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Los responsables intelectuales del “procés” no están en el banquillo del Supremo ni se les espera

El “Consell Assessor per a la Transició Nacional” fue un órgano creado por la Generalitat de Catalunya en 2013, según Decreto 113/2013, de 12 de febrero. Su principal objetivo era, presuntamente, asesorar a la Generalitat en el proceso de independencia de Catalunya, que debía culminar con el nacimiento del nuevo Estado tras la celebración de un referéndum de autodeterminación en dicha comunidad autónoma. En la práctica, el Consell se convirtió en un prescriptor de “estructuras de Estado” para la inminente (eso creían ellos) Catalunya independiente.

El Consell era un órgano eminentemente político, no administrativo, y estaba presidido por Carles Viver Pi-Sunyer catedrático de Derecho en la Universidad Pompeu Fabra. Tenía como portavoz al entonces conseller de la Presidència, portavoz del Govern catalán y significado líder de CDC, Francesc Homs. En el juicio que actualmente se sigue en Madrid a los supuestos cabecillas del “procés”, Francesc Homs actúa como abogado defensor de algunos de ellos.

El Consell se constituyó el 11 de abril de 2013, con una primera reunión celebrada en el Palau de la Generalitat de Catalunya. Tuvo una vida no muy prolongada aunque sí intensa, pues fue suprimido el 27 de octubre de 2017 por el gobierno de España en aplicación del artículo 155 de la Constitución vigente.

A primera vista, el Consell parecía ser una especie de sanedrín de notables del independentismo, casi una tertulia de personajes con gran proyección pública en Catalunya unos y mucho menos conocidos, otros. Entre sus miembros más destacados figuraban, además de los ya mencionados, la periodista Pilar Rahola, en plena migración del republicanismo asilvestrado a los dulces pastos de la derecha convergente; el sociólogo Salvador Cardús, un verdadero carlista del siglo XXI, al que le cae como un guante la definición que de sus pares del siglo XIX diera Valle Inclán: “feo, católico y sentimental”; y Germà Bel, catedrático de Economía, ex socialista convertido al neoliberalismo económico más ortodoxo y ramplón. Les acompañaban en la aventura unos cuantos catedráticos santones del Derecho, algún que otro politólogo y hasta un empresario de campanillas. En total, 17 personas, de las cuales solo 3 eran mujeres.

La izquierda catalana reaccionó contra la creación del Consell, aunque obviamente sus diatribas en nada afectaron a la puesta en marcha de este organismo político. Para Pere Navarro, entonces primer secretario del PSC, resultaba “poco democrática” la creación de estructuras de Estado cuando aún no se conocía la opinión del pueblo catalán sobre el asunto (en aquel momento, Navarro y parte del PSC eran partidarios de un referéndum que zanjara la cuestión). Además, consideraba el líder socialista catalán que la creación de esta especie de alumbrador de estructuras estatales era “un insulto” habida cuenta la crisis económica en la que el país estaba inmerso y los costes económicos que tendría. Por su parte, Joan Herrera, cabeza entonces de la postcomunista ICV, criticó el papel asignado al Consell antes de que se hubiera llevado a término el “derecho a decidir” de los catalanes (otro mantra secesionista de la época, compartido entonces por ICV), condicionando de ese modo el resultado de la futura consulta, que se encontraría con una política de hechos consumados antes de haberse celebrado el referéndum.

A lo largo de sus cuatro años de existencia, el Consell alumbró un reguero de informes sobre los más variopintos asuntos relacionados con la construcción del Estado catalán. Pero el broche de oro, la culminación de su actividad, fue la publicación del “Llibre blanc de la Transició Nacional de Catalunya”, presentado el 29 de septiembre de 2014 por la Generalitat de Catalunya. El libro, en realidad un extenso y minucioso informe, analiza y ordena los diferentes aspectos a tener en cuenta en el proceso de transición de la Catalunya autonómica al Estado independiente.

Un vistazo al índice del “Llibre Blanc” desvela la auténtica hoja de ruta del secesionismo catalán hacia la independencia, esa pretendida “aspiración política” supuestamente no plasmada en hechos cuya invocación constituye la línea de defensa básica de los juzgados en la causa del “procés”. Por el contrario, ese texto dibuja paso a paso las medidas a implementar desde lo más etéreo, cual es la “legitimación del proceso de autodeterminación”, hasta lo más concreto, como puede ser la puesta en marcha del servicio de aduanas o la creación de una Guardia Nacional “con funciones de seguridad, gestión de emergencias o defensa, autónoma, coordinada con otros cuerpos de seguridad”, según el modelo estadounidense y sin descartar por ello la creación de un Ejército propio.

El “Llibre Blanc” constituye pues, la verdadera Biblia llamada a sustentar la construcción del nuevo Estado, al que por cierto solo tras la proclamación unilateral de independencia interrupta del 27 de octubre de 2017 empezó a llamársele “República Catalana”.

En principio pues, la función esencial del Consell era la de impulsar la creación de las entonces famosas y hoy casi olvidadas “estructuras de Estado”, que supuestamente debían ir substituyendo de modo progresivo a las del Estado español en Catalunya. Más allá de las tareas derivadas de esa función, empero, el “Consell Assessor per la Transició Nacional” fue desde el primer momento de su existencia la sala de máquinas desde la que se pilotaba intelectualmente el “procés cap a la independència” de Catalunya. Mientras los políticos ponían rostro público al “procés” y los líderes de las organizaciones de la “societat civil” agitaban la calle, los timoneles del “Consell per la Transició Nacional de Catalunya” guiaban la nave rumbo a Ítaca. Los Junqueras, los Turull, los Jordis… no eran más que máscaras públicas: el verdadero núcleo duro quedaba en la sombra, a resguardo de la previsible tormenta, amparado en su condición de “factor intelectual” no activista.

El final del Consell fue abrupto, laminado por la aplicación del artículo 155, que comportó la destitución del Govern presidido por Carles Puigdemont y la disolución de órganos políticos como éste. Sus integrantes por lo demás, no ofrecieron la más mínima resistencia a la “agresión española”.

¿Cómo la gente que lo compuso ha logrado escabullirse en la petición de responsabilidades? Es un misterio, aunque no es la primera vez en la Historia que sucede una cosa semejante. Quienes salían en televisión todos los días han acabado pagando el precio de esa popularidad; los maquinistas en cambio, una vez disuelto el Consell pudieron regresar tranquilamente a sus cátedras y a sus panfletos. Con alguna excepción notable, caso de la señora Pilar Rahola, casi todos han mantenido un perfil bajo en su exposición posterior al público. Y ahí siguen, aguardando que el viento vuelva a inflar las velas del bajel que intentaron botar. Ítaca espera.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

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