Los anticonstitucionalistas de Colón

El hecho de estar en juego la Constitución, según quién la mencione, merece el recordatorio de que las fuerzas políticas convocantes son, o descienden, de los defensores de los principios que caracterizaron el mantenimiento de los idearios franquistas. Anticonstitucionales. Valores que son la esencia de la cúpula del clero español. Pederastias o complicidades con el genocidio franquista aparte. Esa corriente eclesiástica es una fervorosa defensora de la exaltación de los líderes de semejante masacre de la historia de España. A la defensa de los derechos de las mujeres, de las minorías en riesgo de exclusión o al respeto de la expresa aconfesionalidad de la Constitución Española, no le dedican más que improperios desde los púlpitos. Esa gente se cree legitimada a defender el saqueo que produjo el Movimiento Nacional aún antes de la victoria del 39. Porque esencialmente la corrupción que sufrimos proviene de aquellas prácticas violentas.

La Justicia exprés dispuesta a decisiones favorables a la apropiación del botín de guerra de los Franco, no produce sensaciones democráticas. La conocida expresión de que la Fiscalía puede “afinar” las peripecias de los corruptos, tampoco ayuda a mejorar la imagen de institución. Menos aún, el escandaloso malabarismo que revirtió una sentencia del propio Tribunal Supremo desfavorable a los intereses de la banca. Tampoco las aparentes manipulaciones para colocar a familiares, personas “queridas” y otras afinidades al poder de la derecha, que terminan ocupando posiciones clave dentro de la estructura de la Justicia, muy proclives a los archivos o sentencias que terminaron contribuyendo a cierta sensación de impunidad proyectada sobre el conjunto social. Mientras el dictador sigue presidiendo la gran tumba de la democracia, el llamado Valle de los Caídos.

Para qué hablar del desempeño del magistrado que preside tanto el Consejo General del Poder Judicial como al Tribunal Supremo. Sus incontables disculpas, silencios o justificaciones, serán tema de una de las páginas más oscuras de la aparente democracia de este país. Así, el presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, pidió "disculpas a los ciudadanos que se hayan podido sentir perjudicados" por el conflicto creado por la Sala de lo Contencioso-Administrativo respecto al impuesto sobre los actos jurídicos documentados de los préstamos hipotecarios. Admitió en una jornada de puertas abiertas convocada en el alto tribunal para disculparse ante la sociedad y admitir que ha habido una "mala gestión" de ese asunto, en el que la Sección Segunda cambió la jurisprudencia atribuyendo la obligación de cargar con el impuesto a la banca e inmediatamente el presidente de la Sala de lo Contencioso-Administrativo convocó un pleno "que dio la percepción de que se quería revisar" el fallo de la sección. Los eufemismos no son Justicia. Tampoco los impúdicos intentos de remoción de los magistrados incómodos que tramitan, o tramitaron, los procesos de corrupción que afectan, o afectaron, a la Casa Real o al Partido Popular.

La principal función de esta institución es la protección de la equidad y protección de los derechos constitucionales. Sin embargo, sólo desde los tribunales externos a la jurisdicción española, las costuras de unos administradores que defienden los intereses de grupo, sean estos religiosos o políticos, antes que a la esencia constitucional. Ese fue una labor a la que las legislaturas de Mariano Rajoy, su presencia como testigo, aunque por la inadecuada insolencia con la que se expresó, pareció era quién presidía esa ocasión. Presunto delito de perjurio incluido.

Esas son las fuerzas políticas que no fueron puestas fuera de la ley en la Transición. De allí que se sientan con fuerza ante la pasividad de los demócratas auténticos que defienden la Constitución sobre la que se asienta nuestro sistema. De ese documento básico sólo mencionan una mínima parte, o incluyen verdaderos disparates como el art. 135 o el preferido de Adolfo Hitler, en su esencia le dio el poder, los contenidos en el art. 155. Sus cachorros lo añoran. De allí que lo intenten aplicar inoportuna y desmesuradamente en nuestra democracia. Esta gente que, en su momento votó en contra o se abstuvo en la aprobación de la Constitución, hoy está amparada y fortalecida por una vigente legalidad que no se modifica desde la muerte del dictador, bajo la amenaza velada de amplios sectores militares, económicos y eclesiásticos, es la que se reúne hoy, día 10 de febrero de 2019, en Colón, Madrid.

Traer a la memoria lo dicho por Martín Niemöller:

“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,

guardé silencio,

porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,

guardé silencio,

porque yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

no protesté,

porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a por los judíos,

no pronuncié palabra,

porque yo no era judío.

Cuando finalmente vinieron a por mí,

no había nadie más que pudiera protestar.”

(Poema "Cuando los nazis vinieron...", que trata acerca de las consecuencias de no resistir las tiranías en los primeros intentos de su establecimiento. El orden exacto de los grupos y las palabras están sujetas a disputa, ya que existen muchas versiones, la mayoría transmitidas oralmente. Su autor, menciona que no se trataba originalmente de un poema, sino de un sermón en la semana santa de 1946 en Kaiserslautern, Alemania “¿Qué hubiera dicho Jesucristo?”)

Alberto Vila

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.

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