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El perverso enfoque sobre la protección de las mujeres

Ayer, durante el programa Todo Es Mentira, intervino uno de mis compañeros, Alfonso Merlos, apuntando a que los hombres “deben proteger” a las mujeres. Mi reacción fue inmediata: “¿Proteger?, no queremos que nos protejan”, le espeté. No dudo que la intención de Alfonso va llena de las mejores intenciones. Pero no por ello deja de ser, precisamente, paternalista. Pensar que la mujer necesita protección, es seguir considerando que somos débiles, y de alguna manera, se podría llegar a pensar -incluso inconscientemente- que nos asesinan, nos pegan, nos violan, porque no somos lo suficientemente fuertes para poderlo evitar. El sexo débil, ya sabe.

Es muy frecuente escuchar comentarios que, aunque dulcifican el trasfondo, en realidad, es lo que nos trasladan. "Las mujeres necesitan protección” es la sensación que se te queda escuchando muchas noticias, comentarios en tertulias y análisis de algunos dirigentes políticos. Y no puedo estar más en contra.

El problema, en mi opinión, lo tiene la sociedad, sin duda; pero si queremos apuntar más directamente, este problema donde las mujeres (y sus hijos) somos las víctimas, es una cuestión que debería abordarse poniendo el foco en quienes lo generan: y sí, estoy hablando de los hombres.

Para adelantarme a conclusiones simplistas, diré desde ya que no soy anti-hombres, que no pretendo meterlos a todos en el mismo “saco” y que no doy por hecho que todos sean violadores, maltratadores ni asesinos en violencia. Pero como siento que el asunto se enfoca hacia la “protección de todas las mujeres” donde me incluyen, me veo obligada a pensar en por qué he de aceptar protección cuando en realidad lo que hay que exigir son medidas concretas hacia los que nos ocasionan esta lacra. Y no, no hay mujeres que se junten en manada para violar a ningún hombre; no hay mujeres que se dediquen a propinar palizas brutales a sus maridos; ni es la tónica habitual que las mujeres asesinemos a nuestros hijos para hacer daño a sus padres. Generalizo porque los datos lo demuestran: son hombres los que violan, son hombres los que pegan, son hombres los que asesinan. Y para que no me acusen de intentar esconder que la realidad: que haya algún caso aisladísimo de alguna mujer violenta, asesina y terrorífica, no me sirve para que la balanza cambie su evidente muestra.

A continuación hice un comentario en este sentido, señalando a que el foco debería ponerse en los hombres: en la educación que se les da, en los comportamientos que se consienten y su manera de entender la existencia de las mujeres y de todo lo que tiene que ver con su relación con ellas. Fue inmediato que mi compañero de mesa, Miguel Lago, saltase ofendido: “yo no soy un maltratador, no nos metas a todos los hombres en el mismo saco”. Y es una reacción muy frecuente, esa de: “esto no va conmigo, porque yo no soy así”. Y ahí es donde vi el problema: hasta que los hombres no se conciencien de que esto es un problema de toda la sociedad, pero que a ellos les interpela especialmente, no avanzaremos.

¿Tengo que educar a mi hija para que se proteja de los hombres? o ¿es mejor educar a mi hijo para que respete a las niñas ya desde los juegos en el patio del colegio?. Por suerte tengo la experiencia directa en mi casa y he podido comprobar cómo ya desde el patio de la escuela los niños vienen a casa con unas ideas que es necesario aclarar y corregir. Los niños de cuatro años en sus juegos y en sus comentarios ya apuntan a veces, quizás influenciados por lo que otros ven y oyen en su casa, a que las niñas no pueden jugar o hacer algunas cosas; a que ellos juegan a esto y las niñas a lo otro. Y entendiendo la libertad que han de tener los más pequeños para jugar a todo aquello que les satisfaga y sea positivo para su desarrollo, observo cómo hay una cierta laxitud al permitir que se vayan fraguando comportamientos que son absolutamente machistas. Si no hablamos con los niños en casa, si no les preguntamos a qué juegan, cómo juegan, con quién juegan, y procuramos ir explicándoles que algunas de las cosas no son divertidas, no son graciosas, no son positivas…. crecerán asumiendo roles que pueden terminar en las barbaridades que hoy conocemos.

Imagínese un momento que usted recibe una carta de la escuela. Un escrito donde le recomiendan que aumente la protección sobre su hijo, porque hay un grupo de niños violentos que están dedicándose a amedrentar, pegar, y en definitiva, maltratar a sus compañeros. ¿No le resultaría una medida absolutamente inaceptable por parte de la escuela? Lo lógico sería tomar medidas sobre ese grupo de niños violentos, y no pretender que los que no lo son tengan que vivir con miedo y pidiendo protección.

Pues ese mismo planteamiento es el que se está haciendo continuamente en nuestra sociedad. Poner el foco única y exclusivamente en la víctima, en cómo la víctima tiene que pedir ayuda (cosa que es fundamental, sin duda); en cómo protegerse, en cómo prevenir… y que conste que todo esto me parece importante, claro está. Una vez que no se ha trabajado previamente en la educación de los niños, después hay que tomar medidas “parche” para poder evitar males mayores. Pero creo que esta manera de “solucionar” un problema latente no va a tener efectos realmente positivos a la hora de erradicar la violencia contra las mujeres. Y no observo que haya planes contundentes de educación en las aulas, de cursos en centros de trabajo, de análisis de los contenidos que se dan en medios de comunicación (a cualquier hora del día), no veo que se señale realmente el problema: que son los comportamientos machistas que se dan en todas partes, a todas las edades y que se consienten, se permiten y pasan incluso desapercibidos y van calando poco a poco.

Las campañas contra la violencia de género siempre van dirigidas a las víctimas. No he visto todavía ninguna que vaya dirigida a los agresores; no veo campañas que visibilicen frases, actitudes, comportamientos de los hombres que pudieran hacerles pensar. No veo campañas en las que se anime a quien, por ejemplo, está en un chat de colegas y lee las burradas o las bromas que comparten sus amigos y no sabe cómo reaccionar para tratar de evitar que se produzcan. No veo ayuda en este sentido por ningún sitio. Y más complicado supongo que es cuando desde los lugares donde se supone que han de ayudar y orientar a las víctimas (por ejemplo en hospitales, en comisarías de policía) no saben ni por dónde empezar.

Hablemos de lo que nadie quiere hablar. Hagámonos la pregunta: ¿Quién ha metido en las mentes retorcidas de las manadas la idea de que reventar a una mujer entre varios tíos tiene morbo? Si no se le ocurre la respuesta, puede usted darse un paseo por internet y echar un vistazo al tipo de pornografía que se consume masivamente, sin ningún tipo de control y de manera perfectamente accesible para cualquiera. La mayoría de los videos de pornografía que se consumen muestran a mujeres sometidas, sumisas, al servicio de los deseos de varios hombres que hacen con ellas lo que les da la gana. Y esa idea de que en el fondo, a las mujeres es lo que nos “pone”.

Si usted piensa que el movil que utiliza su hijo es para ver canciones, vídeojuegos o chatear con sus amigos, seguramente se sorprenda al pensar que está accediendo, muy seguramente, a vídeos que quizás le muestren situaciones que algunos no habíamos imaginado ni visto hasta bien adultos. Hasta que teníamos capacidad para entender que eso es porno, que no es la vida real, ni debería serlo como norma habitual. Y repito: “ni debería serlo como norma habitual”.

Ahora aparecerán por ahí los que quieran tildarme de mojigata, ya los escucho de fondo. Y no, no estoy en contra de la sexualidad de cada cual. Lo que me preocupa es la educación sexual, que es bien distinto. Y mientras hay padres que se escandalizan porque a sus hijos les enseñe cómo funciona un condón en el colegio, en el instituto, y prefieren que nadie les explique nada sobre el tema, están regalándole a sus hijos móviles, tablets y parecen no saber que con ellos están teniendo las clases del sexo más duro sin ningún tipo de control ni de consejo por parte de nadie.

Hablar con adolescentes es difícil, y sobre todo ganarse su confianza para que te cuenten cómo se divierten, es imposible. Pero a veces pasa. A veces escuchas conversaciones, a veces puedes interactuar con ellos. Y te cuentan que ahora algunos se divierten follando en grupo y a pelo. Y tienen catorce años, dieciséis… Sí, lamento ser yo quien le cuente estas cosas, porque se vive muy bien pensando que juegan al tetris, y seguramente el suyo solamente juegue al tetris. Pero el hijo del vecino a veces no, a veces se dedica a ver material porno donde a las mujeres se les trata de la manera más bestia que pueda imaginar, y con los colegas comparten el video, y llega un día en que entre unos y otros, la diversión más ocurrente es pasar a reproducirlo y también grabarlo. Porque ahora todos quieren ser youtubers… O ¿acaso no sabía usted que los videos de las violaciones en grupo se suben a internet y son de los más vistos? Los de la manada de los sanfermines tuvieron que eliminarse, pero violaciones hay, son perfectamente visibles y por desgracia, masivamente vistas.

Lamento fastidiarle la tarde de verano, pero igual va siendo hora de preocuparse de verdad por lo que habría que abordar en lugar de contentarse pensando en “proteger a las chicas”. Eduquémos a nuestros hijos, pero también pongámonos las pilas los adultos.

Beatriz Talegón

Abogada.