Hagan política

La labor de un político no es sencilla: uno tiene vocación, se supone, de ser un trabajador al servicio del bien común, de mejorar la sociedad en la que vive, de aportar ideas, liderar equipos, plantear proyectos. O al menos eso es lo que debería ser. Son muchas las condiciones que han de darse para que una persona pueda llegar a desempeñar un papel en política: sería aconsejable tener nociones de Derecho, conocer cómo funciona la Administración Pública, saber dónde están las líneas que no se han de traspasar (en términos legales y también en los de la ética). Tener facilidad de comunicación para trasladar el mensaje sobre las necesidades y las respuestas que se proponen. Una cierta visión estratégica y capacidad de aguante.

En su día tuve la oportunidad de preguntarle a “JES” (José Enrique Serrano), uno de los cerebros pensantes del PSOE, la persona que ha trabajado “en la sombra” para asesorar a distintos presidentes de Gobierno, qué era lo que él consideraba imprescindible para desempeñar esa responsabilidad. Me explicó que, según su experiencia (que no es poca), lo importante para un presidente de Gobierno era: hablar idiomas (alguno más que el español), tener capacidad para resolver conflictos, conocimiento del funcionamiento del Derecho, pero sobre todo de Economía y no haber “metido jamás la mano en la caja”. Me lo explicaba en el despacho que tenía junto al de Zapatero, en Moncloa. Éramos por entonces un grupo de jóvenes que queríamos aprender a hacer política. Hoy muchos de mis compañeros de aquellos “Cuadros” se han alejado del partido, otros están desarrollando labores como alcaldes, concejales, y me consta que lo hacen con una nueva manera de liderar equipos, de plantear proyectos y buscar soluciones. Los que nos marchamos lo hicimos cansados de comprobar que la maquinaria de un partido hacía prácticamente incompatible aplicar lo que nos estaban enseñando durante aquel mes intensivo: porque por desgracia, cuando entras en una organización, mientras unos aportan ganas, conocimiento, y tienen bastante claros los límites, otros sencillamente se han “apuntado” para conseguir un puesto. Son este tipo de perfiles, los “trepas”, los “interesados”, los que, capaces de vender hasta a su padre si hace falta, terminan por destrozar todo el funcionamiento de una organización.

Son los que se pasan el día conspirando, soltando chismes sobre los que quieren apartar, crean pandillas, capillitas, familias, y hacen del ejercicio de la política una guerra fratricida insoportable. Por desgracia, y por lo que yo he vivido, esos perfiles pasan por encima de los que vienen a servir y no a servirse; usan cualquier estrategia para llegar donde se proponen: pisan a quien haga falta, mienten donde sea y sobre quien sea, y no ven obstáculos. Y tristemente no son pocos los que así consiguen instalarse y formar a sus grupos de acólitos, los palmeros, que les sirven como ejércitos para que nadie les pueda plantar cara.

Los órganos de control internos de los partidos (comisiones de “garantías”) suelen estar en demasiados casos también controladas por “indios”, por esas fichas cómplices que harán la vista gorda cuando las trampas las hagan quienes les colocaron allí. Por eso muchas veces resulta absolutamente estéril tratar de plantear recursos por la vía interna, pues sabes que no llegarán a buen puerto y que tendrás que ver más trampas añadidas a las que ya querías denunciar.

Sí, por desgracia he podido comprobar que en prácticamente todas las organizaciones donde al final el objetivo es tener poder, generar influencia, esto viene sucediendo de la misma manera. Una especie de selección negativa que termina por apartar de los partidos a los perfiles más libres, más experimentados y con las ganas de aportar (y no de beneficiarse de la organización). Poco a poco los “trepas”, los palmeros y los caraduras, los que choricean la democracia, se hacen con el control de las estructuras y cuentan con el aburrimiento de los demás para implantar sus “normas” (de la selva).

Este es el proceso que Michels (1876-1936) llamó “la ley de hierro de la oligarquía”. En su obra “Los partidos políticos” explica que tanto en autocracias como en democracia siempre terminará gobernando una minoría y explica en este libro que toda organización acaba siendo dirigida por una oligarquía. Recomendaría la lectura de esta obra a cualquiera que quiera entender cómo a día de hoy continúan funcionando las organizaciones políticas: Michels explica que los líderes, que en un principio llegan con sus mejores voluntades (en el mejor de los casos), se guían por la voluntad de la masa, de las bases, pero pronto se olvidan de ellos y van volviéndose conservadores (conservadores de su poder). De esta manera el líder intentará mantener su poder a cualquier precio, pasando por encima de los ideales que decía defender. Párese un momento a pensar en cualquiera de los líderes políticos actuales del panorama español y dígame si no le suena esto que le cuento.

Un resumen para que constatemos que al final siempre sucede lo mismo: Michels señala que las organizaciones políticas dejan de ser un medio para alcanzar los objetivos socioeconómicos y terminan por transformarse en un fin en sí mismos. Esto lo denomina “desplazamiento de objetivos”. Y de esta manera, fundamenta la ley de hierro de la oligarquía en tres pilares:

- En primer lugar, cuanto más grande se hacen las organizaciones, más se burocratizan: mientras por un lado se especializan, por otro tienen que tomar decisiones complejas y con urgencia. Los que conocen cómo abordar las cuestiones y son eficaces, van poco a poco colocándose en la cúspide, influyen directamente en la toma de decisiones y terminan por puentear a las bases.

- En segundo lugar, comienza el choque entre la eficiencia y la democracia interna. Ese tipo de cuestiones que se resuelven con “esto ahora no toca”, o “esto no es un partido asambleario”. Si la organización necesita resolver cuestiones de manera eficaz, va endureciendo el liderazgo para obtener respuestas. Se van alimentando así los personalismos. ¿Les suena?. Adiós a la democracia interna.

- El liderazgo también es reclamado por las bases, curiosamente. Comienza el culto a la personalidad: se hace la vista gorda de sus errores, justifican su falta de coherencia y generan ya, los bandos. Los sectores críticos (aquellos que alzan la voz para reclamar coherencia y democracia interna) comienzan a ser demonizados y acallados. Las bases pasan poco a poco a aplaudir al líder y a creer que eligen a su “pastor”.

Y después de todo esto, esos que llegan a la cúspide de los partidos son los que vemos, los que se supone que han de tomar decisiones, gestionar el bien común y liderar la política de nuestro país. Con esos mimbres tenemos los cestos que ahora vemos incapaces de hacer política. Lógico: se han pasado su carrera política haciendo politiqueo y la política les viene grande.

Lo que necesitamos, precisamente, son perfiles que estén dispuestos a hacer política. Algo bien distinto a lo que tenemos.

Abogada.