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En torno al abstencionismo

Uno de los temas estrella de los que más se habla y se han estudiado a lo largo del tiempo por todas las ciencias sociales desde la sociología a la psicología política son los determinantes del voto o del no voto, la abstención.

Pese a los múltiples esfuerzos desarrollados, y como ciencias probabilísticas que somos, no tenemos certezas, pero si sabemos algunas cosas.

Para empezar habría que separar del bloque de los que se abstienen a aquellos que no pueden votar por diversas circunstancias: impedimentos físicos (aunque hay dispositivos para acercarles no es tan fácil, y no se cubren todas las circunstancias), impedimentos psicológicos (cabe recordar, por ejemplo cómo hasta hace poco un importante número de personas con discapacidad intelectual no podían votar siendo un derecho reconocido sólo recientemente después de años de lucha), o no poder ejercer el derecho a votar por estar fuera de nuestro país, y las enormes dificultades que hoy existen para poder pedir lo que llamamos el voto rogado, algo que debería, sin duda, ser reformado; y también encontraríamos aquí a los excluidos del sistema (por ejemplo, los no empadronados).

En otro bloque estarían los abstencionistas que así lo deciden, entre los que hay varios tipos también: están los que, en realidad, muestran desidia o desinterés y que no van en función de tener otra cosa que hacer (la influencia del tiempo, por ejemplo, y si la gente sale fuera de su ciudad o si trabajan ese día), pero no lo piensan mucho porque no lo consideran importante, y luego los que manifiestan un abstencionismo militante o reflexionado: en sus variedades de “castigo” o indiferencia, ¿para qué votar si da igual quien salga, si todos son iguales?

En estas categorías, con todas sus variaciones, encontramos un aumento progresivo a lo largo de los años de lo que se llama desafección política, un fenómeno múltiple que tiene que ver, entre otras cuestiones, con desengancharse de la política y sus formas, a veces por la propia política, y otras veces por campañas orquestadas y organizadas para fomentar la desafección, y que usan un populismo y una simplificación fácil de “vender”.

No está exenta de esta ecuación la propia política si ésta trata de reducir la participación en los asuntos comunes (verdadera afección de la política por la que los griegos consideraban a los no participantes como “idiotes” porque “idiotes” es quien no se preocupaba del bien común) al mero voto electoral cada cuatro años o a la mera elección emocional entre candidatos que puedan gustar o no de manera banal y superficial. Se trataría de una forma de conseguir que la gente se acabe desenganchando de la política tarde o temprano y, en general, más pronto que temprano.

Una desafección que, tradicionalmente se fomenta e incentiva más desde fuerzas liberales o enmarcadas tradicionalmente en lo que conocemos como derecha clásica se describió en esta campaña, sin ir más lejos ligada al PP, -el votante de derechas es tradicionalmente menos crítico y más fiel-, lo que explica esta especial incidencia en desmovilizar al votante de izquierdas que, al ser también tradicionalmente más crítico, suele además verse más afectado por esta estrategia. Ya la cultura política del franquismo señalaba aquello que decía el dictador: “haga como yo y no se meta en política”, una máxima que evolucionó hasta predicar el abstencionismo y el desenganche de lo político para generar individuos aislados y sólo preocupados de lo suyo.

La movilización es, sin duda, la clave, pero esta no puede concebirse o plantearse cómo un proceso o fenómeno solo limitado a cuando toque votar porque así lo que acaba consiguiéndose es la desafección y el rechazo, que es uno de los males de nuestro tiempo.

Hay que concebir la política y trabajar con ella como algo que va mucho más allá del voto y de lo puntual y hacer pedagogía sobre la importancia también del voto.

Doctor en psicología, presidente de la Fundación Psicología sin Fronteras, vocal del colegio oficial de psicólogos de Madrid en intervención social y emergencias. Trabaja en la actualidad en el Ayuntamiento de Getafe en el área de salud, consumo y adicciones, con más de 15 años de experiencia docente en diferentes universidades y con varios libros y artículos.