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Democracia por construir y zapatos de cristal

Es lógico que un ciudadano normal y corriente no tenga un ejemplar de la Constitución en la mesilla de noche. Es bastante comprensible que con casi toda seguridad no la haya leído en su vida. Quizás sí algún artículo concreto, alguna cosa puntual, pero no tiene por qué haber recibido clases de Derecho Constitucional. Y por eso, probablemente no sepa de qué manera está estructurado el ordenamiento jurídico español.

Cuando decidí estudiar Derecho fui descubriendo la cantidad de cosas que me parecían fundamentales, y en el momento que terminé la carrera pensé que todo lo que había estudiado debería conocerlo todo el mundo. Eran las normas básicas para conocer cómo funciona “el juego”. Evidentemente, el sistema funciona de tal modo que a pesar de que en una norma veas escrito que dice tal cosa, después, la interpretación, el contexto, las normas que la desarrollan, pueden terminar generando derechos, o quitándolos de una manera que resulta difícilmente comprensible. Sin embargo, evidentemente, hay un margen razonable para defender cuestiones que puedan entenderse desde distintos puntos de vista: esa es la grandeza del Derecho. Que normalmente todo puede ser interpretable, cuando se actúa de buena fe, y que cada uno puede tener su razón. Ahí es donde interviene la norma, donde interviene el que ha de interpretarla, y en caso de que esta no se adecúe a la realidad social, recabar argumentos para que desde el poder legislativo se pueda modificar o innovar para cubrir situaciones que necesitan amparo legal.

Sin embargo, en Derecho aprendí también que hay unas líneas rojas que no se pueden cruzar en una democracia. Aprendí que ha de haber unos principios básicos, unas pautas fundamentales que no son interpretables. Que no dependen del prisma con el que se miren. Que no están sometidas al contexto ni a circunstancias que puedan difuminar su carácter garantista. Es por ejemplo el principio de presunción de inocencia, es por ejemplo el principio que dice que el Derecho Penal ha de intervenir en última instancia, es el que dice que ante la duda se ha de facilitar siempre la medida que más beneficiosa sea para el reo, es el principio que dice que todos somos iguales ante la ley y que ante los mismos hechos, las mismas consecuencias. Por poner algunos ejemplos, solo algunos, habiendo muchos más.

Todo esto está saltando por los aires. Y sinceramente me pregunto si alguna vez estuvo realmente vigente, más allá de mis libros y compendios de Derecho Penal. Sí, el Derecho Penal fue mi pasión durante la carrera y lo sigue siendo. He estudiado con ahínco la mayoría de los manuales, todos los delitos, los tratados y las reflexiones sesudas de distintos expertos. Tengo la suerte y el honor de contar con amigos que han sido primero referentes penalistas. Puedo hablar con ellos con frecuencia y reconozco que nada me gusta más a la hora de perderme en lecturas que estudiarme textos legales, análisis de la teoría del delito. Qué le vamos a hacer, cada uno tiene sus debilidades. El Penal es decididamente mi pasión.

Y hacía años que había perdido la oportunidad de darle vueltas al tipo penal, al dolo, a las circunstancias agravantes, a las atenuantes, a los concursos reales, a los grados de tentativa… y las circunstancias me han hecho desempolvar mi código penal. Ese código de 1995, que en su día forré con unas páginas de El País que conmemoraban el golpe de Estado del 23F. Así llevaba yo mi código penal, ironías de la vida. Y así sigue estando: lleno de anotaciones, de líneas subrayadas, de páginas marcadas.

Estos días lo he vuelto a coger, como decía, para darme un paseo por los delitos de rebelión, de sedición y leerme también los apuntes jurisprudenciales.

Esperando la sentencia se dice que no habrá condena por rebelión. Que será por sedición. Como si eso fuera algo “bueno”. Evidentemente es menos grave la sedición que la rebelión. Pero sigue siendo en este caso de los independentistas catalanes igualmente injusta. No hubo sedición, porque dígame usted en qué momento se obstaculizó la actuación de la justicia, la actuación del gobierno, algo. No hubo obstaculización igual que no hubo violencia. El 20 de septiembre la comitiva judicial pudo hacer su trabajo, independientemente de la manifestación pacífica que se estaba celebrando en la calle. La gente pudo salir y entrar del edificio, salvo la Secretaria Judicial que no quiso hacerlo porque decía tener miedo. La misma secretaria judicial que ha sido condecorada esta semana por la Guardia Civil, aquella que pedía un helicóptero para salir y que al final salió por la parte de atrás, conectando con un teatro. Con un teatro. Qué ironía tiene a veces la historia.

Es profundamente desgarrador ver cómo se retuerce el código penal para hacer que las cosas encajen, como en el cuento de cenicienta: esos pies gordos que no caben en el zapato de cristal. Lo mismo: manifestaciones pacíficas que se quieren hacer pasar por alzamientos. Por tumultos. Esas miradas de odio que pretendieron hacerse pasar por violencia. Esa malversación que no tiene ningún tipo de prueba. Es un zapato de cristal, donde se está intentando meter un pie diez tallas más grande. No cabe. Y por desgracia, ese zapato de cristal puede romperse. Y no considero que sea sano romperlo porque es un zapato hecho para el pie exacto de ese número: ni más mayor ni más pequeño.

El problema de hacer encajar una manifestación pacífica, una desobediencia en algo muchísimo más grave es que cualquier manifestación, cualquier desobediencia pueden hacerse entrar por esa cerradura. Y entonces el problema que hoy parece ser de los catalanes indepes lo tendrá cualquier ciudadano que proteste de manera pacífica ante cualquier cuestión que considere injusta.

Si no podemos protestar, de manera pacífica, cívica, sin tirar un papel al suelo: ¿qué nos queda?

Ah, si, no me lo diga: que las manifestaciones se puedan hacer en un “manifestódromo”, como quería Esperanza Aguirre y alguno más. En un lugar apartado, donde la gente pueda ir a gritar su indignación, donde nadie se entere de lo que sucede, donde no sea necesario “molestar” a nadie cortando carreteras ni colapsando la ciudad. Como si manifestarse fuera un ejercicio para quitar tensiones, porque gritar viene bien, pero sin molestar a nadie.

Discúlpenme, pero llegar a este punto es secuestrar la democracia. Es pretender que traguemos con todo y no dejarnos opciones para intentar cambiar las cosas.

Recuerdo que en Cataluña lo más grave que se ha hecho ha sido sacar unas urnas. Y por ello se ha apaleado a la gente. Se ha dejado a una persona tuerta. Estuvieron a punto de dejar morir a un hombre, tras haberle dado una patada en los testículos y no dejaron de cargar mientras el hombre estaba en el suelo debatiéndose entre la vida y la muerte.

Recuerdo que lo más grave que han hecho los cientos de miles de personas de Cataluña ha sido expresar su deseo de expresar una opinión.

No han roto ni un cristal. Ni han tirado un papel al suelo. Y como esto viene siendo un ejercicio brutal de democracia, está intentando retorcerse el Código Penal para que aquello parezca delito.

Seamos sinceros y pensemos en la posibilidad que podría estar dándose: lo que están poniendo en duda es la sacrosanta unidad de España, y eso según parece está por encima de los derechos fundamentales, de la democracia, de la garantía de la ley, de la propia constitución. Siendo esto así, entonces, todos tenemos un problema. Y lo triste es que no seamos conscientes.

Esos mismos que no son capaces de respetar la sentencia del Supremo para exhumar a Franco, son los que exigen a los demás el cumplimiento de unas normas que ni siquiera penalizan hacer un referéndum, y aún así, siguen pensando que tienen razón cuando desean prisión para gente pacífica. Lo de defender a un dictador que promovió genocidios, exilio, y barbarie les parece muy normal.

Despertemos de una vez que aquí hay una democracia por construir.

Abogada.