Las consecuencias perversas del #Metoo

En España se conoció como “Yo también”, en inglés es el #Metoo, una campaña viral a través de la cual en redes sociales, cientos de miles de mujeres denunciaron (denunciamos) las múltiples situaciones de acoso, discriminación y agresión que sufrimos por el hecho de ser mujeres.

Fue en 2017 cuando la actriz Alyssa Milano hizo unas declaraciones en las que señaló que “si todas las mujeres que han sufrido acoso o agresiones sexuales hicieran un tuit con las palabras “me too” (“yo también”), podríamos mostrarle a la gente la magnitud real del problema”. Lo cierto es que ya se había iniciado antes una campaña utilizando el mismo eslogan, y finalmente, puede decirse, que todas suman.

Los efectos inmediatos y más evidentes de esta campaña fueron, por un lado, la fuerza que obtuvieron cientos de miles de mujeres al romper su silencio y al descubrir que no estaban solas.

Sin embargo, también fue desgarrador comprobar que el machismo está mucho más implantado de lo que la sociedad quería haber reconocido jamás. Fueron muchos los hombres que pudieron darse cuenta a partir de esta campaña de las circunstancias diarias que viven millones de mujeres y de las que no se habían percatado (o no lo suficiente). Sin embargo, a pesar de todo lo positivo que ha tenido esta campaña y del efecto tan importante que ha supuesto en la generación de conciencia social, también es preciso señalar que ha traído consigo efectos perversos.

Leía hoy en el New York Times que ha disminuido las posibilidades de orientación en el ámbito de las empresas para las mujeres. ¿Qué significa esto? Pues que, con el argumento de que temen transgredir límites ante las crecientes denuncias por acoso sexual, “muchos gerentes de grandes empresas han declinado ser mentores de empleadas y colegas”, lo que restringe las posibilidades para que las mujeres alcancen los puestos más altos.

Básicamente lo que esto viene a decirnos es que, en el ámbito empresarial, todavía altamente copado por hombres, las mujeres están siendo arrinconadas por el miedo de aquellos a ser denunciados por acoso sexual. En lugar de implementar trabajos de información, de eliminar cualquier tipo de actitud que pudiera resultar vejatoria, lo que el NYT nos dice es que los hombres que tienen poder, han decidido cerrar la puerta y no permitir que las mujeres que bien merecen seguir avanzando en sus carreras profesionales puedan hacerlo. Y lo que es peor, no se atreven a ser sus mentores porque tienen miedo de ser denunciados por cuestiones de acoso o agresión sexual. ¿No hay otras vías para resolver esta intranquilidad de los jefazos? ¿No se les ocurre tomar medidas que garanticen que no se producirá nada que pueda suponerles una denuncia y que por encima de todo la mujer pueda avanzar en su carrera profesional sin tener que preocuparse de nada más que hacer su trabajo de la mejor manera posible?

Alguien podría pensar que los hombres ahora pueden “sentirse desorientados”, arguyendo las soflamas que agita Vox en España. Y es sorprendente que los hombres (estos hombres, no todos), automáticamente se pongan en la posición del hombre maltratador, acosador o agresor. No se comportan de manera relajada, como hombres conscientes de la situación en la que nos encontramos las mujeres, cómplices para con nosotras y colaboradores para terminar con esta lacra. Lejos de eso, algunos deciden (sobre todo los poderosos) autoinculparse o como decimos por aquí, “ponerse la venda” presumiendo que habrá herida.

Yendo más allá, una lectura aún más perversa es aquella que señala (también defendida por los "faescistas”) que los hombres tienen miedo de que les denunciemos por cualquier cosa. “Cualquier cosa”. Como si denunciar resultase sencillo. Como si no hubiera que aportar pruebas, que en la mayoría de los casos suelen ser muy difíciles de aportar, como si además el sistema nos resultase “friendly” para poder recorrer el camino de la víctima con total tranquilidad.

Estos días escuchaba en la radio un anuncio de una nueva aplicación: “sincronizadas”, se llama. Consiste en una herramienta que permite poner en contacto a mujeres que prefieren no salir a correr solas. El anuncio me dejó en shock. Por un lado, me pareció una buena iniciativa, puesto que es cierto: yo no saldría a correr sola. Pero por otro lado, me resultó triste que se plantease en términos de necesidad por miedo. No por el hecho de “vamos a salir a hacer deporte, ¿te apuntas?”, sino más bien “Si tienes miedo de salir sola a la calle, esta aplicación de pondrá en contacto con otras mujeres para que salgáis juntas”. Me quedé pensando en muchas cosas: en el miedo como motor, en el punto al que estamos llegando; en la buena idea de no vencernos por el miedo y buscar complicidades y ayuda para hacernos fuertes. Pero luego llegué a otra pregunta: “¿Por qué la aplicación va dirigida a mujeres nada más? ¿Por qué no hay lugar para que haya hombres que también se apunten a correr junto a mujeres que sientan miedo si lo hacen solas?”.

Esta manera de segregarnos entre hombres y mujeres me resulta ciertamente perniciosa. Más bien habría que hablar de “aislar a los maltratadores”, que es un ámbito mucho más justo. Y permitir entrar a los hombres, a la mayoría, que no son acosadores, ni agresores, ni violentos. Sinceramente pienso que desde el feminismo también es hora de llamarles con energía para que sean ellos quienes también actúen de forma contundente cada vez que sientan a su alrededor el más mínimo despunte de acoso, agresión o menosprecio. Ellos han de ser cómplices. Y no estaría mal que las manifestaciones feministas estuvieran también llenas de hombres. Para ir poniendo las cosas en su lugar.

Beatriz Talegón

Abogada.

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