Ya en nuestro tiempo, Stalin se convirtió en un ejemplo mayúsculo de ejercicio de la damnatio memoriae porque todos los líderes depurados fueron borrados completamente en las imágenes (fotografías), y sus escritos desaparecieron de las bibliotecas y librerías.

Hasta mencionarlos estaba prohibido. En nuestro país, el franquismo se encargó sistemáticamente de borrar casi todos los rastros de la Segunda República y de sus protagonistas, al considerar que su recuerdo era intolerable por el supuesto daño que aquel régimen habría hecho a España, o más bien, a su particular idea de lo que debía ser España. Borrar no fue el único método, también estuvo el de silenciar logros alcanzados en aquella época, o los inicios de obras y proyectos que luego se culminarían en la dictadura.

¿Es la Ley de Memoria Histórica una versión actual de la damnatio memoria? Creemos que no se trata de lo mismo, aunque haya sectores o personas que defiendan la destrucción de esos símbolos en una suerte de venganza frente a un régimen que generó tanto dolor en muchos españoles y españolas. En este sentido, debemos citar el caso del Valle de los Caídos, ahora que los restos mortales del dictador ya no descansan allí, ya que hay voces que piden su completa demolición, sin que sea transformado en algo nuevo porque es el recuerdo perenne de la dictadura y del sufrimiento de los que lo construyeron. Pero, además, también emplean un argumento muy poderoso, el de que esta destrucción no supone ningún perjuicio al patrimonio histórico artístico, ya que, es evidente que no estamos hablando de una maravilla del gótico, o del barroco, por poner dos ejemplos.

Por nuestra parte, somos contrarios a que se destruyan los símbolos, pero deben ser retirados los que aún queden en un brevísimo plazo de tiempo, sin más demoras y sin excusas, como la de los supuestos altos costes que generarían estas acciones. En los últimos tiempos parece que el ritmo se está acelerando porque la Ley ha dejado de estar en el congelador donde fue encerrada por el gobierno del Partido Popular, que no la derogó, pero sí la dejó invernar al no disponer de ninguna partida presupuestaria, bajo el argumento o excusa de la crisis.

Las civilizaciones, los regímenes políticos y los países han empleado y emplean los espacios públicos para reflejar sus valores, recordar y homenajear a los personajes o colectivos destacados por algún motivo. Cualquier visita a una ciudad europea nos permite comprobar la proliferación de monumentos, placas, nombres de calles y plazas que recuerdan hechos, personajes y situaciones sobre las que se basan sus respectivas historias y hasta su propio presente. Las localidades francesas o británicas están llenas de menciones y monumentos en recuerdo de sus muertos en la Gran Guerra, por ejemplo. Si paseamos entre las maravillas artísticas de las ciudades italianas encontraremos con relativa frecuencia placas con menciones a los héroes de la resistencia frente al fascismo en fachadas e hitos, y que nos invitan a la reflexión, el recuerdo y el homenaje. Una visita por los ensanches de Madrid, construidos entre el siglo XIX y el XX, nos conduce a la Restauración, sin lugar a dudas. Los ejemplos son tantos que podríamos llenar muchas páginas.

Pero, ¿sería comprensible y legal que en Francia o Italia hubiera monumentos que recordaran al régimen de Vichy o al de Mussolini? Todos sabemos la respuesta, a pesar del auge de las tendencias filofascistas en algunos países europeos. En nuestro país sigue habiendo nombres de calles y monumentos que glorifican el golpe, la guerra como supuesta cruzada de liberación, la larga dictadura, y a sus protagonistas. En Francia e Italia fue derrotado el fascismo, eso sí con evidente ayuda extranjera, pero en España se adaptó a los tiempos de la Guerra Fría, y evolucionó hasta su desaparición teórica casi cuarenta años después que naciera. Es cierto que sobrevivió no sólo gracias a la comprensión, sazonada con mala conciencia, de las potencias occidentales, y por el establecimiento de un régimen de terror, sino también por el apoyo de una parte importante de la sociedad española, argumento que suele ser empleado por los defensores del franquismo como una etapa positiva de la Historia española al aportar supuestamente orden y paz, y que el auge de determinada formación política refuerza en un discurso ya sin adorno alguno. Pero fue una implacable dictadura desde el primer hasta el último día, basada en valores que conculcaron todos y cada uno de los que constituyen los pilares de una democracia, y su homenaje público diario supone un insulto a la memoria de otra parte muy importante de españoles y españolas que sufrieron en su día o que sin sufrir no pueden tolerar por sus convicciones democráticas, la exaltación de un golpe, de una guerra, de una dictadura y de unos principios contrarios radicalmente a las libertades y derechos humanos.

Las democracias tienen una obligación fundamental con los ciudadanos, con las nuevas generaciones, y hasta con los extranjeros. Esa obligación es la de preservar los restos materiales de su Historia. En este sentido, España tiene el orgullo de ser uno de los países con más Patrimonio de la Humanidad. El franquismo supone una larga etapa de la Historia contemporánea de España y, sin su estudio y conocimiento es imposible entender a este país. Los abundantes restos materiales que ha dejado, dada su dilatada existencia y su interés en dejar huella, deben pasar a museos, espacios donde tienen que contextualizarse como ocurre con los restos de materiales de otros momentos históricos. En esos espacios de exposición adquirirán una dimensión histórica, pedagógica, perdiendo su valor de exaltación. Por eso, los símbolos franquistas son muy importantes, como los de cualquier otra etapa histórica. Destruirlos supondría un ejercicio de desmemoria que los españoles y españolas no merecen, haciendo que una democracia se parezca a una dictadura con sus bárbaras prácticas. Pero una democracia no puede tolerar que en un hito de una de sus ciudades o de sus campos se glorifique a quienes emplearon la violencia para destruir otra democracia española o emplearan la violencia para perseguir al contrario de forma sistemática, considerado un enemigo de su causa que, bien es cierto, fue de muchos españoles, pero, ni mucho menos de todos, ni de España en su conjunto. Los españoles demócratas pueden asumir que una avenida de la capital lleve el nombre del rey Alfonso XIII, porque en otro espacio de la misma una avenida recuerda a Pablo Iglesias, o que una rotonda de su ciudad natal nos permita ver una estatua de Manuel Azaña, como siempre se ha visto la de su convecino Miguel de Cervantes en su principal plaza, pero un español demócrata no entiende que una placa recuerde supuestas gloriosas cruzadas emprendidas contra otros españoles, esos tan “malos, tan antiespañoles, tan horribles”.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.