TV

Catalunya: cultura charnega, identidad popular

En 1900, uno de cada dos ciudadanos empadronados en la ciudad de Barcelona tenía al menos un abuelo o abuela nacido en Aragón. Era la consecuencia directa de las sucesivas oleadas de inmigración hacia la capital catalana que comenzaron una vez finalizadas las guerras napoleónicas, y se acentuaron con la primera Exposición Universal barcelonesa (1888). Apenas comenzado el siglo XX se produjo una gran oleada de inmigrantes murcianos, valencianos y sobre todo de nuevo aragoneses, que llegaron a la ciudad para trabajar en las obras del Gran Metro y de la Exposición Universal de 1929. Otra ola menor se produjo en los años treinta, durante la República, y finalmente en los cincuenta y primeros sesenta fueron cientos de miles los andaluces, aragoneses, gallegos, extremeños y castellanos que se establecieron en la urbe barcelonesa y las ciudades de su entorno inmediato.

En ese contexto se produjo un espontáneo y lento proceso de contaminación mutua más que mezcla entre las culturas de origen inmigrante y la autóctona catalana, que culminó durante el período de prolongada excepcionalidad que fue la dictadura franquista. Para acabar de añadir pimienta al asunto, en paralelo y a veces en oposición a esa inmigración que llegaba desde más allá del Ebro, el campo catalán se vació igualmente hacia la Babilonia barcelonesa, esa urbe con la que la Catalunya interior mantiene una relación bipolar desde los tiempos en que Barcelona puso en fila a los “condes soberanos” comarcanos y terminó por destruir el poder de los señores feudales en la guerra civil del siglo XV, ganada por la alianza entre el rey y las clases populares urbanas; las guerras carlistas del siglo XIX hicieron el resto, al confrontar en un choque armado definitivo a la urbe liberal y cosmopolita con el campo reaccionario y provinciano.

Sobre este fuerte substrato de tradiciones dispares en confrontación permanente y de desconfianzas generalizadas que se retroalimentan, se ha ido construyendo en el último siglo un complejo entramado de identidades mestizas y de intereses materiales enfrentados, a los que ya hemos aludido alguna vez aquí y no es caso de repetir ahora. En el terreno sociocultural, esa contaminación masiva de un imaginario legado cultural catalán inmutable de siglos que presuntamente y según ha sostenido seriamente algún historiador local se remontaría inmaculado hasta la Edad de Piedra, es lo que ha empezado a denominarse recientemente “cultura charnega”. Lo charnego ya no es solo una ubicación social, sino sobre todo una fuerza magmática y desatada que ha empezado a reclamar un espacio cultural propio más allá de referentes clásicos como Juan Marsé, Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza, Joan Manuel Serrat o más recientemente, Miguel Poveda y Mayte Martín, entre muchos otros.

Forzados por la innegable presencia del fenómeno, los nacionalistas catalanes distinguen desde no hace mucho entre “xarnegos” y “charnegos”. La sutilidad reside en que el “xarnego” sería el foráneo de origen hispánico asimilado en tanto el “charnego” sería el inmigrante o su descendiente refractario, aquel que por voluntad propia se sitúa fuera del discurso nacionalista por oposición o indiferencia a éste. Esta asunción de lo “xarnego” y su integración en el discurso ideológico de la burguesía catalana es muy interesante, pues en cierto modo representa el reconocimiento de una primera derrota; parafraseando al cardenal Torras i Bages el dilema ya no reside en si Catalunya será cristiana o no será, sino en si Catalunya será charnega o no será.

La integración de lo “xarnego” en el independentismo catalán por ejemplo, se refleja no solo en epifenómenos como el personaje conocido como Gabriel Rufián, diputado de ERC, sino en gentes fuera de toda sospecha como el encarcelado Jordi Cuixart, ex presidente de Òmnium Cultural que reclama los orígenes murcianos de su madre, o el antiguo dirigente del partido de Rufián, Joan Ridao, que manifiesta sus genes andaluces por los cuatro costados. Otros lo llevan con más discreción, como el sinfín de políticos, agitadores, “lletraferits” y demás agentes y pregoneros del independentismo y el soberanismo catalanes y aledaños que presentan apellidos reciamente aragoneses, desde el “Soley” del segundo apellido del ex president Jordi Pujol a los apellidos “Colau” y ”Ballano” que ostenta la actual alcaldesa de Barcelona.

Viene este exordio a cuento de la celebración del llamado “Festival de Cultura Txarnega” (sic), evento enmarcado en la Primavera Republicana que impulsa el Ayuntamiento de Barcelona desde hace unos pocos años, y que en esta ocasión ha presentado un conjunto de actividades de raíz “charnega” en el recinto de la antigua fábrica Fabra i Coats, reconvertida en un polo de creación y difusión cultural barcelonés en ocasiones demasiado exquisitamente postmoderno y en otras, como la presente, con alguna utilidad real en el debate social y cultural ciudadano.

En una entrevista publicada en la edición catalana de El País el pasado 11 de abril, Brigitte Vasallo, impulsora de este Festival, dice cosas como que “diem que som un país plural, però després hi ha una identitat nacional que no accepta aquesta pluralitat d’origen” (decimos que somos un país plural, pero después hay una identidad nacional que no acepta esta pluralidad de origen). Penoso, pero cierto. Dice también la señora Vasallo que “les identitats bastardes estan sota vigilància. Tothom ens assenyala com a traïdors. Et situïs on et situïs sempre acabes sent traïdor d’algú (las identidades bastardas están bajo vigilancia. Todos nos señalan como traidores. Te sitúes donde te sitúes siempre acabas siendo traidor para alguien). Y es que para quienes se reconocen en esa identidad pluridentitaria o mejor dicho, aidentitaria, sobre todo para quienes lo hacen desde una perspectiva de izquierdas basada en la rica tradición obrera lbertaria charnega, las identidades nacionales vengan de donde vengan son mercancías averiadas las venda quien las venda; para entendernos, la misma mierda alienante expende Carles Puigdemont que Inés Arrimadas, y ustedes disculpen este recurso a la escatología, tan presente por otra parte en las tradiciones etnográficas catalanas.

Más allá de la pequeña “boutade” de convertir lo “charnego” en “txarnego” en el frontispicio de su Festival (quizá como una propuesta de síntesis con el buen “xarnego” de los nacionalistas catalanes), Brigitte Vasallo acaba propugnando una apuesta de futuro: “hem d’entendre que qualsevol identitat cultural funciona per barreja. Crec que qualsevol cultura que vulgui sobreviure ha d’aprendre a incorporar, a embrutar-se i a contaminar-se. Estic convençuda que és l’única manera” (hemos de entender que cualquier identidad cultural funciona por mezcla. Creo que cualquier cultura que quiera sobrevivir ha de aprender a incorporar, a ensuciarse y a contaminarse. Estoy convencida de que es la única manera).

Fíjense con todo, que hasta aquí ni hemos mencionado a los “nuevos charnegos”, es decir a esas masas de inmigrantes árabes, africanos, latinoamericanos, asiáticos y de la Europa pobre que en la última década se han establecido aquí trayendo su bagaje de culturas, tradiciones, idiomas y religiones que en muchos casos carecen del más mínimo punto de contacto con las autóctonas. El reto que por su causa tiene ante sí una sociedad catalana que todavía no ha hecho la digestión de las corrientes migratorias españolas del siglo XX, es verdaderamente de los que hacen época.

Joaquim Pisa

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).