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Desde las expectativas a la frustación

“España es el único país donde casi toda la población que ha abandonado la clase media (3,7%) ha pasado a la clase baja (3,6%)”

Informe de la OCDE “Bajo presión: la exprimida clase media”

La frustración supone la certeza de la imposibilidad de satisfacer una necesidad o un deseo. Ello suele conducir a un sentimiento de tristeza, decepción y desilusión que esa imposibilidad provoca. Las campañas electorales en España parecen construirse en base a promesas de las que poco o nada se traduce a mejorar la vida de las personas. Desde los albores de esta democracia las expectativas políticas de mejora en las libertades de la ciudadanía se fueron marchitando como consecuencia de las decepciones, mentiras o incompetencia de sus diferentes líderes. Además, las complicidades con el poder económico construido desde la transición hasta la fecha, no hacen más que confirmar ese sentimiento frustrante. La legalidad construida y la administración de justicia resultante, también.

Este sentimiento colectivo pareciera surgir desde la percepción de resistencia al cumplimiento de la voluntad individual. Es decir cuanto mayor sea la obstrucción mayor frustración habrá. Las causas internas de la frustración de los españoles pueden haberse originado en las expectativas derivadas de la creencia de que esta democracia se basa en el llamado Estado del Bienestar. Para el modelo de la derecha ese estado no es posible. Para la izquierda, sí.

En cambio, las causas externas son los indicadores que le llegan desde el entorno. Es decir, por ejemplo, que en estas legislaturas del Partido Popular, repletas de corrupción que vinculaban al poder político como instrumento del poder económico, el relato era que los españoles “vivíamos por encima de nuestras posibilidades”. Por un lado se alentaba a adquirir compromisos financieros hipotecarios, mientras que por otro se inflaba una burbuja con las consecuencias por todos conocidos.En cualquier caso, para los votantes frustrados, las conductas pueden ser paradójicas. Por un lado, el optar por la ultraderecha ejerciendo una disonancia cognitiva entre sus convicciones y sus expectativas. Esto es, aunque conozca las negativas consecuencias de su elección, les entregará el poder a sus verdugos. Por otro, los que desertan del ejercicio del voto en la creencia de que así castigará a quienes lo han engañado. En este caso, en realidad, también les facilitará la tarea a sus verdugos.

Así, el candidato Pablo Casado, cuyo nivel de incompetencia ha sido alcanzado, no tuvo el menor reparo en anunciar estos días, que bajaría el Salario Mínimo Interprofesional. Sus desmentidos posteriores, y el del coro mediático subordinado, no han hecho más que confirmar sus intenciones. Una fuente de frustración. Pero un gobierno que responda al interés general puede hacer posible lo que han venido negando las minorías privilegiadas en España.

En el más reciente Informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos, OCDE, con el título “Bajo presión: la exprimida clase media” se afirma que esa pequeña burguesía sirvió de elemento cohesionador durante la expansión económica de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, actualmente, la situación ha cambiado: “Los hogares de ingresos medios han visto su estándar de vida estancarse o empeorar, mientras los que ingresan más siguen acumulando dinero y riquezas”. En los datos aportados se aprecia que es el grupo social para el que menos ha crecido la economía. Si entre mediados de los ochenta y los noventa, ingresaron un 1% más, y entre mediados de los noventa y de los dos mil obtuvieron un 1,6% adicional. En los últimos 10 años el porcentual de ingresos se ha reducido al 0,3%. Es decir que, a lo largo de los últimos 30 años el aumento de sus ingresos fue un 33% menor que los del 10% más rico.

Aceptar la frustración derivada del engaño por las expectativas creadas por las promesas políticas, tal vez sea mejor que profundizar las fuentes de frustración que nos harán más daño. La participación política es una vía para reclamar a los representantes ese cumplimiento de lo prometido y, de tal modo, llevar un control de la gestión política de los elegidos. Llevar a cabo una defensa del modelo de una sociedad de bienestar exige que la ciudadanía se ejerza de manera activa. Los criterios fiscales equitativos para la financiación de una sociedad mejor. Combatir las tramas de corrupción. Terminar con los privilegios. Hay que sobreponerse mediante la actuación. Desechar la recomendación franquista de no “meterse en política”. Las conductas activas son las que construyen la realidad. La pasividad nos lleva a la pasividad más frustrante. Veamos a las organizaciones de jubilados en sus reivindicaciones. Es posible recuperar expectativas.

Recordemos a Chomsky y Ramonet: “De hecho, tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la clase especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva de toda forma de organización para evitar así los problemas que pudiera causar.”

Una España así no me gusta.

Alberto Vila

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.

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