Una lectura en clave social del secesionismo catalán

Una lectura en clave social del secesionismo catalán Se atribuye al político catalanista (y más tarde franquista) Francesc Cambó una frase que vino a grabarse a fuego en el frontispicio de Solidaritat Catalana, aquella coalición electoral que formaron desde los carlistas a los republicanos nacionalistas a principios del siglo XX, que expresaba con precisión la ingenuidad y la mala fe que guiaba los actos de aquellos burgueses: “gracias a Solidaritat Catalana ya no hay patronos ni trabajadores, ¡ahora todos somos catalanes!”. La tosquedad del clasismo que encierra solo fue igualada años después por un ministro de Franco en la inmediata postguerra, cuando declaró: “nosotros (el Régimen franquista) hemos acabado con la lucha de clases en España”. Ingenuidad y mala fe a partes iguales.

En octubre pasado Antonio Santamaría y dos colaboradores suyos publicaron en el periódico belga Le Soir (1) un artículo que aunque breve resulta enormemente clarificador, al aportar una visión certera del contenido clasista que informa la substancia misma del proyecto independentista catalán. Según los autores del artículo el secesionismo no sería más que un instrumento político creado por la burguesía catalana para imponer mediante él su control absoluto sobre el país, ante el temor a una revolución social que en los comienzos del último ciclo de crisis capitalista (2008-2018) parecía inminente.

El origen del “procés” que hemos vivido y del cual aún soportamos las secuelas mal cicatrizadas no sería otro que el intento de liquidar las movilizaciones populares conocidas como 15-M, que en Catalunya adquirieron desde el primer momento el carácter de lucha frontal contra los recortes sociales y en defensa del Estado de Bienestar local, cuyas piezas fundamentales estaban siendo desmontadas sistemáticamente por el Govern de la Generalitat presidido por el albacea político de Jordi Pujol, el señor Artur Mas.

El temor de la burguesía catalana a una revolución social y su espanto al ver masas de manifestantes izquierdistas tomando pacíficamente espacios burgueses tan emblemáticos como la plaza de Catalunya y el parque que rodea el Parlament, revivía en el imaginario colectivo barcelonés los fantasmas del “corto verano de la anarquía” de 1936, cuando patrullas de obreros armados cacheaban y detenían burgueses en el paseo de Gràcia o en sus residencias de Sarrià y Pedralbes.

El pánico burgués se desató en 2011 con motivo de la ocupación del parque de la Ciutadella y el cerco al Parlament de Catalunya llevado a cabo por diversos colectivos sociales y sobre todo, por una multitud de irritados ciudadanos anónimos, muchos procedentes de las barriadas periféricas de Barcelona. La represión que se abatió sobre ellos y sobre los ocupantes de la plaza de Catalunya protagonizada por los Mossos d’Esquadra, la policía autonómica catalana, fue salvaje y ejemplarizante. La criminalización en los medios de los contestatarios y la brutalidad policial en los desalojos (incluida la infiltración probada en su día de provocadores entre los manifestantes), fueron las respuestas dadas por las élites catalanas al movimiento popular. La petición de durísimas penas de cárcel para los detenidos en los incidentes en realidad provocados por quienes debían reprimirlos, generó la presencia de presos políticos en Catalunya por primera vez desde la ley de Amnistía de 1978.

Paralelamente a estas acciones represivas, se puso en marcha un plan que partía de la premisa de que ante la presunta debilidad estructural y el desinterés que supuestamente manifestaba el Estado español en la defensa de los intereses burgueses en Catalunya, las élites catalanas debían tomar en sus manos el control del país en su integridad. La independencia era la vía a la consecución lo más rápida posible de ese objetivo y para fundamentarla de modo atractivo se desarrolló un amplio y creciente arsenal conceptual, integrado por expresiones hueras de substancia real pero de gran efecto mediático y popular tales como “soberanismo”, “derecho a decidir”, “declaración unilateral de independencia” y resto de construcciones ideológicas de carácter a menudo más metafísico (o patafísico) que político, todo bañado en continuas apelaciones a la voluntad popular, la verdadera democracia y los “derechos nacionales inalienables”.

Con tales materiales llamémosle intelectuales se movilizó a las masas en impresionantes manifestaciones de adhesión y se cimentaron las llamadas “Leyes de Desconexión” fabricadas en septiembre de 2017, la farsa del pseudoreferéndum del 1 de octubre siguiente, y la famosa declaración de independencia con freno y marcha atrás a los pocos segundos de ser pronunciada por el entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

La adhesión de amplias capas de las clases medias catalanas a ese proyecto de hegemonía total no es casual ni producto de una estupidez congénita. Dicen los autores del artículo comentado que “El movimiento independentista proporciona a las clases medias catalanohablantes, atomizadas y despolitizadas, un sentimiento de superioridad étnica y social, frente a la otra mitad de la población compuesta por trabajadores procedentes del resto de España y de lengua castellana que habitan en los barrios de la periferia del Área Metropolitana de Barcelona, a quienes Quim Torra, actual presidente de la Generalitat, tildó de “colonos” (SOS Racismo calificó uno de sus discursos de “peligroso, irresponsable e inaceptable”).

Por sorprendente que parezca, en esos sectores está más que extendida y consolidada la creencia en que tras la independencia no solo se arreglarán mágicamente y al momento los múltiples problemas que vive el país (la mayor parte de ellos originados por las propias élites que encabezan el “procés”, no lo olvidemos), sino que Catalunya comenzará a vivir una suerte de “democracia nacional plena” en la que los contrarios a ese discurso (y praxis) hegemonista aceptarán gustosamente renunciar a cualquier otra identidad posible o verse convertidos en metecos en su propio país. Tales disparates revelan el grado de alienación política y cultural de unas clases medias empavorecidas por el miedo a la proletarización y drogadas con altas dosis de sentimentalismo supremacista, a las que las élites pintan un futuro de leche y miel manando de las fuentes del Pirineo catalán cuando lo que realmente se derivaría de esa situación sería un horizonte de empobrecimiento y opresión generalizados.

(1) Artículo de Armando Fernández Steinko, Antonio Santamaría y Martín Alonso, publicado en el diario Le Soir el 2 de octubre de 2018.

http://plus.lesoir.be/181798/article/2018-10-02/les-cles-sociales-du-secessionnisme-catalan

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).