¿Arde Barcelona?

El espectáculo de miles de adolescentes independentistas incendiando centenares de contenedores, destrozando mobiliario urbano de todo tipo, insultando y agrediendo a los vecinos despavoridos por esas acciones y saqueando tiendas de lujo del centro de Barcelona, ha removido las tripas de la mayoría de ciudadanos de esta urbe, acostumbrados desde hace años a todo tipo de manifestaciones públicas tan masivas como ausentes de violencia, o a que ésta en caso de producirse esté limitada a la acción de grupúsculos marginales.

Por primera vez en muchísimos años, en esta especie de Semana Trágica del independentismo impulsada por la frustración secesionista tras la sentencia del Tribunal Supremo contra los presuntos cabecillas del denominado “Procés cap a la independencia”, se han dado escenas que no se recordaban en Barcelona desde los años treinta del siglo pasado. El vandalismo desatado por manadas de jovenzuelos perfectamente organizados y con un pie en la "kale borroka" y el otro en la “violencia lúdica”, tal como la ha definido el sociólogo Javier Elzo, ha dado escenas tan sorprendentes como ver a estos casi niños riendo y haciéndose selfies delante de los contenedores o los coches incendiados, mientras desafiaban con toda clase de obscenidades a curtidos y boquiabiertos antidisturbios. Al entusiasmo juvenil desplegado no es ajena seguramente la circunstancia de que en muchas de las mochilas registradas por la policía a pie de calle hayan aparecido cocaína y anfetaminas en cantidades importantes.

Naturalmente todo esto no ha pasado por generación espontánea. Detrás de esta especie de insurrección callejera del acné independentista catalán ha habido (hay, todavía) una planificación y organización minuciosa a cargo de quienes Kepa Aulestia definió en un artículo publicado por el diario vasco El Correo como "incendiarios de corbata". Y es que lo ocurrido estos días, o mejor dicho estas noches en algunas calles centrales del Eixample de Barcelona ha sido un fruto premeditado y buscado, rigurosamente planificado por elementos con cargo público actual o anterior, individuos que a pesar de su condición inequívocamente burguesa se han lanzado a la promoción del más salvaje insurreccionalismo callejero, verdadero “terrorismo de baja intensidad” en la peor tradición “borroka”: absolutamente nada de lo sucedido en Barcelona ha sido espontáneo ni casual, ni se ha desarrollado fuera de una cuidadosa preparación en la que seguramente se ha invertido mucho tiempo y dinero.

La acción se ha desarrollado en dos tiempos. En una primera fase, miles de adolescentes salidos de los barrios altos de la ciudad, de las poblaciones con más renta del cinturón metropolitano y de los pueblos de la Catalunya profunda convergieron sobre Barcelona y algunas de sus instalaciones y lugares neurálgicos, caso del aeropuerto internacional de El Prat, de la plaza Universitat, y de la Via Laietana y su simbólica Comisaría Central. Se trataba de enviar al mundo la imagen de que “el pueblo catalán” se echaba espontáneamente a la calle. Bastaron unas 8.000 ó máximo 10.000 personas para colapsar el Prat, y no más de 5.000 por noche para convertir el centro de la ciudad en un campo de batalla en el que se desplegaban tácticas de guerrilla urbana perfectamente sincronizadas. El estrangulamiento de las vías de comunicación por carretera entre Barcelona y su entorno fue aún más fácil: lo llevaron a cabo algunas columnas no especialmente nutridas circulando por la calzada de carreteras y autopistas. Unas 2.000 personas salidas de Vic por ejemplo, yugularon el tráfico rodado con el interior de la provincia.

En la segunda fase el protagonismo en los choques nocturnos con la policía correspondió a profesionales del terrorismo callejero urbano con larga experiencia en Italia, Francia, Alemania y otros países, que evidentemente habían sido contratados para la ocasión. Llegaron a Barcelona perfectamente equipados para el combate callejero. Entre esta gente destacan al parecer un nutrido grupo de holandeses y otro de italianos, algunos de estos últimos relacionados más con el terrorismo callejero “negro” que con el “rojo”, aunque como se ve no desprecien encargos vengan de donde vengan. La función de estas bandas organizadas era mantener viva la llama en las calles, una vez retiradas las masas por la presión política (y policial) sobre los promotores del estropicio.

Porque, en fin, el famoso “Tsunami Democràtic” no es una organización política ni un movimiento de masas autóctono, sino un producto manufacturado y preta- porter adquirido por el Estado Mayor de esta "Revolución de los Ricos" en el mercado internacional, tras una reunión en Suiza de los inspiradores de esta insurrección de pega. El “Tsunami” es un instrumento de agitación callejera muy demandado últimamente a nivel internacional, aunque hasta ahora nunca por quienes precisamente detentan el poder institucional y económico en un país que dicen querer liberar. Detrás de este producto de agitación terrorista “de baja intensidad” están cómo no, servicios de inteligencia e intereses económicos de gran calado con quienes Puigdemont y compañía llevan meses tratando. Quién financia la fiesta es seguramente, la pregunta clave.

La guinda del pastel debía ser la presunta huelga general del viernes 18 de octubre de 2019. La huelga debía paralizar el país y mostrar al mundo definitivamente que “el pueblo catalán” marchaba tras sus líderes en el camino hacia la libertad, es decir hacia la independencia. Ocurre que la presunta huelga general ha sido un fracaso aún mayor que el famoso "Paro de país" del 3 de octubre de 2017: según la propia Generalitat, la participación en la presunta huelga (apenas el cierre patronal de algunas empresas como Bon Preu y SEAT, en realidad), no llegó al 50%; lo cierto es que fue prácticamente imperceptible sector por sector salvo en la enseñanza, colapsada por los grupos de estudiantes secesionistas, y en el comercio del centro de la ciudad, cerrado por miedo a los disturbios.

Durante la presunta huelga general del 18 de octubre el consumo eléctrico apenas disminuyó un 5%, cuando en octubre de 2017 descendió el 10% en un cierre patronal que entonces difícilmente sobrepasó el 20% de paralización de la actividad en algún sector de la producción. El viernes 18 de octubre hubo actividad laboral normal en la industria, los servicios, la sanidad y el transporte (solo hubo paro lógicamente en el transporte por carretera allí donde se cortaron las autopistas y otras vías). Según la propia Generalitat, en la Administración Pública el paro fue del 35% (dividan pues por dos o por tres). Sucede que en la presunta huelga general de esta semana se descontaba el sueldo del día, no como en el "Paro de país" de 2017, cuando la Generalitat avisó con antelación a funcionarios y empleados públicos de que no descontaría ese dinero a quienes no trabajaran durante la jornada.

Por lo demás, los barrios de clase trabajadora de Barcelona han seguido haciendo su vida de modo absolutamente normal, sin que los disturbios del centro hayan tenido la menor repercusión en sus calles. En estos barrios no se ha visto un coche patrulla de la policía, ni un contenedor atravesado e incendiado, ni siquiera una pintada llamando a la insurrección popular. La tónica general con mínimas excepciones entre los habitantes de los barrios trabajadores es la indiferencia, cuando no el desprecio absoluto contra los vándalos que han arrasado el centro urbano mientras hacían flotar en el viento de la noche sus capas “estelades” de patéticos Supermanes independentistas.

Y es que finalmente, el "Procés" era esto.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).