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La soledad no deseada o sentir que no le importas a nadie

J. M. Coetzee escritor sudafricano y Premio Nobel de Literatura, en su magnífica novela “La edad de hierro” denuncia las miserias y la violencia de una sociedad bajo el régimen del apartheid, a través de un relato inquietante en que una mujer mayor, enferma de un cáncer terminal, y un mendigo negro, que entra casualmente en su vida, acompañan sus respectivas soledades a través de una relación extraña, en la que el contacto físico y el calor humano tienen solamente el fin de ayudar a sobrellevar sus duras existencias, que no importan a nadie más.

Aunque la sociedad española no tiene mucho que ver con la del apartheid racial que es el contexto de la novela, sí se dan muchas de las circunstancias y el sufrimiento de los protagonistas en el caso de más de dos millones de personas mayores que viven solas en nuestro país, 850.000 con más de 80 años, de los cuales las tres cuartas partes son mujeres.

Antes de continuar conviene decir que la soledad no deseada o no elegida, de la que tratan estas reflexiones, no es un problema exclusivo de personas mayores pues se da en todas las edades, comenzando por los niños que se sienten abandonados y los adolescentes que se encierran en su mundo. El sentimiento de soledad va creciendo con la edad. Se acrecienta notablemente en los hombres y mujeres a partir de los 40 años, que se encuentran en distintas circunstancias socioeconómicas como: el escaso nivel educativo acompañado del desempleo frecuente y trabajos precarios, el ser cabeza de familia con niños pequeños en el caso de las mujeres sin recursos económicos, las personas con alguna discapacidad o enfermedad crónica grave, los inmigrantes y refugiados que no han podido rehacer unas mínimas redes de apoyo social que tuvieron en su lugar de origen, las cuidadoras no profesionales de personas dependientes etc.

Pero lo cierto es que las personas mayores, sobre todo las de 80 años y más, constituyen el grupo más mayoritario de ciudadanos que viven y se sienten solos y en muchos casos aislados permanentemente de todo contacto social. El perfil mas frecuente de estas personas mayores es el siguiente: viven solas, su familia está lejos o se desentiende, habitan viviendas o entornos urbanos no accesibles, son dependientes, tienen pensiones muy bajas, son mujeres viudas.

Su situación es consecuencia de dos factores demográficos muy relevantes de nuestro país, que no se han abordado hasta ahora por los responsables políticos con un planteamiento estratégico desde el punto de vista económico y social. Se trata del envejecimiento creciente de la población y de la despoblación también creciente de grandes áreas rurales.

La inmensa mayoría de las personas mayores que se sienten solas viven en áreas urbanas, en las que se han ido debilitando la solidaridad y las redes vecinales. Pero la proporción de personas solitarias y aisladas es mucho mayor en áreas rurales en despoblación, en las que las solidaridades son más fuertes, pero faltan los servicios de transporte accesible y asequible, los servicios sanitarios, comercios, las redes de telefonía móvil con buena cobertura y otros, lo que refuerza el aislamiento de estas personas.

La gran crisis económica que estamos pasando desde hace más de una década, unida con frecuencia a la falta de voluntad política para buscar soluciones a los problemas de la ciudadanía, han reforzado el deterioro de los servicios de proximidad en todo el territorio. Ha empeorado la desigualdad entre territorios y se ha deteriorado la solidaridad entre generaciones.

En el caso de las personas mayores concurren unas circunstancias particulares que agravan el sentimiento de soledad.

La vejez, lo explica muy bien Jean Amery en su libro “Revuelta y Resignación. Acerca del envejecer”, es mirada por la sociedad como un periodo de la vida en la que cuenta lo que cada persona ha sido o ha hecho en su pasado, pero para la que el presente no interesa demasiado y el futuro es en todo caso corto e incierto, que es otro de los temores de la vejez. En síntesis, según Amery, la vejez se concibe muy frecuentemente como una especie de antesala de la muerte. A este estereotipo social se añade la creencia de que las personas mayores están fuera del mundo productivo, que es la corriente principal que mueve nuestro mundo. Muchas personas mayores han interiorizado esta forma en que las ven los demás que orienta sus temores, aunque cada una tenga distintas formas de aceptar su condición de viejos.

La soledad es también uno de los principales temores de las personas de avanzada edad. Les angustia la pérdida de sus seres queridos, especialmente de su pareja. No es el lugar para profundizar en este sentimiento, por lo que me limito citar lo que dice bellamente Simone de Beauvoir en su libro sobre la vejez:

“Lo único a la vez nuevo e importante que me puede acontecer (en la vejez) es la desdicha. O veré a Sartre muerto, o moriré antes que él. Es espantoso no estar allí para consolar a alguien por la pena que le ocasionemos al abandonarlo; es espantoso que él nos abandone y se calle”.

Por lo dicho anteriormente nos lleva a suponer que las personas que se sienten solas son víctimas de una situación que no desean y que no han buscado. Sus derechos sociales no están siendo garantizados y su sufrimiento no es muy distinto de lo que describe la novela de Coetzee. Las personas que se sienten solas y aisladas socialmente tienen, según los estudios, un 30% menos de oportunidades que el resto de la población de obtener ayuda o de aprovechar los recursos de los que dispone la comunidad. Viven en una sociedad que les está abandonando a su suerte y su destino consiste en muchos casos en caminar hacia una muerte en soledad, que es una de las formas más tristes de acabar la vida.

La soledad no deseada de las personas mayores (y de todas las edades) tiene solución, pero para ello hemos de tomar conciencia de la gravedad del problema y poner en marcha una serie de medidas como sociedad democrática. Las enumero brevemente para no hacer demasiado largas estas reflexiones sobre un tema al que tendremos que volver en otras ocasiones.

Como compromiso individual en nuestra condición de ciudadanos:

• Es nuestra responsabilidad hacer algo para promover una mayor solidaridad y fraternidad intergeneracional y con todas las personas que se sienten solas y aisladas socialmente.

• Resulta también imprescindible que eduquemos a nuestros hijos en el valor de la compasión, para ser capaces de sentir empatía con el sufrimiento de otros.

• Hemos de sentirnos buenos vecinos, no solo para no molestar a quienes viven cerca, sino para acompañarlos e integrarlos en la convivencia cuando se sienten aislados o solos.

• Hemos de apoyar a las organizaciones que hacen algo en favor de las personas que sufren soledad no deseada.

• Hemos de participar en las campañas de sensibilización, para que todo el mundo tome conciencia de este grave problema.

• Nunca hemos de estigmatizar a las personas que sufren soledad, diciendo que es culpa suya o que se lo han buscado. Solo son víctimas de haber sido abandonadas, de su aislamiento social y de una desatención de sus derechos.

• Hemos de rechazar las informaciones sobre la soledad que se centran en aumentar el morbo o el sensacionalismo, en vez de contribuir a concienciar sobre esta penosa situación que hace sufrir a tantas personas y sobre las soluciones posibles.

Como compromiso de las administraciones públicas cuyos representantes elegimos:

• Hemos de exigirles cuanto antes un plan estratégico intersectorial y plurianual para abordar un problema social tan grave, de salud pública, de carencia de servicios de proximidad, de infraestructuras…. Este plan debe implicar no solo a las administraciones publicas sino también a las empresas y al conjunto de la población.

• Hemos de reivindicar una mayor igualdad entre territorios. Que en ninguno falten los servicios esenciales que ayuden a todas las personas que viven en nuestro país a tener una vida con una mínima calidad.

• Hemos de proponer que, dado que la vinculación al territorio próximo se refuerza con la edad, las personas mayores puedan vivir en su entorno con los servicios necesarios para envejecer de forma saludable.

• Hemos de obligar a que se cumplan las leyes sobre accesibilidad en los espacios públicos y privados.

• Hemos de reivindicar ayudas para adaptar las viviendas de las personas sin recursos. sean mayores solas, dependientes o con minusvalías, para que no se conviertan en sus prisiones.

• Hemos de reclamar transportes asequibles y accesibles que permitan a todos participar en las oportunidades de convivencia que ofrece cada comunidad.

• Hemos de pedir que se acabe con la brecha digital de las personas mayores y se les ayude a utilizar las tecnologías de la información para mejorar su calidad de vida cuando se sienten solas o necesitadas de ayuda.

El objetivo de todas estas medidas y compromisos es construir una sociedad más cohesionada en la que cabemos todos y nadie sobra. Si nos lo proponemos seriamente estará a nuestro alcance. Si no nos lo proponemos habremos fallado como miembros de una sociedad civilizada donde todos sus miembros puedan convivir y sentirse acompañados.

Libros citados:

Jean Amery (2001) Revuelta y resignación. Pre-Textos

J.M, Coetzee (1990) La edad de hierro. Literatura Random House

Simone de Beauvoir (1983 edición en español). La vejez. EDHASA 

Lázaro González García (1941. Cascajares de Bureba -Burgos) es psicólogo. La mitad de su vida laboral la ha dedicado a instituciones de educación, como centros docentes y Ministerio de Educación y Ciencia. En ellas ha desempañado funciones de docente, orientador escolar, director de recursos humanos, asesor y otros.

La otra mitad de su actividad laboral la ha llevado a cabo en empresas, principalmente como responsable del área de consultoría y de formación en proyectos de cooperación internacional en los campos de educación y salud, de formación de técnicos y directivos, director de calidad, evaluador…

Jubilado hace años, actualmente es Presidente de la Asociación contra la Soledad.