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Tras la batalla por Barcelona

Las recientes elecciones generales y municipales han dibujado una recomposición de fuerzas políticas en Barcelona que a pesar del ruido y la furia desatadas altera poco la situación previa, aunque se presta a lecturas diversas.

El hundimiento de los “comunes” de Colau, de los potsconvegentes y del PP, la recuperación parcial del PSC, el estancamiento de Ciudadanos, la desaparición de la CUP y la no irrupción de Vox, forman parte de un todo complejo pero perfectamente coherente e interpretable.

Es cierto que el PSC recupera una parte del mucho terreno perdido en los últimos años, pero lo hace a costa de mermar los nunca muy numerosos apoyos reunidos por Barcelona en Comú, la marca electoral de la casi ex alcaldesa Ada Colau. También, y por primera vez en muchos años, recupera voto a la abstención.

El declive de los comunes por su parte, se debe a tres factores que han protagonizado el mandato municipal en el que han gobernado Barcelona:

1. Su incapacidad para construir un partido unido y organizado a partir de la caótica amalgama de grupos minúsculos y liderazgos egocéntricos implicados en la operación.

2. Su apuesta suicida por el “soberanismo light” (”el derecho a decidir” como substituto/antídoto del “derecho a la autodeterminación”), propuesta ideológica que produce urticaria a sus votantes, en su inmensa mayoría clase trabajadora inmigrante.

3. Una gestión municipal extremadamente mediocre, que ha vivido de la inercia que aún le quedaba a Barcelona de los tiempos gloriosos en que la lideraba y administraba el Maragall que amamos los barceloneses, Pasqual.

Ante ese panorama, buena parte de los votantes de izquierdas barceloneses y no solo de los comunes ha buscado refugio en el PSC, partido cuyas listas electorales se han beneficiado además de modo extraordinario del tirón de Pedro Sánchez, quien en apenas un año se ha convertido en una poderosa marca electoral por sí mismo por encima incluso de su propio partido, el PSOE.

La derecha barcelonesa de raíz españolista (PP y Ciudadanos), por su parte, anda desnortada y en decadencia irremediable. El disparate de la candidatura del ex primer ministro francés Manuel Valls (otro desertor del socialismo, como el “republicano” Ernest Maragall, el “comú” Jordi Martí y el neoconvergente Ferran Mascarell, todos candidatos en las listas municipales barcelonesas del pasado 26 de mayo), es la prueba del algodón de que Ciudadanos no arranca en Barcelona mientras en el conjunto de Catalunya ha tocado techo y comienza a ir para abajo.

Mucho más brusco es el descenso del PP, partido que en estas municipales se ha presentado encabezado por un empresario local encantado al parecer de proyectar una imagen pública a medio camino entre Ciudadano Kane y Los Payasos de la Tele. El PP ha obtenido el 5’01% de los votos, superando por solo 40 votos el umbral que le ha permitido mantener dos concejales en el consistorio barcelonés.

En la derecha catalana la hegemonía se ha resuelto aparentemente a favor de ERC en perjuicio de los postconvergentes y sobre todo de su figura referente, el indescriptible Carles Puigdemont, quien sin embargo ha conseguido imponerse a ERC en las elecciones europeas.

Se inaugura así un voto dual en el espacio independentista, que confía la gestión del gobierno de las cosas a ERC como partido presuntamente serio y organizado, en tanto apuesta por Puigdemont y sus actuaciones lisérgicas para cuanto tenga que ver con la imagen pública del “procés”, especialmente cuando se trata de proyectarla más allá de las fronteras de la patria supuestamente oprimida.

En la extrema derecha, estos comicios han traído como novedad la salida de la CUP del Ayuntamiento barcelonés tras perder decenas de miles de votos, repartidos entre las otras candidaturas independentistas. El fenómeno CUP es tan obscuro, que probablemente nunca sabremos las verdaderas razones del porqué la marca parece estar a punto de ser retirada del mercado.

En lo que respecta a Vox, el globo del fascismo español en Barcelona ya se pinchó en las elecciones generales del mes pasado, y las municipales han venido a confirmar que no tiene espacio ni político ni social en la ciudad.

En suma, lo que hemos visto en Barcelona, como en casi todas partes, ha sido la recomposición interior de los bloques políticos presentes en la ciudad: el bloque de las izquierdas, el bloque de las derechas españolistas y el bloque de las derechas independentistas. No hay trasvases ni conexiones entre unos y otros bloques, y queda claro que el factor determinante de la política barcelonesa es, como no podía ser de otro modo, el eje de confrontación derecha-izquierda, es decir la lucha de clases en la ciudad. Para entender esto, basta con dar un vistazo a los distritos y barrios en que ha ganado cada fuerza política y comparar sus indicadores de renta.

Harían mal algunos políticos profesionales en intentar leer estos resultados en clave de adhesión personal: sólo Pedro Sánchez y en cierto modo Carles Puigdemont, disfrutan de ese privilegio. Los demás han salido adelante a rebufo de ellos, chupando rueda como suele decirse. Si alguien cree por ejemplo, que los buenos resultados del PSC en Barcelona se deben a la idoneidad del candidato a la alcaldía que presentaban (el mismo que obtuvo 4 concejales en 2015, el peor resultado de los socialistas barceloneses en toda su historia), es que vive en un mundo ilusorio.

Es por tanto, el momento de emprender una renovación a fondo de personas y proyectos en la izquierda barcelonesa y catalana en general.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).