¡Únete!

El crecimiento imposible

En mi artículo anterior señalaba la reducción de la huella ecológica como una de las líneas de acción política a seguir para atenuar el cambio climático. Es la más relevante, y buena parte de la pereza a la hora de implantar medidas eficaces es porque afectarán a nuestro estilo de vida, y ahí no podemos echar la culpa de todo a las perversas multinacionales. Sucede que la ciencia nos ha demostrado que estamos degradando irreversiblemente las bases ambientales que soportan nuestra existencia como especie. Eso significa que no es que vayamos a destrozar el planeta, lo que estamos haciendo es poniendo en marcha nuestra extinción.

Esto se debe a que nuestro sistema económico actual, tal y como está configurado, no puede ser soportado por el planeta. Al decir soportado quiero decir que ha de insertarse en los ciclos naturales y permitir su continuidad: el flujo de materiales y energía necesario para sostener nuestra vida y bienestar y que tomamos de los ciclos naturales, ha de ser devuelto de forma que esos ciclos continúen. El funcionamiento de casi todas las economías humanas ha sido así hasta que llegó la Revolución Industrial, y con ella rompimos el concepto de ciclo y acuñamos la idea de sistema económico como proceso lineal. De esa forma empezó a hacerse constante y enorme algo que hasta entonces era ocasional y efímero: el crecimiento.

Cuando un economista dice crecimiento habla del incremento del valor monetario de los bienes y servicios de la economía, y por lo general está pensando en el PIB. Ese crecimiento tiene distintos componentes. Para empezar, hay una parte que es meramente monetario, y otra real. Esa primera responde a la marcha de los precios, mientras que la segunda es la que corresponde con un incremento efectivo de la producción. Esa segunda parte tiene dos componentes, uno demográfico y otro económico, y no es difícil entender en qué consisten. El componente demográfico es la parte del crecimiento que se debe al crecimiento de la población. Intuitivamente, podemos entender que, si crece ésta, aumentan también las necesidades de sostenimiento dada una cierta distribución de la renta. Por otra parte, está el componente económico, que podríamos identificar con la productividad. Esa parte, en función de cómo se distribuya, puede suponer un incremento del nivel de vida de la población ... o no. La experiencia reciente en España (últimos diez años) es que con un PIB en crecimiento y una población disminuyendo, las rentas del trabajo se han reducido y los beneficios han aumentado. Esto significa que, una vez detraemos la parte monetaria (que algunos años ha sido negativa), y apreciamos que el componente demográfico es nulo (o incluso negativo), nos queda que casi todo el crecimiento es productividad, pero este ha quedado concentrado en los beneficios empresariales, lo que explica el por qué cada vez tenemos más millonarios, algo que, bien es verdad, tampoco es exclusivo de nuestro país.

Estamos acostumbrados a que el crecimiento sea bueno “per se”, sin condiciones. En las noticias nos transmitan la evolución del PIB y su evolución positiva es motivo de regocijo. Sin embargo, los apologistas del crecimiento no hablan de algo que es crucial: cuando no hay mecanismos de distribución, el crecimiento no sirve para mejorar el bienestar, solo para que los ricos se hagan más ricos. Sin embargo, hay otra cuestión más grave: hay que parar.

En 1971 el Club de Roma encargó al MIT el informe “Los límites del crecimiento”. Conocido como Informe Meadows y publicado el año siguiente, concluyó que “si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene sin variación, alcanzará los límites absolutos de crecimiento en la Tierra durante los próximos cien años”. Esta conclusión se ha visto refrendada una y otra vez en cada nuevo estudio sobre la cuestión, y la única variación en la misma es el plazo, cada vez más reducido.

Lo que el informe Meadows señaló como imposible era mantener el crecimiento de la economía mundial, y además denunció la evidencia de que no se puede mantener un crecimiento continuado en un entorno físico limitado. Debo apuntar que no siempre estuvimos locos, los primeros economistas, a comienzos del siglo XIX, ya se plantearon la cuestión, constataron la imposibilidad de mantenerlo y llegaron al convencimiento de que se debía alcanzar un estado estacionario (era lo que defendía John Stuart Mill, uno de los pilares del liberalismo económico), una situación de equilibrio sin crecimiento. Sin embargo, estas teorías fueron desplazadas primero por la idea de progreso de Marx, y después por el análisis económico moderno, que empezó a considerar el concepto genérico de producción basado únicamente en el valor monetario, desconectado de la realidad física. Una vez que la producción fue vista sólo como valor monetario, y en la medida en la que ideológicamente se considera bueno aumentar el valor, el crecimiento pasó a ser algo intrínsecamente deseable.

Desde el informe Meadows hay una creciente conciencia ambiental, que se ha venido traduciendo en movimientos sociales cada vez más masivos, partidos políticos incorporando propuestas ambientales, instituciones nacionales e internacionales dedicadas a aspectos parciales o globales y una legión de técnicos y expertos entre los que se encuentra este humilde escribano. Lo cierto es que todo eso no se ha traducido en una sustantiva mejora de las condiciones ambientales planetarias. De hecho, sucede todo lo contrario, y el crecimiento sigue siendo un dios al que se le rinde pleitesía ¿A qué se debe esta situación?

En los años 80, el petróleo y las materias primas sufrieron bajadas de precios que redujeron su coste relativo a niveles históricamente bajos. La aparente abundancia de recursos y el renacer ideológico conservador de la mano del binomio Reagan-Thatcher se tradujo en un reforzamiento de las posiciones ideológicas convencionales, y se marginaron posicionamientos críticos como los que se derivaban del Informe Meadows. Así, el crecimiento se consagró nuevamente como fundamento de cualquier política económica. Junto a el se abrió una puerta a las inquietudes asociadas al bienestar de las personas, y empezó a hablarse de desarrollo. Tras la publicación en 1987 de “Nuestro futuro común”, conocido como Informe Bruntland, y la posterior Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro (1992), se adhirió el adjetivo sostenible. El concepto así acuñado, desarrollo sostenible, podría haber sido un vigoroso ariete para una crítica a fondo del sistema económico, pero lo cierto es que es un concepto demasiado ambiguo y con demasiadas inconcreciones, que además permitió trasladar el problema desde los Estados a las Administraciones Locales, e incluso a entidades privadas. Y en todo caso, no manifestó su incompatibilidad con el crecimiento y la imposibilidad objetiva de mantenerlo.

Y así hemos llegado hasta este punto, en el que ya sí podemos hablar de emergencia. Una parte del cambio climático ya no es reversible, aunque aun se puede hacer bastante por evitar lo peor. La cuestión que nos tenemos que plantear ahora es cómo configurar un nuevo modelo económico, un nuevo estilo de vida, si el que tenemos no se sostiene y si el crecimiento es imposible.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.

Banner 468 x 60 px