Militantes

En tiempo de movilización los partidos se acuerdan de los militantes. En este breve ejercicio, y en línea con la forma y contenido de nuestros artículos de opinión, reflexionamos sobre su origen y evolución.

El término “militante” tiene un origen militar y no político. Procede del latín militans, militantes, es decir, ejercer de soldado. Esta significación era importante en su origen, ya que los militantes estaban dedicados a la causa con el fervor del soldado, de forma combativa, aunque sin llegar, lógicamente a la violencia, aunque en la turbulencia de los años de entreguerras llegó a ocurrir, con la conversión de parte de esos militantes en miembros de milicias armadas, especialmente entre los partidos fascistas, pero también de izquierdas. En las democracias modernas no queda esta significación, habida cuenta del juego pacífico de la política, aunque algunos militantes parecen actuar con ardor guerrero motu proprio o excitados por algunos líderes.

Un militante es un individuo que pertenece a un partido político y que se implica a través de la lealtad y de la contribución económica al mismo. Los militantes estarían registrados en los censos de las organizaciones políticas y participarían, según lo establecido en las normas y estatutos de cada grupo, en la toma de decisiones y en la elección de sus líderes. Un militante no es lo mismo que un votante, ya que el segundo limita su compromiso político a la votación, es decir a un apoyo exterior y discontinuo, frente al militante, cuya implicación es constante en el tiempo y adquiere compromisos. Una tercera categoría sería la del simpatizante, un individuo que además del apoyo electoral del votante expresa sus preferencias políticas a favor de la organización política, pero no pertenece al mismo, aunque se puedan arbitrar algún tipo de vinculación orgánica.

En teoría, los militantes son el origen de toda formación política, el núcleo de su poder y contribuyen a crear y regenerar las élites políticas. Pero la realidad cuestiona claramente estas afirmaciones. Los militantes tienen que competir con las burocracias de los partidos que controlan los resortes del poder, terminando por dejar al margen a la mayoría de ellos, que solamente son convocados en los procesos electorales para “combatir” democráticamente contra los contrincantes políticos, según los mecanismos clásicos –repartos de propaganda, asistencia a actos y mítines, presencia en la jornada electoral, etc..- o más modernos, vinculados a las redes digitales. Los partidos políticos terminan por estar dominados por una oligarquía de militantes. Vivimos una época en la que se intenta que el militante sea más importante a través de las elecciones directas y primarias de sus líderes, aunque estos debates no suelen darse tanto en el universo político de las formaciones de derechas, acostumbradas a estructuras verticales de poder entre sus líderes y la militancia de base.  

Eduardo Montagut

Doctor en Historia. Profesor de Secundaria, autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica, miembro del Grupo Federal de Memoria Histórica del PSOE.