El laberinto andaluz

La crisis de representación política -que desborda a los partidos- se extiende también a Andalucía. La lenta descomposición del bipartidismo va por zonas y se extiende ahora hacia el sur, al viejo feudo del PSOE, a su principal granero de votos e importante bastión político por el peso territorial y censal de Andalucía sobre el resto del partido y sobre el resto del país.

Desmintiendo muchos pronósticos, los resultados de las elecciones del 2 de diciembre muestran el mapa político andaluz como un laberinto, que se suma a otros laberintos ya existentes, por la dificultad de hallar una salida adecuada a lo verdaderamente que necesitamos. Veamos.

En primer lugar, los resultados electorales no muestran un vuelco; un cambio drástico marcado por la diferencia entre una gran derrota y una victoria sin paliativos, sino una situación más compleja, cuyo desenlace no tiene por qué representar una mejoría respecto a la situación precedente.

El PSOE pasa de los 47 escaños, que tenía en 2015, a 33 en 2018, pero sigue siendo el partido más votado; el PP también pierde, pues pasa de 33 escaños a 26; Cs, con un gran ascenso, pasa de 9 escaños a 21. En cuarto lugar, Adelante Andalucía (U-P) obtiene 17 escaños, pero pierde 3 respecto a 2015 (IU 5 y Podemos 15). Y aparece Vox con 12 escaños, que es, en apariencia, lo más nuevo, y junto con Cs, un neto ganador.

Se entiende la alarma de Ferraz por el resultado -el recurso a los tópicos y al folclore, de los que ha abusado Susana Díaz, no da más de sí-, hay un amago de solicitar su dimisión, pero esta mujer es correosa y resiste la presión alegando que el PSOE sigue siendo la fuerza más votada. Otra cosa es que ella pueda seguir al frente de la Junta, dado el interés mostrado por el PP, Cs y Vox en desalojarla y poner fin a una era, de corrupción dice Casado tratando de ocultar la colosal del PP. Pero es indudable que el tema de los ERE ha pasado factura.

La suma de escaños de los partidos de izquierda aporta 50 diputados (33 del PSOE y 17 de U-P) y 59 la del PP, Cs y Vox, que han realizado la campaña electoral en clave nacional, es decir contra al independentismo catalán. Otro asunto es en qué condiciones se produce esta avenencia entre las derechas o entre dos partidos de derechas y uno centro, que es lo que debe decidir Cs en su difícil opción, en la que quedará retratado haga lo que haga.

No se entiende el júbilo en el PP, ni la actitud exultante de Casado por el ascenso de Cs y Vox, sus competidores más cercanos, uno por la derecha y otro por la izquierda, con los cuales una sencilla suma de escaños le permitiría, en teoría, formar gobierno, que sería una forma de endulzar el retroceso electoral, tan necesaria tras el desalojo de la Moncloa por la moción de censura. Claro que Vox es una escisión del PP, de sus militantes y dirigentes, que han decidido volar por su cuenta, apoyados por ese visionario anglosajón llamado Aznar, que está detrás de sus dos delfines -Casado y Abascal-, decidido a implantar el trumpismo made in Spain.

Vox representa, por un lado, lo más rancio del franquismo sacado a la luz sin complejo alguno, que sirve de alimento a la parte más plebeya y popular de la derecha. Está dirigido por un aventurero contrario a los gobiernos autonómicos, pero que ha vivido del momio de dos de ellos, el vasco y el de Madrid, apadrinado además por la buscadora de príncipes y descubridora de sapos. Su arraigo en la provincia de Almería, viejo feudo del PP, con su red clientelar bien asentada, presenta otra contradicción de bulto, que es el selectivo discurso contra los extranjeros, no dirigido a los jeques árabes que llegan en yate a Puerto Banús, sino contra los inmigrantes pobres procedentes de África, que luego, si hay suerte, encuentran trabajo en condiciones ilegales o con contratos leoninos, cuando existen, en los invernaderos que forman el fructífero mar de plástico, que serviría para hacer una versión moderna de la cabaña del tío Tom.

Unidos Podemos ha perdido 3 escaños, poco, pero en realidad mucho. 300.000 votos en tres años no es una fruslería, más cuando, en 2015, obtuvieron mejor resultado por separado (15 Podemos, 5 IU). El dato es aún más preocupante cuando la alta abstención (41%) se ha dado en zonas y barrios propios del voto de izquierda, cuyos habitantes parecen haber pensado: “No nos representan”. La campaña, que ha despertado poco entusiasmo, alejada de los problemas cotidianos ha oscilado entre el folclore de la patria chica y el nacionalismo de la patria grande para contrarrestar el nacionalismo de la patria catalana -es la reconquista, han dicho en Vox-.

En esta feria de provincianas vanidades, U-P ha concurrido como “Adelante Andalucía”, frase publicitaria que indica poco -un significante vacío, como lo definiría algún miembro de su núcleo irradiador-, pero que tiene un inconfundible tono regional, ingenuo o deliberadamente confuso. “Adelante Andalucía”, pero ¿toda? A algunos no hace falta que les animen porque bastante delante están ya en posición social, propiedades y renta. Otros, por el contrario, lo necesitan mucho, porque están muy atrás en esos temas y en otros -paro, empleo precario, bajos salarios, subsidio del PER, trabajo temporal (temporero), y en el disfrute de servicios (sanidad, educación, ayudas a dependencia, etc)-.

“Adelante Andalucía” representa lo mismo que decir “Adelante Cataluña” o “Puxa Asturies” y como expresión regionalista o nacionalista alude a una comunidad de proyectos e intereses, que no es real y, en términos “podemísticos”, borra la distinción entre las castas o las poderosas tramas, que haberlas haylas también en las “naciones”, y la gente, el referente preferido de Podemos.

Para su fortuna, la aparición de Vox ha venido a solventar el molesto expediente de realizar una autocrítica por el resultado obtenido y a resolver los problemas de identidad y de programa, pues ya puede ser realmente antifascista. Y como ejemplo ahí están los llamamientos de sus dirigentes a resistir al fascismo y las manifestaciones contra el resultado de las elecciones bajo la añeja consigna de “No pasarán”. Glorioso colofón.

José Manuel Roca

Doctor en Ciencias de la Información y diplomado en Estudios Avanzados en Ciencias Políticas, ha sido profesor del departamento de Sociología VI de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015); La oxidada Transición (La linterna sorda, 2013); La reacción conservadora. Los neocons y el capitalismo salvaje (La Linterna sorda, 2009) y con Ramón Cotarelo, La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).

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