De la siesta catalana en el Tribunal Supremo a la investidura española de Pedro Sánchez

El fin del juicio ante el Tribunal Supremo en el que han comparecido los presuntos cabecillas del “procés” nos ha pillado a la mayoría de los catalanes dormitando frente al televisor en el sillón de las siestas veraniegas. La digestión, el calor estival y lo aburrido del espectáculo no daban para más.

Y es que el sopor estaba garantizado desde la primera sesión, consecuencia de la falta de épica de la que ha adolecido todo el juicio, salvo algunos alegatos finales de procesados y sobre todo de algún abogado defensor. Observadores españoles y extranjeros poco avisados que seguramente esperaban un clima en la sala a lo affaire Dreyfus (recuerden el “¡Yo acuso!” de Émile Zola) o como mínimo, a lo juicio de Léon Blum ante el tribunal colaboracionista de Vichy, han debido quedar profundamente decepcionados, pobres. Ni siquiera Amnesty International ha entrado al trapo de los independentistas, ante lo que ha habido unanimidad internacional en definir como un juicio garantista y rutinario.

Nada pues de lo que esperaban unos y temían otros ha sucedido finalmente, y las tardes ante el televisor contemplando en vivo y en directo el juicio han sido aburridas a morir, como es lo propio que le ocurra al neófito cuando presencia cualquier juicio que se precie. En una democracia consolidada, quien busque espectáculo en una sala judicial pierde su tiempo tontamente.

Y sin embargo, el desarrollo del juicio no ha sido precisamente ejemplar en cuanto a actitudes y modos de hacer de unos y otros, más allá de la impecable técnica judicial propiamente dicha. Día tras día hemos visto en las sesiones actuar a fiscales cargados de prejuicios y espoleados por una tosquedad patriótica a la altura de la que manejan los acusados; a abogadas del Estado explicándose a trompicones, como si no se hubieran estudiado bien la lección antes del examen; a abogados de la defensa que al parecer residen en una Catalunya donde Adán y Eva aún no han sido expulsados del Paraíso y donde todo es bondad y amor fraterno; a testigos de la defensa o de la acusación explicando la feria según convenía a sus intereses profesionales y/o ideológicos; a peritos que deponían ante el tribunal como si pisaran huevos y temieran romperlos; y en fin, a acusados que según jornadas oscilaban entre la chulería desafiante de alguno y el derrumbe psicológico y hasta físico de bastantes.

Por suerte, el juez Marchena, presidente de la sala juzgadora, ha demostrado ser un buen profesional que como los croupiers de casino solvente, ha sido capaz de repartir cartas para todos al tiempo que mantenía el orden entre los jugadores que participaban en la partida y de paso aseguraba la ganancia final de la banca organizadora, esa a la que llamamos Estado de Derecho.

Queda por conocer la sentencia, que tardará un poco en llegar más que nada porque las vacaciones están a la vuelta de la esquina como quien dice y conviene que el personal se relaje un poco durante unas semanas; tiempo habrá para darla a conocer y para hacer frente a las consecuencias políticas que acarreará. Porque más allá de la dureza o suavidad de la condena que reciban los encausados, la reacción política está garantizada y como dirían en el mundo de las finanzas, puede darse por descontada.

Si la sentencia es condenatoria, que evidentemente no puede dejar de serlo, los independentistas catalanes prometen una “reacción de país”, lo que en el lenguaje más hiperbólico que simbólico que maneja esa gente significa una semana de movilizaciones callejeras con ruido y furia mediáticos y en las redes sociales; se lo deben a sus bases y cumplirán con el compromiso aunque en realidad esas movilizaciones no sean ya más que paripés, pues la política en Catalunya hace tiempo que circula por otros carriles. Desde el otoño de 2017, las movilizaciones independentistas callejeras no solo han perdido fuelle progresivamente, sino que van envolviéndose en la certeza de que solo sirven para abrir los telediarios de TV3, la televisión oficial catalana, y mantener calientes los espíritus patrióticos.

Quedará entonces la papeleta para el Gobierno Sánchez, en el sentido de qué hacer con las consecuencias de la sentencia. Es casi seguro que el próximo otoño tendremos elecciones autonómicas catalanas (reitero el calificativo “autonómicas”), y naturalmente queda abierta la posibilidad de otras elecciones generales españolas si Pedro Sánchez no lograra en julio la investidura como Presidente del Gobierno español. Pero esa es el arma de destrucción masiva con la que Sánchez amenaza a tirios o troyanos: la mera posibilidad de unas elecciones generales espanta por igual a las derechas españolas y a los independentistas catalanes.

En definitiva, en el juicio del “procés” gana la banca y gana Pedro Sánchez. Todavía no son lo mismo, pero empiezan a parecerse.

Joaquim Pisa

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).