España ante la caída del muro de Berlín

En 1989, la postura oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores español ante la caída del muro de Berlín y la apertura de un proceso de unidad entre las dos Alemanias fuera tibia y recelosa, al estar influida por las críticas a ese proceso impulsadas desde Londres y París. Sin embargo, el gobierno español comenzó a distanciarse un poco de esa postura, ya que, debido a las circunstancias históricas de las relaciones hispano-germanas en el siglo XX, se encontraba más libre de temores pasados que sus homólogos europeos. Felipe González fue, precisamente, el primer jefe de Gobierno que felicitó al canciller alemán H. Kohl tras la apertura de fronteras.

¿Cuáles fueron los temores europeos ante la posibilidad de que, ante la caída del muro, se acelerara el proceso de unidad entre las dos Alemanias? Por un lado surgió el tema de las fronteras: ¿se abriría un proceso de revisión de los tratados de paz tras la Segunda Guerra Mundial? ¿Alemania exigiría ampliar fronteras en el Este y el Oeste con el consiguiente aumento de la tensión internacional? Por otro se evidenció el posible aumento de su potencial militar, al unirse dos ejércitos separados hasta hace poco, así como su flota, aviación y arsenal. Estos contingentes ¿se integrarían en la OTAN, o en el Pacto de Varsovia, o se saldrían de las Alianzas? Además, resultó evidente que aumentaría su potencial demográfico, económico y, por ende, político en Europa. Obligatoriamente se produciría un cambio de la posición de Alemania en la Comunidad Económica Europea, influyendo, por lo tanto, en el resto de miembros. Por ello, ¿era mejor mantener la división alemana para favorecer la Unidad Europea? o ¿sería posible una Alemania Unida en una Europa Unida?

Ante estas disyuntivas, numerosos diplomáticos españoles coincidieron con otros colegas europeos en actuar con prudencia y coordinación. Sin embargo, Felipe González decidió plantear una abierta posición de apoyo al proceso de unidad alemana, sin dejar por ello de preocuparse por sus repercusiones en el proceso de Unidad Europa y en la posición española en la CEE. Conforme fueron transcurriendo los meses posteriores a noviembre de 1989, El País calificó las relaciones entre Kohl y González de compenetradas, alabando al presidente español al afirmar que, entre los estadistas europeos, era probablemente el que mantenía un diálogo más fluido con el canciller.

Pese a todo, existió cierta inquietud en el Gabinete español, la cual se centró esencialmente en tres cuestiones:

La unidad de Alemania no debía perjudicar los avances de unidad económica de la Comunidad Europea. Precisamente, el canciller alemán confirmó, a comienzos de 1990, su apego a la fase que culminaría la construcción comunitaria y a la Unión Monetaria, Felipe González, por su parte, prestó su apoyo incondicional a la formación de una sola Alemania. En marzo, se expresó en los términos más entusiastas que sus homólogos europeos sobre la unidad alemana, haciendo suyas las posturas de Kohl: las modalidades del proceso de unificación y el ingreso de la antigua Alemania comunista en la Comunidad Económica Europea. En su opinión, la mejor manera de evitar que la nueva Alemania no apoyara la construcción europea era mostrarle su confianza y pedirle a la vez que confirmara sus compromisos con la Comunidad. Así, el presidente español calificó la unificación alemana como cuarto pilar del proceso de Unidad Europea (los otros tres eran el mercado único, la unión monetaria y la unión política).

Asimismo, se temía que el proceso unitario podía amenazar la balanza comercial y las inversiones germanas en España. Los medios de comunicación comenzaron a hablar sobre la posibilidad de que el capital alemán se desviara hacia los territorios del Este, donde había suelo y mano de obra más barata y una situación estratégica inmejorable. Los países más afectados por esa retirada de proyectos industriales serían, inevitablemente, Grecia, Portugal y España. Para los diplomáticos españoles, la nueva Alemania no seguiría la misma política que la antigua RFA y así se lo comunicaron a sus superiores. Cuando el Ejecutivo hispano presentó al alemán estos temores, el ministro de Economía germano aseguró, en marzo de 1990, que las inversiones previstas en España se mantendrían. Sin embargo, la banca y el empresariado español manifestaron su suspicacia.

En tercer lugar, la entrada de los territorios alemanes del Este en el selecto club de los Doce no debía suponer una desviación hacia Europa central de los fondos estructurales, muy necesarios en esos momentos para España y Portugal, con los cuales se intentaban atenuar en la Comunidad las diferencias de desarrollo entre regiones pobres y ricas. El Gabinete germano sabía que el futuro de esos fondos y las aportaciones alemanas a la Comunidad eran temas altamente sensibles, por lo que envío al vicepresidente de la comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Federal a Madrid para limar reticencias a la unificación en este punto.

En Madrid, el embajador alemán en España, Guido Brunner, trabajó incansablemente durante esos años por limar esas suspicacias, sin triunfalismos, en todos los sectores de la alta sociedad española. De tal manera que, como dijera el periodista Lorenzo Contreras, “con Brunner en Madrid, ha aumentado el censo de germanófilos. En el mejor y más democrático de los sentidos”.

Finalmente, la postura favorable del Gobierno socialista fue apoyada por los medios de comunicación más afines, así como por intelectuales y periodistas simpatizantes, de una u otra manera, del PSOE. Sus bases no manifestaron temor ni recelo. El 2 de octubre de 1990, víspera del día final de la reunificación política, el rey de España, don Juan Carlos I, envió un telegrama de felicitación a distintos mandatarios alemanes, expresando su enhorabuena por la reunificación.

Desde la prensa de centroderecha se divulgó la idea clave de que Alemania se estaba europeizando mientras Europa no se estaba germanizando, por lo que el proceso de unidad europea se mantenía imparable. Además, la caída del muro de Berlín –el llamado también muro de la vergüenza- fue celebrada extraordinariamente en Abc y El Mundo, al ser un símbolo positivo que anunciaba una nueva época en la historia, pues su desintegración -en manos del pueblo- suponía un significativo símbolo de decadencia del comunismo. La euforia anticomunista en el centroderecha español volvió a manifestarse ante la noticia de la reapertura de la Puerta de Brandenburgo, símbolo de la partición de Berlín y, en consecuencia de Alemania. Ocasión que fue aprovechada para reflexionar, nuevamente, sobre los ritmos y la manera de que la reunificación no provocara problemas ni al Este ni al Oeste europeos. Y es que la caída del Muro suponía el comienzo de una nueva Europa: el siglo XX había finalizado para algunos observadores políticos.

La oposición de centroderecha convergió con el Gobierno socialista en la diferenciación de dos problemas: por una parte, la caída de los regímenes comunistas del Este y el futuro de las reformas de Gorbachov en la Unión Soviética. Campo en el que se encontraban y pugnaban gigantescos intereses, lejos del alcance de la diplomacia española, y cuyo único interlocutor posible, entre los europeos, era la Comunidad de los Doce. Por otra parte, la cuestión alemana, que tenía, en cambio, una dimensión diferente. La RFA no podía desconocer el peso de sus aliados franceses, británicos, italianos y españoles, por lo que las posibilidades de una mayor influencia y actuación de Madrid resultaban pausibles. El 17 de noviembre de 1989, los Doce habían celebrado una Cumbre en Estrasburgo, en donde la posición del Gobierno español fue comunicada anteriormente con líderes de varios partidos de la oposición. En la misma, la diplomacia española apoyó las propuestas comunitarias de apoyo al Este y de futura ampliación hacia ese mismo escenario geográfico. El canciller Kohl abogó por la unidad alemana, sin la cual la unidad europea sería un artificio. La prensa conservadora española respaldó sus palabras, abogando por la solidaridad y la prudencia. José María Aznar defendió la cautela y la unidad como principales bases de actuación de los Doce para poder establecer las primeras medidas de asistencia a los países europeos –como la RDA- que habían conseguido escapar de forma pacífica de la cárcel comunista, gracias a la movilización de sus ciudadanos .

Pero aparte del gobierno y de la oposición... ¿qué opinaron los españoles? Pese a todas las euforias, temores o interpretaciones sobre la caída del muro y la reunificación alemana, la mayoría de la población, en esos momentos y durante los primeros meses posteriores a los hechos, no manifestó excesivas preocupaciones. El resultado de una macroencuesta, realizada en febrero de 1990, en ocho países del Este y del Oeste europeos, demostró que el 73 % de los españoles consultados se mostraba a favor de la unidad y solamente un 6 % en contra. Al año siguiente, otras encuestas parecían confirmar un hispano optimismo y una plena confianza en el proceso de convergencia europea, el cual no parecía en ningún momento amenazado por la potencia germana.

Las inquietudes de la mayor parte de la sociedad española demostraron estar más orientadas hacia los problemas mediterráneos que hacia los centroeuropeos. A los españoles corrientes les preocupaba más las repercusiones de la I guerra de Irak (1990-1991) en los países del Magreb, cercanos al área mediterránea, que al modo en que se estaba produciendo la unificación, denunciada en algunos medios de comunicación críticos como mera anexión .

Cumplido todo el calendario del proceso de unidad alemán, el 3 de octubre de 1990, el filósofo Julián Marías, en un artículo de Abc, animaba a sentir una profunda alegría por la reunificación de Alemania. Los recelos que muchos europeos podían tener frente a este hecho debían diluirse pues, como recordó, la RFA era ya poderosa desde hacia bastantes años, aunque muchos no quisieran reconocerlo. Su unidad había sido posible porque se estaba gestando la de Europa, que también parecía inimaginable hacía bien poco tiempo, y gracias también a los cambios en la Unión Soviética, sin los cuales no se hubiera podido derrumbar “el muro de Berlín y todo lo demás” . En su editorial, el periódico asumió los principales líneas de actuación prometidas por el canciller Kohl y enalteció la vocación democrática y europeísta de Alemania, disipando, aparentemente, un poco de los recelos que, pese a todo, siguieron manifestando sectores de la diplomacia y del empresariado español.

El lector interesado puede ampliar conocimientos con:

I. Cáceres y P. Ortíz de Urbina (eds.), Die deutsche Wiedervereingung: Film und Kultur (La reunificacion alemana: cine y cultura), Alcalá, Universidad de Alcalá, 2010.

J. M. Gonin y O. Guez, La caída del muro de Berlín, México, siglo XXI, 2009.

J. Patula, Europa del Este: del stalinismo a la democracia, 1993.

R. Martín de la Guardia, La Europa del Este, de 1945 a nuestros días, Madrid, Síntesis, 1995.

R. Martín de la Guardia, La caída del Muro de Berlín, Madrid, Esfera de los Libros, 2019.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.