La soledad no deseada, un mal de nuestro tiempo

Con cierta frecuencia aparecen noticias estremecedoras sobre personas que mueren solas en nuestro país y en otros; una situación dramática que se convierte en noticia recurrente como llamada de atención de lo que, seguramente, es solo la punta de un iceberg de una situación mucho más profunda.  

La soledad no es una enfermedad ni es una situación anormal, lo que si genera problemas y es anormal es cuando la soledad se convierte en no deseada, cuando uno está o se siente más solo de lo que le gustaría. Es por tanto, una situación que tiene que ver con las emociones y valoraciones de cada uno y es, por tanto, también un proceso (sentirse más o menos solo) que tendrá que ver también con momentos concretos (por ejemplo las noches son especialmente complicadas en muchos casos). Tiene que ver también con ciertas situaciones especialmente complejas que suponen eventos vitales estresantes y que rompen el equilibrio obligándonos a adaptarnos a ellos (el duelo, la jubilación, una enfermedad por ejemplo) algo que podemos hacer si tenemos recursos suficientes para ello.

La soledad y su correlato extremo y más grave, el aislamiento, genera muy graves problemas de salud, mentales o sociales porque la soledad física, mental y social vienen, sin duda, conectadas; el factor que, por ejemplo, más explica la fragilidad es precisamente el nivel de apoyo social que tiene la persona, el nivel de apoyo significativo del que se dispone.

Uno de los elementos que están detrás de la soledad desde mi punto de vista y lo que venimos trabajando con programas de intervención que van desde la sensibilización a la detección- evaluación e intervención tiene que ver con sociedades que rompen espacios colectivos, que eliminan espacios de encuentro, que destruyen elementos clave como la confianza en los otros, la ayuda mutua, la solidaridad, el apoyo, la buena vecindad, el compañerismo….sociedades individualizadoras, que buscan mediante el miedo al diferente, generar desunión, aislamiento, ruptura de lo colectivo, bajo la conocida máxima de “divide y vencerás”, bajo la aplicación de la conocida como doctrina del shock: genera miedo para conseguir recortar derechos rompiendo espacios colectivos.

Queda hoy mucho por hacer y reflexionar para reconstruir espacios colectivos, espacios de encuentro, para recuperar la confianza colectiva, el concepto de ciudadanía, el de vecinos, el de personas que puedan apoyarse mutuamente, pero es una necesidad que necesitamos abordar con urgencia si queremos responder a los retos actuales, al miedo hay que mirarle de frente descubriendo a quién beneficia.  

J. Guillermo Fouce Fernández

Doctor en psicología, presidente de la Fundación Psicología sin Fronteras, vocal del colegio oficial de psicólogos de Madrid en intervención social y emergencias. Trabaja en la actualidad en el Ayuntamiento de Getafe en el área de salud, consumo y adicciones, con más de 15 años de experiencia docente en diferentes universidades y con varios libros y artículos.