Papá no viene

Confieso que me creía curado de espanto sobre lo que ocurre en la clase política de este país.

Que es un país peculiar, “Spain is different” (Fraga, dixit in illo tempore, qui Franciscus imperaverunt), ya lo sé.

Que nuestra clase política es muy… particular, también lo sé. Que los novísimos repuestos de la clase política tienen lo suyo, pues también lo sé y no esperaba otra cosa.

Pero que el partido transgresor por excelencia me volviera a sorprender con otra transgresión de las suyas, no me lo esperaba, y menos en las actuales circunstancias. “Yo soy yo y mi circunstancia”, decía Ortega, no recuerdo si en “Qué es filosofía”, en “El tema de nuestro tiempo”, “España invertebrada” o en “La rebelión de las masas”, porque Ortega siempre andaba rodeado de circunstancias o las provocaba él mismo para poder filosofar.

Pero una cosa es tener circunstancias y otra ser padre de un par de gemelos. Y ahí, amigo, la filosofía sucumbe ante los pañales y los biberones, porque si hay algo imperativo son las demandas de un bebé, mucho más si son dos…

Claro que hay circunstancias excepcionales, en que la atención a los lactantes y el taxativo reparto de tiempos y tareas en un matrimonio ejemplar, se debe contemplar con cierta flexibilidad, porque el deber ciudadano también obliga.

Cuando una persona es el dirigente indiscutible, o eso creemos, de una organización que recibe el apoyo electoral de 5 millones de personas, también debe atender a las demandas de sus seguidores. Y la coyuntura que atraviesa Podemos no está para muchas dilaciones. Más cuando, ante el desafío del camarada y sin embargo amigo, pero traidor, o casi traidor, o un poco traidor, el líder indiscutido ha dicho hace un par de días que no elude las batallas que vienen de cara.

Así era de esperar que Iglesias hubiera acudido a la reunión, adelantada por las circunstancias, del Consejo Ciudadano Estatal, para discutir qué hacer ante el anuncio de Errejón de concurrir a las elecciones autonómicas de Madrid en la plataforma de Manuela Carmena “Más Madrid”.

Pero Iglesias, que ha reemplazado a Irene Montero, en el cuidado de los bebés, en vez de acaudillar a los suyos en la reunión del órgano ejecutivo, llamó por teléfono desde Galapagar, como el que llama para anunciar que no puede acudir a una cena porque tiene aerofagia. Cabe pensar que si no lo hizo por “plasma” fue para no parecerse a Rajoy.

Faltó el capitán en la batalla, eso no desmerece la labor de la capitana consorte, pero hay compromisos personales que requieren la presencia del titular, porque son indelegables, pues con la responsabilidad contraída por la asunción de un cargo no cabe la dirección política por encargo, ni el carisma se trasmite por ósmosis o por delegación. Iglesias tenía que haber estado allí y haber confiado la custodia de sus hijos a los familiares, a los amigos o una persona contratada por horas.

Me parece que en esa decisión pesó excesivamente una postura dogmática sobre las relaciones de pareja y la infravaloración del momento que atraviesa Podemos, que se juega su existencia en Madrid. Y no en un pulso entre Iglesias y Errejón, ambos ausentes en la reunión de ayer, o entre dos grupos del mismo partido. En realidad es un duelo a muerte, no de los contendientes, sino de un proyecto político con apenas cinco años de existencia. Es como para pensarlo dos veces mientras se prepara un biberón.

José Manuel Roca

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).

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