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Disrupción tecnológica y flexibilización del trabajo

«Por muy poderosa que sea nuestra tecnología y muy complejas nuestras empresas, puede que al final el rasgo más característico del mundo laboral moderno sea interno, y consista en un aspecto de nuestra mente: la creencia ampliamente extendida de que el trabajo debería hacernos felices». (Alain De Bottom: Miserias y esplendores del trabajo)

¿Otro estertor en la acelerada agonía de un mundo económico abocado necesariamente a su desaparición? Una prueba seguramente de que los cambios tecnológicos nos sorprenden sin ideas mediante las cuales garantizar que favorezcan al ser humano. El reciente conflicto o incendio laboral, aparentemente ya extinguido por los bomberos políticos de Madrid y Barcelona originado por el choque de intereses entre el colectivo de los taxistas y las empresas de vehículos de transporte público (VTC), es la demostración de la realidad del fenómeno que se viene denominando últimamente disrupción tecnológica. Con ella se alude a la ruptura que provoca una innovación tecnológica que trae consigo la desaparición de productos o servicios que hasta el momento de su irrupción eran utilizados por la sociedad. Es el ariete posmoderno de la destrucción creativa, noción encumbrada por el economista Joseph Schumpeter como clave para dar cuenta del crecimiento económico continuado característico del capitalismo. Es la innovación que se da en una economía de mercado por la que surgen nuevos productos que destruyen viejas empresas y modelos de negocio. Es el mandato de la dialéctica del emprendimiento.

En nuestro tiempo el poder destructivo del que ha de surgir el ave fénix del progreso económico lo constituye sin duda la innovación tecnológica, y más precisamente la innovación tecnológica digital. Ésta domina en todos los ámbitos de la economía desde la producción industrial, el sector financiero, el de la comunicación, generando exigencias sobre el modelo educativo y tensiones muy profundas en el ámbito laboral. La guerra entre los taxis y las VTC es muestra evidente de esto último.

El fantasma decimonónico del ludismo se nos aparece cuando reflexionamos con ocasión de acontecimientos de esta naturaleza al igual que ocurre con la pérdida de empleos en el sector bancario como consecuencia de la arrolladora digitalización de sus servicios. De hecho, cualquiera que entre hoy en día a una sucursal bancaria y se acerque a los cuarenta de edad tendrá memoria suficiente para percatarse de lo que ha cambiado una oficina de esta clase de negocio en los últimos años; si antes el usuario trataba con personas en una ventanilla, ahora trata mayormente con pantallas. Internet y la pléyade de aplicaciones desarrolladas para sacarle el máximo partido a nuestro inagotable cúmulo de necesidades y deseos convierte al factor humano en una variable prácticamente irrelevante en la ecuación que define lo que se requiere para triunfar en los negocios.

Ahora bien, en el análisis de la disrupción tecnológica, hay que hilar bien fino. Porque la automatización es algo que forma parte de la evolución de los procesos de producción desde la época del ludismo. Pero a los efectos sobre el mercado laboral de la robotización hay que incorporar más recientemente lo que para muchos economistas constituye la verdadera amenaza para la cual se carece de soluciones, la que está transformando ya de manera profunda nuestro estilo de vida. Son los nuevos modelos de negocio que las revolucionarias posibilidades de las vanguardistas tecnologías permiten crear capaces de modificar los modos de consumo y de producción de buena parte de nuestros servicios. Por eso los taxistas no temen tanto al coche autónomo como a los VTC.

Este proceso de destrucción creativa, consustancial al progreso capitalista si hemos de asumir la premisa del economista Joseph Schumpeter, parece conllevar indefectiblemente, pues, una merma de la oferta de empleo; pero la productividad de las personas que trabajen, gracias al uso de las nuevas tecnologías, aumenta. Y para economistas de nuestros días como Pierre Cahuc y André Zylberberg ello lleva aparejadas unas remuneraciones elevadas (léase su libro El negacionismo económico publicado el año pasado por la editorial Deusto). Ponen como exponente modélico de los beneficios laborales que generan las innovaciones tecnológicas a –cómo no– Google, que no hace a su juicio sino lo que Henry Ford a principios del siglo XX: «ofrecen excelentes condiciones de trabajo y remuneraciones atractivas para atraer a las personas más eficaces..., lo que les permite obtener grandes beneficios. Estas personas son muy eficaces porque saben utilizar las tecnologías que desempeñan las tareas rutinarias que antes realizaban varios empleados». Los altos salarios que reciben estos eficacísimos trabajadores y los beneficios que generan a sus empresas son la causa –según criterio de la pareja de economistas citados– de la demanda de nuevos servicios que darán lugar a nuevos empleos en el sector de los cuidados personales, de la restauración, del comercio, de la salud y de la educación. Es lo que llaman «efecto multiplicador», eso sí, «en un punto del territorio» y siempre y cuando las características del mercado laboral promuevan la movilidad de la mano de obra. Es lo que explica que en Estados Unidos tal efecto sea mayor que en Suecia, la más elevada flexibilización del trabajo en el país norteamericano. Cahuc y Zybelberg reconocen que el progreso técnico produce conflictos sobre el reparto de las pérdidas y las ganancias que genera (el caso de los taxistas versus las VTC); es decir, obliga a una recomposición de los nichos de trabajo, modificando las cualificaciones que se requiere y revolucionando la localización de las actividades, «pero globalmente permiten crear más riqueza». Por supuesto, los poderes públicos no deben levantar barreras frente a los ineluctables trastornos de la disrupción tecnológica. La política adecuada consiste en la compensación financiera para ayudar a afrontar los cambios, así como apostar por la formación intensiva de quienes deben adquirir nuevas competencias.

Flexibilización del mercado laboral. Es la clave. Olvidémonos de aquellos oficios que las personas desempañaban durante toda una vida. El taxista tendrá que asumir que un día dejará de ser taxista, que en realidad sólo hacía de taxista y que, por tanto, tiene que estar en una permanente disposición para hacer de lo que sea, y dispuesto a hacerlo donde sea menester, emigrando si es preciso, desarraigando su vida entera si así lo exige su subsistencia, topándose con las restricciones que en materia de movilidad humana global crecen en la actualidad por doquier. No es menor esta contradicción. Por otro lado, en este proceso de metamorfosis vital que tiene un profundo coste humano que parece no recogerse en los libros de economía, al tiempo que el mercado laboral se flexibiliza desciende notablemente la calidad de los empleos y aumenta la desigualdad en el mismo. ¿Y todo para que las compañías abaraten costes laborales e incrementen sus beneficios? Lo que, por cierto, no necesariamente se ve reflejado en el abaratamiento de precios de productos y servicios para el usuario en igual medida.

En un libro de comienzos de este siglo, el profesor de economía aplicada Raúl García-Durán se preguntaba en qué consiste realmente la flexibilización del trabajo. Su inquietante título, Mercancías, androides o personas. Él prefiere quitarle su aséptica máscara tan técnicamente descrita por Cahuc y Zybelberg a los efectos de la disrupción tecnológica en el empleo llamándolos por su verdadero nombre, «menos bonito» –dice–. En verdad, la «flexibilización» no consiste en otra cosa que la segmentación y polarización del mercado de trabajo. La idea la resume García-Durán en su citado libro con estas palabras: «no hay un mercado de trabajo sino tres: el primario superior, reservado a los técnicos y los managers, a la tecnoburocracia (...); el primario inferior, los técnicos inferiores y los trabajadores muy cualificados que consiguen un trabajo fijo; el secundario (cada vez más amplio), aquellos que por motivos sociales (...) quedan excluidos de la contratación habitual, recurriendo el mercado de trabajo a ellos sólo en determinadas ocasiones de forma puramente temporal y en condiciones totalmente precarias dada su necesidad económica imperiosa de trabajar». Este cuadro no vale únicamente para cada país sino también para el conjunto del mundo, siendo África en su mayor parte un continente que es un nicho de mano de obra para el mercado de trabajo secundario. Son países que carecen de los recursos necesarios para construir un buen sistema de educación capaz de enseñar nuevas capacidades a sus obreros baratos.

El politólogo Víctor Lapuente en su libro de hace tres años titulado El retorno de los chamanes denuncia la política mediocre y timorata practicada en la mayor parte de Europa que, incapaz de afrontar los nuevos retos que traen consigo las continuas innovaciones tecnológicas, no hace nada para evitar la apuntada segmentación del mercado laboral. Él distingue entre insiders y outsiders. Los primeros, con trabajo estable, bien protegidos por una legislación social que les garantiza una buena jubilación, con vivienda en propiedad o, incluso, con segunda residencia. Yo, por ejemplo, que soy un funcionario docente. Los outsiders –claro está– son los excluidos que decía García-Durán, un grupo heterogéneo de jóvenes, madres solteras, mayores de cuarenta y cinco en el paro desde hace demasiado tiempo, familias extensas con todos sus miembros desempleados, carne de cañón del trabajo precario, víctimas de la pobreza infantil y energética, de los desahucios... Todo un caldo de cultivo para el descontento que genera sin duda tensión social que a ratos estalla en conflictos como el reciente de los chalecos amarillos en Francia, con el que tuvo sus conexiones, por cierto, la huelga y protestas de nuestros taxistas. ¿Son los taxistas insiders y los de los nuevos modelos de negocio montados sobre plataformas digitales outsiders? Luchas de quienes quieren mantener un estilo de vida que perciben amenazado contra los que parecen haber asumido ya la flexibilización del trabajo con todo lo que ello conlleva, es decir, jornadas de duración imprevisible sin saber qué días se podrá descansar, con ingresos irregulares, en condiciones, en fin, difícilmente compatibles con una vida personal en la que quepa un proyecto fruto de una libre planificación. ¡Cuántos de mis alumnos bachilleres no escogen su carrera universitario en función de sus genuinas inclinaciones vocacionales sino atendiendo a los dictados de lo que se barrunta en el mercado laboral que pueden ser las profesiones con un futuro exitoso!

¿Se llenarán lo países de jóvenes bien formados que no trabajan en lo que quieren sino en lo que pueden o les dicta el mercado? ¿Se impondrá globalmente un espacio laboral polarizado conformado por unos pocos nichos de empleo de calidad geográficamente bien delimitados, por un lado, y unos vastos entornos en los que el trabajo para una gran mayoría se deteriorará más y más, por otro? ¿Hemos llegado a un mundo en el que ha dejado de tener sentido la noción de oficio? Gloriosa paradoja: el mundo construido a partir del sacrosanto valor de la libertad individual que toda institución del Estado debe respetar la ve en verdad asfixiada por las exigencias del libre mercado, sometido a los efectos no previstos de la disrupción tecnológica.

En su nuevo éxito editorial publicado el pasado año bajo el título 21 lecciones para el siglo XXI, el historiador Yuval Noah Harari valora con mirada prospectiva la marejada tecnológica que sacude todos los ámbitos en que el ser humano se desenvuelve, también el del trabajo. No es que revele nada que otros no hayan advertido antes, pero por lo tan pegado a la actualidad de sus consideraciones y su notable capacidad de síntesis, merece la pena una referencia. Este autor advierte de que las innovaciones tecnológicas puedan traer consigo, a la par que la desaparición de oficios tradicionales, el surgimiento irremediable de lo que él denomina una nueva clase «inútil». No descarta que se den simultáneamente una alta tasa de desempleo y una escasez de mano de obra especializada (hace pocos días se colaba en la cabecera de los informativos la noticia de que en Alemania la falta de especialistas frena el crecimientos del 47% de las empresas). En lo venidero ningún empleo estará a salvo de la desaparición como consecuencia del permanente avance de la automatización y la digitalización. La reinvención es el concepto clave para las personas que van a tener que afrontar el aprendizaje y desempeño de varias profesiones, con el coste personal que ello implica, que incluye una importante dosis de incertidumbre y angustia. «Semejante inestabilidad –nos advierte Harari– hará asimismo que sea más difícil organizar sindicatos o conseguir derechos laborales. Ya en la actualidad, muchos empleos nuevos en economías avanzadas implican trabajo temporal no protegido, trabajadores autónomos y trabajo ocasional. ¿Cómo se sindicaliza una profesión que surge de pronto y desaparece al cabo de una década?». ¿Cómo al cada vez mayor contingente de falsos autónomos, generados últimamente en cantidad significativa por estos nuevos modos de negocio que fomentan una relación absolutamente individualizada a pesar de constituir de hecho un colectivo?

De todo lo anteriormente apuntado se deriva el temor de que el progreso tecnológico no corrija las desigualdades e injusticia que toleran nuestras democracias liberales; y ya tenemos evidentes síntomas de que ello es nocivo para las mismas a juzgar por la resurrección de ideologías de infausto recuerdo histórico. Aquí podríamos recordar la aportación del filósofo británico John Gray, quien en su libro Falso amanecer, publicado dos años antes del fin del siglo pasado, advertía recuperando a Joseph Schumpeter: «Los actuales creyentes en el laissez-faire global repiten a Schumpeter sin entenderlo. Creen que, al promover la prosperidad, los libres mercados fomentan los valores liberales. No se han dado cuenta de que, aunque el libre mercado global cree unas nuevas élites, engendra también nuevas variedades de nacionalismo y fundamentalismo. Al corroer las bases de las sociedades burguesas y al provocar una inestabilidad a gran escala en los países en desarrollo, el capitalismo global está poniendo en peligro a la civilización liberal y también está haciendo cada vez más difícil que las distintas civilizaciones puedan convivir en paz». Volviendo a la pionera aportación de Raúl García-Durán a la toma de conciencia de los actuales tiempos de fuertes y acelerados cambios en los que nos encontramos me parece muy lúcido su planteamiento en términos de encrucijada que enuncia en la presentación de su ya referido libro. Según advierte, de todos nosotros depende qué camino tome el ser humano: si prosigue por la senda que consolida la estructura social de acumulación capitalista pergeñada a partir de mediados de los noventa del siglo pasado, continuaremos siendo mercancías; si muta como consecuencia del imperio omnímodo del algoritmo, acabaremos convirtiéndonos del todo en androides; para ser personas se requiere la vitalidad de fuerzas sociales que creen una base material para una sociedad ético-ecológica.

José María Agüera Lorente

Catedrático de filosofía de bachillerato y licenciado en comunicación audiovisual.

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