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Ripoll como síntoma

Ahora hace justamente un año estuve en Ripoll unos días. Me volví a a Barcelona asustado. No conocía Ripoll, y encontré una población de la Catalunya profunda que vive al margen, no ya de Barcelona, de España y de Europa, sino al margen mentalmente de la galaxia que habita la especie humana. Era como un pequeño planeta prohibido, cerrado sobre sí mismo y rotando por su cuenta.

Oír las conversaciones de los grupos de jóvenes en las terrazas de los bares ponía los pelos de punta. Su universo mental y no solo político no iba más allá de lo determinado por TV3, RAC1 y alguna publicación comarcal de esas que reprochan a ERC ser un partido españolista. Gente pues con la capacidad de discernimiento seriamente perjudicada, habitantes de un territorio que es ya un Triángulo de las Bermudas que se ha tragado enteros los pueblos de la Catalunya carlistona de toda la vida.

Imaginen ahora el máximo desprecio que pueda expresarse hacia todo lo español. Imaginen los estereotipos más sobados de los españoles como seres inútiles, vagos, carentes de una cultura propia y contaminadores de cuanto tocan, es decir imaginen el repertorio completo de los estereotipos que maneja el supremacismo nacionalista catalán desde hace tiempo para denigrar lo español y a los españoles, en Ripoll o en el barrio de Gràcia. Pues bien, tomen esos estereotipos y multiplíquenlos por diez añadiendo además los componentes racial y religioso, y tendrán los estereotipos que maneja el supremacismo catalán en la Catalunya carlistona (y en la metropolitana también, aunque se note menos quizá porque disimulan mejor), para referirse a los musulmanes y a los árabes en general.

Los marroquíes que aterrorizaron el centro de Barcelona y el de Cambrils hace unos días eran muy jóvenes, algunos nacidos o criados en Ripoll. Han ido a la escuela pública, circulaban a diario por las calles de esa población, jugaban al fútbol, iban a la playa, se hacían selfies, oían rock en sus auriculares y su inclinación religiosa era prácticamente cero. Pero estaban llenos de odio. Llenos de deseo de venganza contra una sociedad cerrada, excluyente, que les desprecia por ser "moros", aunque lleven zapatillas deportivas, gafas de sol de marca, frecuenten las discotecas del pueblo e intenten ligar con esas rubias con shorts que a ellos, siempre les dicen No, en muchas ocasiones con una sonrisa de desprecio. Y ello aunque jóvenes moros y cristianos beban alcohol, consuman las mismas drogas y bailen la misma música. Siempre les dirán No, en la discoteca o en la empresa a la que van a buscar un trabajo decente. Pero ellos han estudiado en catalán, los medios y los políticos les hablan de igualdad de oportunidades, sus padres creen que aquí tendrán un futuro: sin embargo cada día tienen más claro que para ellos, los moros, aquí solo hay desprecio y maltrato.

Me dirán ustedes con razón que tampoco hay futuro para ellos en Madrid, en Marsella, o en Génova. Desde luego, y así nos va a seguir luciendo el pelo a todos. Pero sobre lo que quiero llamar la atención hoy es sobre la presión bajo la que esta gente vive en esa Catalunya profunda de nuestros pecados. Para los carlistas del siglo XXI, en el escalafón social y cultural y desde luego en el laboral, el moro está por debajo incluso del español.

A partir de ahí, con independencia o sin ella, los Mossos d'Esquadra van a tener un duro trabajo con ellos. Con los moros, digo; con los españoles, ya veremos.

Joaquim Pisa

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).