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Yo también le echo de menos

El otro día estaba en un bar y de repente oí esa voz con un toque algo nasal, pero profunda y cargada de convicción. Me pregunté, ¿es él? Efectivamente, en la televisión aparecía un extracto de la entrevista en Radio Televisión Española al Presidente Zapatero. Era la voz de un hombre valiente, corazón noble y ojos azules profundos. Siempre que le escucho o veo pienso lo mismo: “¡qué pena no haber sido mayor de edad para haberle podido votar!”. Algunas personas se llevarán las manos a la cabeza diciendo que si la crisis, que si el cheque bebé, que si congeló las pensiones, etc. Lo primero, conviene recordar siempre que se congelaron únicamente las pensiones máximas, a ver si se le mete ese dato en la cabeza a la derecha.

En segundo lugar, soy consciente de que hubo errores en el mandato de Zapatero, pero también soy consciente de todo lo que le debo a su acción de gobierno. Por resumirlo en pocas palabras: una sociedad más justa, más libre, más igualitaria y más digna. No obstante, la imagen de Zapatero va más allá de su labor en el Gobierno de España. Es su carácter humano y cercano, su pasión por el diálogo, su infinito amor por la igualdad, la defensa firme y convencida de los valores de la democracia… Es, en definitiva, su talante. Sí, talante, esa palabra que tantos nervios desataba en algunas gentes. Ese talante es lo que hace que el Presidente Zapatero sea ZP.

En la entrevista que señalo, Rodríguez Zapatero apareció para recordarnos varias cosas. La primera y fundamental, que la política es diálogo y eso empieza por el respeto mutuo. Hay que considerar al adversario como un igual, con el que se confronta un proyecto, no como un enemigo. El único enemigo en democracia es la ausencia de libertad. El expresidente también nos recordó hacia dónde debe mirar el PSOE y que Podemos tiene que pensar mucho sobre sí mismo. Además, vino a mencionar que la gente necesita un proyecto progresista y que para ello el talante es más necesario que nunca. Dijo el poeta que encontraba en la voz de Pablo Iglesias el timbre inconfundible de la verdad humana. Yo encuentro en la voz de José Luis Rodríguez Zapatero el de la bondad no ingenua.

Siempre he defendido –es más, lo he hecho en algún otro artículo en El Obrero– que la política y la izquierda deben ser mirar el mundo desde la emoción e intentar articular respuestas desde la razón. Sin embargo, me es imposible escribir estas líneas desde otro lugar que no sea el corazón, porque Zapatero y su equipo llevaron a cabo un conjunto de políticas que tenían por objeto hacer más feliz y más libre a la gente. Por eso me resulta imposible no emocionarme cuando le recuerdo o cuando le escucho, pues detrás de ese recuerdo se encuentran miles de rostros humanos que han visto mejoradas sus vidas. Estoy convencido de que todas las personas que leen este artículo conocen, como mínimo, a una persona que ha conquistado más libertad de la mano del gabinete de Zapatero: personas que pudieron casarse, al fin, con quien amaban; personas dependientes que vieron reconocido un nuevo derecho; mujeres que vieron nacer la Ley de Igualdad y la Ley en contra de la violencia de género; familiares que pudieron enterrar a los muertos por el totalitarismo; el suspiro lanzado por un país con el final del terrorismo.

Todo aquello no le salió gratis, bien lo sabe todo el mundo, y aun así no se ha oído un reproche salir de su boca. Por todos estos logros, por lo que dijo en la entrevista, por devolver algo de cordura al panorama, José Luis, permíteme que te tutee, yo también te echo de menos. Sin embargo, no quiero que tomes mis palabras, en el muy hipotético caso de que te llegasen, como un elemento nostálgico, pues más bien pretenden ser interpretadas en clave de recuerdo y de homenaje desde el más puro afecto. Creo que lo mínimo que puedo hacer es agradecerte la España que nos legaste. Una vez pude decirte a los ojos que para mí eres es el mejor presidente de la democracia. Tú me contestaste (lo recuerdo como si fuera ayer): “muchas gracias, hijo. He tenido aciertos y errores, como todos, pero siempre hice lo que creí que debía hacer. Lo hice lo mejor que supe.” Pues lo hiciste muy bien. Ojalá tener la oportunidad de volvértelo a decir.