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Patriarcado, capitalismo y vientres de alquiler

  • Escrito por Joan López Gómez
  • Publicado en OPINIÓN

Sarai dijo a Abram:

Mira, el Señor me ha privado de tener descendencia. Toma, pues, mi esclava, y quizás gracias a ella podré tener algún hijo. (Génesis 16: 2)

Actualmente existe un debate abierto entorno a la cuestión de los vientres de alquiler. Un tema que, a pesar de las innovaciones tecnológicas que implica, en el fondo no es tan nuevo como parece.

Este pasaje del Génesis, que según los eruditos fue redactado durante el primer periodo persa (finales del siglo VI aC), obviamente no se trata de un texto histórico, pero dado que cualquier texto nos aporta datos, directa o indirectamente, sobre la sociedad y la época en la que se escribió, sí que se podría considerar un texto de gran valor para la historiografía y la antropología.

Por otro lado, tampoco es nuevo el uso ilícito de la Historia, sea humana o divina, real o inventada (o adaptada) con el objeto de justificar cuestiones políticas. El relato bíblico, similares a historias y mitos que se remontan a la dinastía XVIII del antiguo Egipto, reapareció en un momento sospechosamente oportuno para resolver (o profundizar), después del cautiverio en Babilonia, tensiones entre terratenientes judíos para trazar sus derechos en el reparto de tierras a través del supuesto linaje del “padre Abraham”, el primer gran patriarca de las tres principales religiones monoteístas.

Y es que de patriarcas y patriarcado va la cosa. Si bien el capitalismo cumple más de doscientos años, el patriarcado, que de manera oportunista ha sido bien aprovechado por el sistema, hunde sus raíces en los orígenes de la propiedad privada, allá por el neolítico. Era una sociedad patriarcal basada en la propiedad privada de la tierra y del ganado, pero también de las personas (esclavos) y, tal como su nombre indica, en la subyugación de la mujer.

Es importante recalcar el hecho de que, uno de los factores determinantes en la opresión de la mujer en las sociedades patriarcales, se encuentra en el derecho de herencia y la necesidad del hombre, el poseedor de la riqueza (cuando se posee) de asegurarse que los bienes se traspasan a la propia descendencia. Cosas del linaje. Y es que, de la sumisión a la mujer, de la posesión privada de un cuerpo y de la transmisión de la herencia genética, también va la llamada gestación subrogada.

El capitalismo es un sistema basado en la explotación de la fuerza de trabajo, y se sabe que el núcleo de sus relaciones es la mercancía. Se define como mercancía todo aquel bien material que se produce en masa, se destina a la satisfacción de las necesidades humanas, y no se crea para el autoconsumo sino para el intercambio. Toda mercancía posee un valor de uso y un valor de cambio. El proceso de mercantilización del capitalismo, después de convertir en mercancía el trabajo humano, el tiempo, y cada vez más recursos naturales, utiliza las nuevas tecnologías para crear nuevas mercancías (y potenciar nuevas necesidades) con precios de mercado.

Una de las características del mercado es la homogeneización de las mercancías, o cómo éstas se igualan según su valor de cambio. Así, con cincuenta euros se pueden comprar de igual forma un libro de biología, un juego de cartas del tarot, medio gramo de cocaína, un revólver, un curso de literatura, un peluche o media hora de sexo. A diferencia de anteriores modelos de producción, en este no existen barreras infranqueables entre mercancías, detrás de las cuales se encuentran ocultas todo un mundo complejo de interacciones sociales. De este modo, la superstición queda al mismo nivel que la ciencia, el rumor al mismo nivel que la noticia contrastada, el vicio se iguala a la virtud y la ética a la corrupción.

Después de abrir la veda a las patentes de seres vivos, ahora, en el cuerpo de la mujer (cosas del progreso) se ha encontrado un nuevo valor de uso para mercadear: La maternidad. Es un valor de uso especial que tiene la misma cualidad que otra mercancía también especial: la fuerza de trabajo. Ambas tienen la capacidad de crear valor produciendo nuevas mercancías. En este caso, hablamos de los bebés.

La diferencia entre la fuerza de trabajo como mercancía y el cuerpo femenino es que la fuerza de trabajo es la única posesión que tenemos los trabajadores fuera de nuestro cuerpo para alquilar a cambio de un sueldo, aunque para eso nos veamos obligados a poner en funcionamiento nuestros músculos y nuestro cerebro a veces hasta límites extenuantes. En el segundo caso, es el propio cuerpo, en este caso el de la mujer, el que se transforma en mercancía. El origen de esta nueva mercancía se encuentra, en la mayor parte de los casos, en la necesidad, es decir, en la expulsión de muchas mujeres del mercado del trabajo, la pobreza y la carencia de perspectivas.

No nos engañemos. Esto de la maternidad subrogada sirve para que las familias que se lo puedan permitir, compren los vientres de estas mujeres, generalmente de países desfavorecidos, para poder tener hijos mediante sus cuerpos y para el enriquecimiento de grandes compañías del sector sanitario.

Una característica que estos hijos han de tener es que portarán la misma herencia genética de al menos uno de los miembros de la pareja compradora. En caso contrario, el eufemismo “maternidad subrogada” ya no sería válido y se tendría que hablar, simplemente, de compraventa de bebés. Y en el caso de las parejas heterosexuales, apostaría lo que fuese a que generalmente serían los genes del miembro masculino los que se priorizarían siempre que esto fuese posible. He aquí una reminiscencia de la mentalidad patriarcal más arcaica que nos remonta a la época de los primeros escritos bíblicos.

Por otro lado, ¿Alguien se ha parado a pensar lo que sucedería si durante el embarazo se detectara alguna anomalía en el feto? ¿Quién tendría derecho a decidir sobre el aborto? ¿Y si la anomalía se detectara una vez hubiera nacido el bebé? ¿Habría algún tipo de seguro de reposición de la “mercancía defectuosa”?

Para poder pensar como mujeres y hombres libres, primero hemos de aprender a identificar qué ideas y planteamientos se encuentran condicionados tanto por parte del patriarcado como por la economía de mercado.

Así, encontramos que en nombre de las supuestas libertades individuales y de mercado, muchos han llegado a creer que ser padres y madres es un derecho, sobre todo si se tiene dinero para pagarlo. De la misma manera que se tiende a pensar que el hecho de que una mujer decida o no alquilar su vientre por dinero, es una opción libre e individual.

Supongo que sí, que muchas de las mujeres que alquilan sus vientres, con todo el que esto comporta tanto físicamente como psicológicamente, disfrutan de las mismas libertades y opciones que se supone que también disfrutaba la esclava de Abraham para poder decidir entre complacer a su amo o bien huir en mitad del desierto, lo cual, según el mito, finalmente es lo que tuvo que hacer poco después de haber parido.

La realidad es que los que realmente tienen derechos, el derecho a ser acogidos, amados y atendidos ya sea por dos padres, dos madres, un padre y una madre o una familia monoparental, son los niños, el bien más valioso a proteger de toda sociedad. Sin obviar el derecho de la mujer a disfrutar de buena salud y a disponer de su propio cuerpo sin tener que venderlo ni entero ni por partes.

Mientras algunos se emperran en ser padres y madres cueste lo que cueste, y a ser posible, con los propios genes (como si tuvieran algo de especial), comprando vientres sin tener en cuenta ningún criterio ético, se calcula que cerca de trece millones de niños y niñas de todo el mundo son huérfanos de padre y madre. Muchos sufren todo tipo de abusos y/o se pudren en orfanatos infectos de países subdesarrollados, y en algunos no tan subdesarrollados. Más de ciento cincuenta millones de menores de edad, según datos de Naciones Unidas, malviven en las calles víctimas de la violencia, las crisis familiares, el alcohol, las drogas… Las guerras y las crisis migratorias no hacen más que empeorar la situación.

De nada sirven las denuncias si no se acompañan de políticas efectivas que fomenten y faciliten las adopciones y las familias de acogida y se den las ayudas necesarias a los niños y a las familias de cualquier tipo, incluso las de clase trabajadora (en cuestión de adopciones se habla de muchos colectivos, pero no de nosotros, los trabajadores) que estén dispuestas a adoptar y/o a acoger, siempre con los controles y las garantías que sean necesarias para asegurar la total cobertura de las necesidades de los niños y el respeto de sus derechos.