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La decepción como respuesta a la parodia democrática

“Las muchas promesas disminuyen la confianza.” Horacio

Cuando los diferentes analistas, por llamar así a los opinadores universales y enciclopédicos, que nos han tocado en suerte en esta triste y mediática España, se sorprenden por el hartazgo y desafección hacia la política de los ciudadanos. Es que omiten intencionadamente el asumir la responsabilidad por ser cómplices de las sucesivas parodias en las que están implicados los actuales dirigentes sociales del país. Por ejemplo, cuando permiten que profieran mentiras, sin ejercer su misión de buscadores de la verdad.

Para ser precisos, cuando nos referimos a la “parodia”, hablamos de una imitación burlesca que caricaturiza a una persona o a una cierta temática. Como obra satírica, la parodia se puede encontrar en todas las expresiones artísticas a lo largo de la Historia, Cuando es utilizada por los humoristas, en este Estado de Derecho, en el que el Jefe del Estado antepone la Ley, con su conocida genealogía, lo creo una falta de respeto a la Democracia. Es así, porque pueden acabar detenidos o multados por parodiar una realidad incuestionablemente, permítaseme la redundancia, paródica. Los culpables son los que no quieren permitir que se apele a la ironía y a la exageración, para transmitir la descripción burlesca a sus audiencias, porque los dejan en evidencia. Estando en pleno juicio del Proces, me imagino la penosa imagen que ofrecen al mundo entero los acusadores y demás actores de esta peculiar administración de Justicia en España.

“Parodia” es una palabra que proviene del latín que a su vez la toma del griego antiguo. Se construye con el prefijo “para”, que puede significar “junto a”, el vocablo “oide”, que es un sinónimo de “canción” y, para terminar, el sufijo “ia”, que equivale a “cualidad”. La parodia, entonces, es la recreación de un personaje o un hecho, empleando recursos irónicos para emitir una opinión generalmente transgresora sobre la persona o el acontecimiento parodiado. En este sentido, la observación de los excesos, promesas grandilocuentes y subsiguientes incumplimientos, en los que incurren una y otra vez nuestras figuras políticas, pueden inducir a concluir que se conviertan en parodiadores de sí mismos. Eso no contribuye a representar referentes éticos respetados. Más bien al contrario. Se convierten en caricaturas poco fiables para afrontar con éxito los grandes problemas que soportan la mayoría de españoles.

Las sesiones parlamentarias son la expresión más acabada de estos términos, si exceptuamos, claro, los presuntos debates televisivos, ejercidos en su mayor parte por un elenco de parodiadores profesionales de la profesión periodística. En todos los casos, la primera víctima es la verdad, y los daños colaterales de esas prácticas, los ciudadanos que padecen su impericia o perversión. El Pacto de Toledo es un caso paródico, que sirvió como coartada para alentar los sucesivos recortes en el sistema público de pensiones. Las Comisiones de Investigación parlamentaria otro caso.

Los ciudadanos requieren que la dignidad en la política comience por el cumplimiento de los compromisos electorales. Luego, que siga con el ejercicio honesto en la administración de los recursos públicos. Además, sentirse protegidos por la Justicia, en lugar de intimidados por ella. Sólo así se evitará que la decepción siga propagando sus efectos. Entre estos, el triunfo de los extremismos menos democráticos que tenemos a la vista.

Cuando vayamos a votar, porque nada debe impedirlo, recordemos a Descartes cuando afirmaba:

“Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez.”

Alberto Vila

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.

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