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40º Aniversario de la Constitución (4)

[La función simbólica]

Al final de la etapa constituyente y, sobre todo, durante la campaña que precede al referéndum, el discurso hegemónico sobre la Constitución insiste en el valor que tiene como símbolo de reconciliación y superación de las secuelas de la guerra civil; como reencuentro, como abrazo sin revancha entre españoles, aunque para ello tenga que recurrir a la ficción de que no hay grandes discrepancias, a base de subrayar los acuerdos y omitir la referencia a los asuntos conflictivos. 

Así, a pesar de que, finalmente, la Constitución deviene en el símbolo de la ruptura con el régimen franquista, los ominosos silencios, los rodeos y la ambigüedad que presidieron el discurso del consenso durante todo el proceso constituyente dejaron entrever que existían asuntos en los cuales no parecía prudente adentrarse, tales como comprobar mediante un referéndum el respaldo popular a la institución monárquica o a la forma republicana de Estado o someter a consulta las relaciones del Estado español con la Iglesia católica. También se orilló la depuración del aparato judicial, del Ejército, de los cuerpos de seguridad y del funcionariado más comprometidos con la dictadura, así como la exigencia de responsabilidades políticas o la investigación de las tramas del terrorismo de extrema derecha.

No obstante, a pesar de admitir que perviven situaciones del legado franquista que en favor de la reconciliación deben permanecer incuestionadas, estas omisiones, estos espesos silencios dejan constancia de que existen zonas de sombra que deben continuar siendo misterios, pues, como indican Del Aguila y Montoro (El discurso político de la transición), al hecho de que los misterios sean secretos se une la necesidad de hacer pública su existencia, pues de otro modo nadie tendría idea de su presencia en la esfera pública.

La larga sombra de los llamados poderes fácticos -en especial, el Ejército-, a los cuales no conviene referirse más que vagamente, se cierne sobre todo el período constituyente, de manera que el consenso deviene en lo compartido y en el talante de compartir y, al mismo tiempo, en una especie de conjuro contra el peligro del innombrable “involucionismo”, cuyas temibles reacciones se quieren evitar, aunque, dicho sea de paso y según lo que representó el golpe de opereta del 23-F-1981, tal peligro se exageró y los llamamientos a la prudencia (a la moderación cívica y laboral ante el “ruido de sables”) para no facilitar la desestabilización de la naciente democracia, actuaron como coartada para facilitar el consenso y recortar las aspiraciones de aquellos que querían llevar más lejos el límite de los cambios.

En consecuencia, en este discurso aparecen el consenso, como un resultado racional del esfuerzo de las partes adversarias por dialogar, sacrificando el interés de clase o de grupo en aras del interés nacional, y la Constitución como el acordado marco de convivencia frente a las opciones violentas, pero también, como señalan Del Aguila y Montoro, como la única alternativa democrática.

La Constitución, en una sociedad con profundas divisiones, como era la española de entonces, más que un voluntario consenso representa un compromiso entre fuerzas políticas que no pueden llevar hasta el final sus propias propuestas, por lo cual se ven constreñidas a optar entre alternativas forzadas.

Así, sostienen los citados autores, durante la Transición los agentes políticos no se enfrentaban al dilema de democracia o dictadura, sino al de dictadura o de ésta (y no otra) democracia. De ahí surgió el malentendido que atribuye a la Constitución el haber atemperado los conflictos, cosa que ciertamente ha hecho, pero no lo que sucedió realmente: que la Constitución estuvo empujada, ante la amenaza de los grupos involucionistas, a defender esta democracia como forma de convivencia. Por lo cual, según estos autores (ibíd, 241), la Constitución no puede estar por encima del conflicto, sino que es la existencia de éste lo que justifica su función simbólica.

Precisamente contra el discurso que glosa esta función simbólica y sobre los sigilos que conlleva, se alzaba el discurso de los partidos de la izquierda radical, que pretendía sacar a la luz pública todo aquello que, por las razones ya señaladas, permanecía enterrado por el silencio o disimulado por la retórica.

José Manuel Roca

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).

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